En su nombre

Sam Christer · Capítulo 160 de 186

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En su nombre

Capítulo 160

Ginebra-Nueva York

Una hora después de despegar de Ginebra, el aviso de abrocharse los cinturones continúa encendido. Hay tormenta y vientos fuertes que soplan provenientes del Atlántico y del golfo de Vizcaya. Francia y España están recibiendo una paliza salvaje, y las turbulencias sacuden el avión en su ruta hacia el oeste.

—Odio volar —comenta Broussard cerrando la persiana de la ventanilla para no ver cosas desagradables—. Cuando era joven, le tenía fobia. Ahora lo soporto mejor, pero sigue sin gustarme.

—Es poco natural, ¿verdad? Tanto metal pesado y tanta gente, flotando en el aire, desafiando a la ciencia. Pero verá, estadísticamente…

Broussard levanta la mano.

—Volar no desafía a la ciencia. Precisamente se vuela gracias a ella. —La tensión le hace adoptar un tono cortante—. Y ya me conozco todas las estadísticas, merci. Volar es más seguro que cruzar la calle, fumarse un cigarro, etc. Pero así y todo no me gusta.

—La tormenta pasará —dice Nic para tranquilizarlo—. Y cuando pase, voy a realizar una inspección del avión. Es rutina, nada más. Simplemente quiero estar seguro de que las únicas personas que nos acompañan aquí arriba son amigas.

—No estará pensando que el hombre que nos atacó se encuentra a bordo de este vuelo…

—Tengo que pensarlo. Resulta increíblemente probable que esté, pero tengo que pensar que sí está. No se preocupe y déjeme hacer mi trabajo. Todo va a salir bien.

Broussard se distrae sacando aburridas revistas del bolsillo del asiento de delante. Va pensando que ojalá no estuviera sucediendo nada de esto, que ojalá nunca hubiera conocido a Roberto Craxi ni hubiera dejado a su mujer a miles de kilómetros de distancia.

Por fin desaparecen las turbulencias y Nic pulsa el botón que tiene encima de la cabeza. Enseguida acude a su lado una morena de anchas caderas que se presenta como Glenda y le pregunta en qué puede servirle. Nic, consciente de que hay otras personas mirando, despliega su identificación sobre las rodillas y contesta en voz baja:

—Señorita, soy un agente de policía de Los Ángeles y necesito ver al sobrecargo y al agente de seguridad. ¿Le importaría organizarlo?

Glenda posee experiencia suficiente para asimilarlo todo a la primera. Lleva diez años haciendo vuelos trasatlánticos y ha tenido que hacer frente a todo, desde infartos hasta alertas terroristas.

—Por supuesto, agente. Si me acompaña a mi puesto, enseguida llamo a los dos.

Nic va detrás de ella hasta la cortina. Por el camino echa un vistazo al científico; este tiene la cabeza hundida en algún artículo de la revista, y se le ve bastante feliz. Nic aguarda en la cocina mientras Glenda llama al sobrecargo y seguidamente hace un discreto anuncio que tan solo puede entender el agente de seguridad:

—Se ruega a los pasajeros que hayan olvidado pasar por las tiendas libres de impuestos antes de subir al avión en Ginebra que tengan la bondad de identificarse ante un miembro del personal de cabina. Tenemos una botella de un coñac excelente que todavía no tiene dueño. Muchas gracias.

Instantes después entra por la cortina el sobrecargo, un individuo de mediana edad, acicalado y con el cabello teñido de negro, que le pregunta a

Glenda con los ojos muy abiertos:

—¿Qué ocurre?

Ella señala a Nic.

—Es el detective Karakandez, del Departamento de Policía de Los Ángeles.

Quería veros a ti y al agente de seguridad.

El sobrecargo se endereza la corbata.

—Me llamo Brian. ¿Me permite su identificación, por favor?

—Cómo no. —Nic se la saca del bolsillo trasero y la enseña.

Mientras Brian lee lo que pone, se persona en la cocina otro individuo, rubio y corpulento, de barbita pelirroja. Tendrá treinta y tantos años y viste unos Levis negros y una sudadera gris, y, si Nic no se equivoca, también lleva encima una pistola eléctrica estándar.

El sobrecargo le pasa la identificación de Nic.

—Este es el agente Karakandez.

El otro echa una ojeada a la cartera y se la devuelve a Nic.

—Yo soy Gerry Brookes. ¿Qué es lo que sucede?

—Estoy trabajando en un caso que me ha hecho venir a Europa. —Nic indica la cabina que se extiende al otro lado de la cortina—. El pasajero que va sentado en el 48A es un testigo importante, está relacionado con un homicidio. Deseo recorrer el avión y comprobar que no hay nada que pueda constituir una amenaza para él. ¿Le importaría acompañarme a hacer esa ronda?

—En absoluto. ¿Cómo se llama el testigo?

—Édouard Broussard.

—¿Y cuándo desea hacer la ronda?

—Ahora mismo estaría bien. —Nic se vuelve hacia el sobrecargo—. ¿Tiene usted una copia del manifiesto de pasajeros? Necesito ir asociando las caras con los nombres.

—Por supuesto. —El sobrecargo suelta una lista que cuelga de un tablero de la pared—. Aquí están todos.

—¿Existe algún modo de identificar las reservas hechas a última hora?

Brian niega con la cabeza.

—Con esta lista, no. Podríamos haberlo hecho en la puerta de embarque. —

Se vuelve hacia Glenda—. ¿Tienes tú las hojas preliminares?

La expresión de la azafata dice que no.

—Lo siento —dice el sobrecargo.

—Una cosa —aporta Glenda—. Incluso cuando estamos iniciando el aterrizaje hay asientos vacíos. Son pasajeros que se han refugiado en los aseos o que se han cambiado el sitio con otros o que simplemente se han trasladado a un asiento libre para tener un poco más de espacio. ¿Quiere que dé la orden de que todo el mundo regrese a sus asientos?

Nic medita unos segundos. Después de la tormenta, no quiere asustar a los pasajeros… ni tampoco, si el asesino efectivamente viaja a bordo, ponerle a este nervioso y al corriente de que alguien le está buscando.

—No, déjelo por el momento. Déjeme dar una vuelta, a ver cuántas personas me faltan. Ya daremos esa orden si es necesario.

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