En su nombre

Sam Christer · Capítulo 8 de 186

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En su nombre

Capítulo 8

Viernes, primera hora de la tarde

Beverly Hills, Los Ángeles

Numerosas amas de casa y maridos que parecen salidos de Mad Men observan desde la seguridad de sus majestuosos porches de entrada los monovolúmenes de la policía, que vienen a interrumpir la calma de la tranquila calle sin salida en la que vivía Tamara Jacobs.

Los agentes vienen a estudiar lo que bien podría ser una crucial escena del crimen, en la que la víctima se encontró con su asesino, fue secuestrada o incluso asesinada.

Después de pasar una eternidad llamando al timbre de la mansión de seis millones de dólares de la guionista, Mitzi ordena a un par de policías que echen abajo la puerta trasera. Seguidamente, acompañada de Nic, penetra en una amplia cocina llena de muebles de caoba y encimeras de mármol.

Los dos están seguros en un 99,9 por ciento de que la casa se encuentra vacía, y aun así llevan las armas desenfundadas. Muchos policías han resultado muertos por culpa de ese 0,1 por ciento.

—¡Despejado! —grita Mitzi desde un rincón.

—¡Despejado! —Se hace eco Nic mientras cruza el salón. El autor del crimen ha estado en esta estancia. Nic lo sabe, nota el hormigueo en la sangre.

Primero inspeccionan las habitaciones de la planta baja. No hay ninguna señal de lucha. A continuación registran los cinco dormitorios de arriba, sus

correspondientes cuartos de baño y el vestidor independiente, repleto de ropa, zapatos y bolsos. Aparentemente no hay nada fuera de lugar.

Mitzi abre la puerta corredera de un armario que es tan grande como una pared y retrocede impresionada ante lo que ve.

—Dios mío, ni en unos grandes almacenes encontrarías tanto género como el que hay aquí dentro. ¿Cuánta ropa puede tener una mujer?

Nic le da la espalda al amplio surtido de vestidos, jerséis, faldas y blusas, y anuncia:

—Voy a bajar al estudio. Los escritores son criaturas extrañas. A ver qué encuentro en su hábitat natural.

Mitzi echa una última ojeada de envidia a los glamurosos vestidos del armario y luego va detrás de Nic. En la cocina hay un equipo de forenses y un fotógrafo. No hay nada que sugiera un allanamiento anterior a que la policía forzase la puerta. Los marcos no presentan marcas de palancas, las cerraduras no han sido taladradas y los cristales no están rotos. A lo mejor el asesino ni siquiera pasó por aquí.

El estudio supone un derroche todavía mayor que el vestidor del piso de arriba. Madera del suelo al techo, mesa escritorio hecha a medida, mullido sillón de cuero de color marrón —una antigüedad, por lo que parece—, estanterías repletas de toda clase de libros de consulta. Nic deduce que Tamara era de la vieja escuela, de los que se fían más de los libros publicados que de internet, de los que quieren que su trabajo se apoye en pruebas sustanciales.

Le lleva un segundo descubrir qué es lo que falta. Hay una impresora, un escáner y una gran cantidad de cables y cargadores.

Pero no hay ningún ordenador.

Ese hormigueo instintivo que ha notado antes se intensifica notablemente cuando le da por abrir un armario. Ahí dentro tampoco hay ningún PC de sobremesa. De acuerdo. No es tan raro que los escritores suelan preferir los

portátiles, pues son más cómodos a la hora de introducir en ellos las ideas extrañas y maravillosas que se le ocurren a uno cuando está de viaje. Pero no hay cables de sobra ni base de conexión. Examina unos cuantos armarios más y encuentra discos de instalación y la garantía de un MacBook Air de once pulgadas. Genial. Mola mucho más que el antiguo Dell que tiene él en su apartamento, que ya está doblando las patas de la mesa. En cambio, hay algo que lo reconcome.

«Los escritores hacen copias de seguridad. Los profesionales hacen copias de seguridad de todo. Todo el tiempo. Y en diferentes soportes».

Nic busca, pero no encuentra ni una sola memoria USB, y mucho menos algo tan pesado o profesional como un Iomega o un Tandberg.

