En su nombre
Capítulo 174
Hospital Century, Inglewood
Justo antes de que den las doce de la noche sale Robert Weinstock de la sala de seguridad. Mitzi intenta, infructuosamente, interpretar la expresión que trae en la cara cuando lo ve venir hacia Di Matteo y ella. La hermana Dawson, como era de esperar, sale aleteando de su puesto para acudir a su lado.
—Hola, teniente. Le pido otra vez disculpas por haberla hecho esperar. —
Weinstock se vuelve hacia la monja—. ¿Tienen ustedes algún lugar más privado en el que pueda hablar con esos dos agentes?
—Mi despacho. Síganme, por favor.
—Gracias.
—Yo me quedo aquí —dice Di Matteo indicando con un gesto la sala del Sigiloso.
Los tres recorren el corto trecho que separa esa zona abierta de la esquina, a la vuelta de la cual hay un pequeño despacho de tres por tres.
—Gracias, hermana. Eso es todo. —Weinstock cierra y la deja fuera—.
Bien, tome asiento, por favor.
Mitzi se siente deprimida.
—¿Necesito estar sentada?
—Yo creo que sí.
Mitzi se sienta en otra de esas sillas de plástico que dejan el trasero entumecido, y el médico acerca otra y se sienta enfrente.
—¿Sabe usted qué son las Reglas de M’Naghten?
A Mitzi se le cae el alma a los pies.
—Que el acusado es declarado no culpable a causa de demencia, ¿verdad?
Un regalito que hicieron los británicos al maravilloso embrollo de nuestro sistema judicial.
—Así es. Y con arreglo a dichas normas, el paciente al que acabo de examinar es un enfermo mental. No cabe la menor duda al respecto. Se encuentra lo bastante lúcido para saber cómo se llama, dónde vive, qué edad tiene y dónde trabaja, pero esos saltos espontáneos que da para hablar en latín, ese diálogo intermitente con Dios y esa persistencia en autolesionarse profundamente son claros signos de una extrema inestabilidad mental. Apenas me queda otra alternativa que iniciar los trámites necesarios para ingresarlo en una institución médica.
Mitzi se cubre la cara con las manos. Carter va a querer suicidarse cuando se entere de esto.
—Esta noche he realizado solo un reconocimiento preliminar, pero ya es suficiente para determinar que sufre alucinaciones y que fácilmente cumpliría con los criterios M’Naghten de incapacidad mental transitoria.
Dicho en términos sencillos, el señor James, cuando mata, tiene el convencimiento de que no está haciendo nada malo. Constituye un peligro para la sociedad y para sí mismo.
—¿Y qué pasa con la prueba del «Policía en el Codo»? Ese individuo se colaba en las casas de las mujeres y las mataba mientras estaban durmiendo.
¿Les habría quitado la vida si hubiera habido un policía presente en el dormitorio?
Weinstock esboza una sonrisa solidaria.
—Puede ser. Pero el caso del señor James no es tan simple como yo lo he contado.
Mitzi experimenta un estremecimiento.
—A mí todo esto no me parece simple. De manera que tiene algo en el cerebro, en los genes, en cómo lo educaron, que lo empuja a asesinar.
Cualquier cosa excepto el simple deseo de hacerlo.
—Teniente, por favor. Comprendo su frustración, pero eso no va a servir de nada.
—Lo siento.
—El señor James es plenamente consciente de lo que ha hecho. Entiende la razón por la que está usted aquí, y entiende que yo tenga la intención de internarlo en un hospital psiquiátrico. De todos modos, ha pedido hablar con usted.
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