En su nombre

Sam Christer · Capítulo 100 de 186

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En su nombre

Capítulo 100

Gardena, Los Ángeles

De día, el vecindario es un hervidero de gente del extrarradio. Personas de toda clase que se dirigen a ocuparse de sus asuntos. Coches pegados el uno al parachoques del otro. Ruido que se eleva igual que una nube de vapor por encima de las casas. Pero en estos momentos es una ciudad fantasma.

Oscura y desierta. Silenciosa y espectral.

Está tal como le gusta a JJ. Va paseando despacio, a lo largo de los destartalados edificios que bordean la calle de Emma Varley, y al mismo tiempo recorre las casas con la mirada en busca de luces y cámaras de vigilancia. Es la calle en que vivía Em. Son las tres de la madrugada y no hay nada que lo perturbe. No hay razón que le impida traer de nuevo a su reina al trono doméstico en el que estuvo sentada. Una sola vuelta más alrededor de la manzana, y pasará a la acción.

Regresa subiendo por la 169 Oeste, abre la verja delantera y atraviesa el trillado césped que lleva a la entrada principal. Al llegar a la puerta hace un alto. Se vuelve. Lanza una última ojeada a la calle y seguidamente extrae el aro de llaves que ha cogido del bolso de Em. Satisfecho al comprobar que no lo ha visto nadie, prueba varias llaves. La última, una de cabeza cuadrada, es la que consigue abrir.

La vivienda está llena de las esencias de Em: sus perfumes, sus jabones, sus polvos de talco. Sus lacas para el pelo, sus detergentes, sus tejidos. JJ se queda de pie en la oscuridad y las inhala todas. Es como si Em estuviera aquí con él. Es una casa pequeña, puesto que abajo solo consta de dos espacios: un cuarto de estar y una apretada cocina-comedor. En la planta de arriba hay un dormitorio de tamaño bastante decente, otro mucho más

pequeño desprovisto de muebles y un cuarto de baño diminuto cuyo lavabo está despegándose de la pared. JJ saca el cepillo de dientes de Em, que descansa sobre una rajada balda de cristal, y pasa el dedo por las gastadas cerdas. Luego cierra los ojos y se lleva el cepillo a los labios, se lo mete dentro de la boca y se lo posa en la lengua. El sabor de Em le hace temblar.

Se detiene unos instantes en todas las habitaciones. Saca la ropa de Em, esmeradamente planchada y guardada en los cajones de una desvencijada cómoda, y la olfatea y la estrecha contra sí. Luego abre el minúsculo armario ropero y abraza los dos únicos vestidos que poseía su dueña: uno corto y negro, y otro largo y de vuelo, de estilo hippie.

A continuación se tumba en la cama, que Em dejó sin hacer, y hunde la cara en la misma arruga que causó ella en la almohada la última noche que pasó bajo esas mantas. Ojalá hubiera venido aquí antes, para pasar más tiempo entre las cosas de Em, para conocerla incluso mejor.

Aunque le resulta doloroso, se separa de esas sensuales reminiscencias, sale de la casa y regresa al Explorer. Conduce despacio y, al llegar a cincuenta metros de la casa de Em, apaga las luces. A los diez metros apaga el motor y permite que el viejo monovolumen se deslice solo hasta el bordillo. Con la oscuridad pegada al cristal empañado por el vaho, aguarda pacientemente observando la calle y las viviendas de alrededor. Luego baja la ventanilla y aguza el oído para captar el ruido de cualquier vehículo o persona que se aproxime.

Nada. Es noche cerrada.

JJ lleva a cabo su maniobra. Con rapidez. Con inteligencia. Con seguridad en sí mismo. Abre la puerta del conductor y seguidamente la puerta de atrás. Toma a Em por las axilas y la saca del vehículo.

—Perdóname —le susurra cuando los pies de Em tropiezan contra el asfalto.

Retrocede unos pasos y la lleva a rastras hasta el otro lado de la verja, que ha dejado abierta. Traspone el umbral y penetra en la casa.

La deposita en el suelo del vestíbulo. Acto seguido regresa calmosamente hasta el Explorer y cierra las puertas. Sabe que a partir de aquí no puede entretenerse mucho, que no puede pasar con Em el tiempo que le gustaría.

Vuelve rápidamente a la casa, cierra la puerta y se agacha en cuclillas para agarrar bien a Em a fin de poder levantarla. El hedor de la descomposición es horrible, pero no le importa. La levanta del suelo y se siente igual que un recién casado cruzando el umbral de su casa con su esposa en brazos.

Comienza a subir trabajosamente la escalera, y está a punto de caer cuando los pies de Em chocan contra una pared. El resplandor de la luna se cuela por la ventana del dormitorio cuando por fin la deposita encima de la cama.

Es como si Dios le estuviera alumbrando con su luz para que pueda disfrutar por última vez de la visión de su amada.

Se inclina sobre el blanco rostro de Em y le besa los labios. A continuación la tapa. Le enrolla la sábana bajera alrededor del cuerpo. Bien envuelta, bien ceñida.

—Buenas noches, mi reina —le dice desde el umbral de la puerta—. Te veré en el otro lado.

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