En su nombre

Sam Christer · Capítulo 177 de 186

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En su nombre

Capítulo 177

Aullido de sirenas. Voces amortiguadas que van y vienen. Luces que centellean.

Nic Karakandez sabe, a juzgar por el caos que lo rodea, que va dentro de una ambulancia y que está agonizando. Ahora sí que siente el dolor. Y con creces. Toda una orquesta sinfónica de tormentos insoportables que le anuncia a todo trapo el mensaje de que su cuerpo no puede sobrevivir a semejante trauma.

Unos desconocidos empapan la sangre que le mana de las entrañas. Unas manos desesperadas aprietan compresas y hablan a gritos de shock hidrostático, de hemorragia, de niveles de presión arterial y Dios sabe de qué más.

Por el tono en que hablan, se hace obvio que están corriendo una carrera para salvarle la vida… y están perdiendo.

De pronto entra en su campo visual el rostro de un policía.

—Aguanta, amigo. —Una sonrisa forzada—. Ya casi hemos llegado. No dejes de mirarme, ¿me oyes?

Nic hace lo que puede, pero le pesan mucho los párpados. Ya no es capaz de aguantar más.

Todo negro.

—Se nos va. Rápido. Vamos, hagan algo.

—Manténgalo despierto. Por el amor de Dios, manténgalo despierto.

Voces a lo lejos. El mundo da saltos. Sirenas. Un calor increíble seguido de varias oleadas de frío.

—Vamos, amigo, vas a ponerte bien.

Nic abre los ojos y ve otra vez al policía.

—Bien, eso está muy bien. No dejes de mirarme.

Reconoce esa expresión. Es la misma que ha empleado él mismo muchas veces. Cuando, en una esquina de la calle, algún miembro de una pandilla, chavales demasiado jóvenes para beber siquiera, estaba desangrándose. Él mismo se arrodilló a su lado, lo miró con esa misma expresión en la cara y le mintió en sus últimos minutos de vida.

Cierra los ojos de nuevo.

—No. No. ¡Venga, amigo!

La oscuridad es un descanso. Ahí es donde reside la paz. Ahí es donde es posible no dejar entrar al dolor.

Piensa en Carolina y en Max. En los tres subiéndose a un avión para tomarse las vacaciones que nunca se tomaron. Corriendo por la arena y por el agua juntos, cogidos de la mano, salpicando, riendo, saltando las olas.

—Le estamos perdiendo.

La orquesta sinfónica cesa por fin.

El dolor ya no hace ningún ruido.

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