En su nombre

Sam Christer · Capítulo 182 de 186

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En su nombre

Capítulo 182

Comisaría de la calle Setenta y siete, Los Ángeles Esta jornada tan larga y tan horrible termina con un disgusto inesperado: otra llamada al despacho de Deke Matthews.

Mitzi se arrastra por los largos pasillos que llevan al despacho del capitán con una profunda sensación de agotamiento. Tantos traumas la han dejado sin fuerzas. La secretaria del capitán le sonríe desde su mesa y la hace pasar. Abre la puerta, y al momento desearía no haber hecho tal cosa.

Encuentra a Matthews sentado a la cabecera de su pequeña mesa de reuniones, y a su lado a Carter y a Tom Hix. Enfrente, con un elegante traje negro de Armani, la ayudante del fiscal del distrito, Maria Sánchez.

Maria es todo lo que una mujer puede odiar en otra.

Mitzi tal vez pueda perdonarle que sea una bruja sin corazón, egocéntrica y egomaníaca, que el año pasado se valió del asesinato de un niño para darse publicidad a sí misma. Pero lo que jamás podrá perdonarle es que, por muy intempestiva que sea la hora, esta abogada de cabellera negro azabache, que casi tiene cincuenta años, siempre se las arregle para parecer que tiene la mitad de esa edad.

Eso sí que no se puede perdonar.

—Capitán —saluda Mitzi desde el otro extremo de la mesa.

—Tome asiento —le dice él señalando las sillas—. Estamos hablando del caso del Sigiloso, y en particular de la prueba de ADN que ha realizado Tom.

—Estábamos —puntualiza Sánchez lanzando a Matthews una mirada de tribunal y haciendo énfasis en el pasado.

Mitzi no tiene ánimos para sentarse al lado de la abogada, así que ocupa una silla enfrente de Matthews.

—¿En qué puedo ayudar?

—No vamos a procesar a James. —Matthews hace una pausa para dejar que cale la frase—. Vamos a enviarlo a que reciba atención psiquiátrica.

Sánchez se aclara la voz.

—Capitán, si su equipo logra relacionar correctamente las confesiones de James con los asesinatos de Varley y Bass, el comisario Bradley declarará en público que dichos crímenes fueron cometidos por James y explicará que este no se encuentra en estado adecuado para comparecer ante la justicia.

Además, afirmará públicamente que usted ha cerrado los expedientes del Sigiloso y que no va a buscar a nadie más.

Matthews se vuelve hacia Carter.

—De cara al público, tiene el mismo efecto que ganar en un tribunal. Caso cerrado.

—Al comisario le gustaría eso —comenta Sánchez sonriente—. Además, se haría sin correr el riesgo de que se divulgue de forma inapropiada o suponga un mayor coste para el contribuyente.

Carter está furioso.

—Al decir inapropiada se refiere a las pruebas científicas de Tom, una ciencia que los ciudadanos americanos tienen derecho a conocer.

Sánchez descarta ese comentario con un gesto de la mano.

—No sea inmaduro. El noventa por ciento de los ciudadanos no lo entenderían ni aunque él fuera a verlos en persona y pasara un día entero explicándoselo.

—¿Por qué? —ruge Mitzi—. ¿Por qué intenta esconder todos estos hallazgos debajo de la alfombra?

Sánchez deja escapar un suspiro.

—De verdad, tiene usted que pensar un poco más —contesta dirigiendo a Mitzi una mirada condescendiente—. Piense en las implicaciones que tendría el hecho de que se divulgasen en su totalidad. Si esto lo diéramos a conocer al público, correríamos el riesgo de proporcionar a los abogados defensores de todo el país un nuevo alegato de circunstancias atenuantes genéticas.

—Chorradas. —Esta palabra ha salido impulsivamente de la boca de la teniente—. En todo el mundo hay ejemplos de ciudadanos íntegros y decentes, cumplidores de la ley, hombres, mujeres y niños, que están estrechamente relacionados, y aunque sea de lejos, con violadores, asesinos y terroristas. Pero no son personas malvadas. No llevan la maldad en sus genes.

—Mitzi tiene razón —salta Carter—. Las personas malas son malas porque ellas mismas quieren.

—No podemos abrir esa caja de Pandora —dice Sánchez empezando a recoger el maletín de piel que contiene sus documentos—. Ya hemos terminado de hablarlo.

Se hace un silencio que flota igual que una nube tóxica. Mitzi alarga el brazo hasta el centro de la mesa, coge un vaso y se sirve agua de una jarra.

—Hay algo más, ¿verdad?

Nadie responde.

—Venga, ya soy mayorcita y lo soportaré. Al fin y al cabo, para eso he venido. Ustedes me necesitan para que acepte sus argumentos, asienta amablemente y dé mi conformidad a alguna otra gilipollez políticamente correcta de primera clase, ¿a que sí?

Matthews aguarda a que se haya calmado.

—Mitzi, todo este asunto de la Sábana Santa es un problema. Un problema de verdad. Verdaderamente engorroso, tanto para nosotros como para los italianos.

Mitzi se echa un trago de agua al coleto.

—¿Se refiere a los Carabinieri?

Matthews afirma.

—El comisario ha tenido a los diplomáticos encima toda la tarde. Gente de la embajada. Embajadores. No quieren que salga a la luz que se ha estado manipulando la Sábana Santa ni que se han tomado muestras de forma ilegal. —Vuelve la vista hacia Hix—. Sobre todo, que se han realizado análisis no autorizados en países extranjeros y se han establecido vínculos con casos de asesinatos en serie.

—Ya me lo imagino —comenta Mitzi, cada vez más furibunda.

Matthews intenta razonar con ella.

—Las relaciones entre Estados Unidos e Italia siempre han sido buenas… e importantes para ambos países.

Mitzi niega con un gesto.

—¿Nos saltamos a la mafia de aquí?

Maria Sánchez la mira con expresión ceñuda.

—Ya se han tomado decisiones, teniente. El capitán Matthews la ha hecho venir a usted por cortesía, eso es todo. El fiscal del distrito y el comisario ya han asegurado que no se hará ningún comentario relativo al caso de Tamara Jacobs ni a nada que tenga que ver con la Sábana Santa sin que ellos den su aprobación. —Retira su silla y se prepara para marcharse—. Si alguien infringe esa norma, se encontrará sin trabajo y sin pensión. Buenas tardes a todos.

Mitzi se queda mirando el suelo con el corazón a todo gas, como si acabara de correr un kilómetro.

—Oiga, letrada.

Sánchez se detiene con la mano ya apoyada en el pomo de la puerta.

—¿Qué?

—El próximo domingo, cuando vaya a esa misa católica, como estoy segura de que hacen todas las buenas hispanas, espero que la iglesia entera se ponga en pie y le dedique a usted la enorme salva de aplausos que obviamente se merece.

La puerta se cierra con tal ímpetu, que el cristal está a punto de romperse.

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