«El asesino ha estado aquí. Y lo ha limpiado todo».

—Nic… ven a ver esto. —El tono de Mitzi es más de tristeza que de emoción.

Sea lo que sea lo que ha encontrado, Nic sabe que no va a gustarle. Sale del bosque de caoba del estudio para dirigirse a una frondosa pradera, la mullida moqueta blanca del salón.

—El gato está muerto. —La expresión de su rostro deja ver que de pequeña Mitzi también tuvo un gato—. Por la pinta, lo han matado.

El gato persa cuelga de la mano de Tom Hix, un cuarentón con barba y mono de polietileno, miembro de la policía científica.

—Tiene el cuello roto. Debajo del pelaje hay marcas de ligaduras, y tiene los ojos dilatados. Yo diría que lo han estrangulado con un cable… puede incluso que lo hayan ahorcado con él.

Mitzi sacude la cabeza.

—Cabrón enfermizo…

—Sí, pero es un cabrón interesante. —Nic mira el gato más de cerca, al tiempo que Tom lo introduce lentamente en una bolsa de papel—. No hay

muchas personas que lleven consigo una soga y que sepan usarla.

El de la policía científica pega una etiqueta en la bolsa.

—Se lo pasaremos a nuestro veterinario forense. Es de lo mejorcito. Si el gato lleva encima alguna prueba circunstancial o ADN del asesino, el veterinario lo encontrará y averiguará con toda exactitud cómo ha muerto.

Nic se pone a examinar una pila de correo y a continuación un pequeño teléfono inalámbrico que descansa en su base, junto al alféizar de la ventana. La pantalla informa de que hay catorce mensajes pendientes.

Levanta el plateado teléfono de su base, examina los iconos de la teclas y encuentra la agenda de contactos. Hay 306 entradas, todas ordenadas por el apellido. Pulsa Jacobs y aparece solo un contacto: Dylan. Vuelve a posar la mirada en la pila de correo y en un sobre dirigido al señor D. y la señora T.

Jacobs. Lo toma y ve que está abierto. Dentro hay una tarjeta rígida, de color blanco, escrita con letras doradas y floridas. Los invitan a un baile de beneficencia. Nic le muestra a Mitzi el teléfono y la tarjeta.

—Por lo que parece, hemos encontrado al marido de la Dama de la Roca.

Mitzi, que ya se ha olvidado del gato, se aparta del investigador de la policía científica. El marido de Tamara Jacobs… O bien es su asesino y sabe que ha muerto o bien está a punto de ver su vida destrozada.

—Si tienes el número, llámalo.

Nic toma otra vez el teléfono, busca el nombre y pulsa la tecla de llamar. En la habitación se hace el silencio. Todas las miradas están fijas en él mientras el tono de llamada se propaga por el aire. No se muestra ningún número, únicamente el nombre de Dylan Jacobs, que bien podría encontrarse en otro continente. A Nic se le acelera el corazón a causa de la emoción.

El tono de llamada se interrumpe.

Contesta una voz de barítono.

—«Soy Dylan. En este momento no puedo hablar, deja tu nombre y tu número de teléfono y te llamaré en cuanto quede libre».

Nic corta la comunicación.

—Ha saltado el contestador. Volveré a intentarlo desde la oficina; allí podré grabar la llamada.

Mitzi asiente.

—De acuerdo. Llévate el teléfono a casa y examina todas las llamadas. Ya me encargo yo de terminar este registro.

Nic desenchufa el teléfono y se encamina hacia la puerta despidiéndose con la mano. Pero de repente se le ocurre una cosa y se vuelve.

—No hay fotos.

Mitzi lo mira desde el extremo opuesto de la habitación, con el entrecejo fruncido.

—¿Cómo dices?

—Que no hay fotos del matrimonio en toda la casa. Ni en el estudio ni en el dormitorio ni en ninguna parte.

Mitzi vuelve a pensar en los dormitorios del piso de arriba.

—Tienes razón. Y tampoco hay ropa de hombre en los armarios, ni espuma de afeitar ni artículos de tocador que no sean de mujer. De hecho, no hay ni rastro de que Dylan Jacobs haya vivido nunca aquí.

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