En su nombre

Sam Christer · Capítulo 39 de 186

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En su nombre

Capítulo 39

Centro de Los Ángeles

John James, el jefe de la fábrica, está de pie a la entrada de la nave de las máquinas cuando suena la sirena que indica la pausa para el café de las once.

—¡Esperen! ¡Esperen!

Tiene que gritar para hacerse oír por encima de la cacofonía de sillas que se arrastran por el suelo de madera.

—Un momento. Antes de irse, tienen que saber una cosa.

El estruendo amaina hasta convertirse en un rumor. Las caras expectantes de treinta mujeres se le quedan mirando. Algunas están ansiosas por ir al cuarto de baño, otras a tomarse un café o un refresco, o a fumarse un cigarrillo.

—Anoche Emma Varley presentó su dimisión y ya no va a venir más a trabajar.

La noticia provoca un par de silbidos e incluso unos cuantos aplausos de aburrimiento.

—Ello quiere decir que tenemos un puesto libre de operador de máquina. Si alguien sabe de alguna persona que necesite trabajo, que me lo diga. Los candidatos tienen que traer referencias. Eso es todo.

De nuevo estalla una oleada de ruido y se reinicia el éxodo. JJ se aparta a un lado para dejar pasar a la riada de mujeres.

—En buena hora nos hemos librado —comenta Jenny Harrison acercándose a él. Es una morena de treinta años que lleva el pelo recogido en un moño grasiento y la cara muy maquillada—. Esa zorra no servía para nada, nos retrasaba a las demás.

JJ se siente obligado a defenderla.

—Que Em ya no esté aquí supone una grave pérdida para la empresa.

Harrison se detiene delante de él.

—¿Em? —repite con un tonillo de diversión—. Así que ¿Em era la niña bonita del profesor?

JJ no dice nada. En su fuero interno ya está reprendiéndose a sí mismo por haberse ido de la lengua.

—Oh, no me diga que va a echarla de menos, señor J. —Harrison agarra del brazo a una de sus compinches, que pasa por su lado—. Oye, Kim, ¿tú crees que el jefe estaba colado por Cara Culo?

Kim Bass, una rubia platino, no joven pero tampoco vieja, mira a su jefe con descaro.

—Yo diría que se siente un poco violento, Jen. —Masca chicle con ademán de indiferencia y lo mira de arriba abajo—. Sí, puede que sí. O a lo mejor no es que estuviera colado, sino que se la ponía dura.

Todas estallan en risotadas y se abrazan unas a otras como si fuera un chiste tan bueno que fueran a caerse al suelo.

—¡Salid de aquí! —JJ las ahuyenta hacia la puerta—. Haced el descanso o volved al trabajo.

Harrison es demasiado descarada para consentir que le hablen de esa manera; ella se ha comido a hombres que eran el doble de grandes que Cara de Besugo, y ha escupido las espinas y la raspa antes de desayunar. Se acerca un poco más a él, tanto que llega a rozarlo con los pechos y le hace toser a causa del perfume barato que lleva.

—¿Sabe, señor J? Ahora podría tomarnos de niñas bonitas a nosotras. Kim y yo podríamos enseñarle cosas que ni siquiera se imagina.

Bass le sigue el juego y se cuelga del hombro de JJ apretando el cuerpo contra él.

—Exacto, jefe. Si nos trata como es debido, nosotras le trataremos a usted no vea qué bien.

JJ explota y le tapa la boca a la rubia con la mano. Nota que lo invade la cólera. A su mente acude una rápida sucesión de imágenes. Tiene que hacer un gran esfuerzo para no mover la otra mano del costado, tiene que recurrir a toda su fuerza de voluntad para no agarrar a Bass por el cuello y arrancarle la vida.

—¡Eh! —Bass se aparta de golpe—. Eso ha sido una agresión.

—Recoged vuestras cosas, estáis las dos despedidas. Fuera de aquí.

Bass ya no tiene en los ojos esa expresión de descaro.

—No puede hacer eso.

—Ya lo he hecho. —JJ tiene el corazón desbocado—. Estáis las dos despedidas. Recoged vuestras cosas y salid de aquí. Ya.

Las dos mujeres se miran la una a la otra sin saber qué hacer.

—Ha sido solo una broma, señor James —dice Harrison en tono contrito—.

Sentimos mucho haberlo enfadado.

—Fuera.

—Por favor —suplica Bass—. Si le digo a Dwayne que he perdido este empleo, me dará una paliza por idiota.

A JJ le da absolutamente lo mismo.

—Ya eres idiota. Coge tus cosas y márchate o llamaré a la policía para que te eche.

Se dan cuenta de que no va a cambiar de opinión. De pronto el semblante de Harrison se tiñe de rabia.

—¡Ha acosado sexualmente a mi compañera! —exclama señalando a Bass

—. Yo lo he visto. La ha toqueteado. —Se vuelve hacia su amiga—. ¿A que sí, Kim? Te ha metido mano, ¿verdad?

—Sí. Es un maníaco sexual. Ha estado molestándome todo el tiempo. Todas las chicas lo han visto.

La sonrisa de satisfacción desaparece de los labios del jefe. El pobre imbécil no sabe qué hacer. No tiene ni idea. Harrison, antes de irse, le da un leve cachete en la mejilla y le dice:

—Vamos a hacer el descanso. —Consulta el reloj y añade—: Solo que vamos a tardar un poco en volver, porque usted nos ha entretenido hablando.

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