En su nombre

Sam Christer · Capítulo 56 de 186

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En su nombre

Capítulo 56

Turín

La olvidada iglesia se encuentra exactamente donde le han dicho a Efrem que se encontraría: al fondo una callejuela ventosa, detrás de una valla rota, ocultando un exiguo y atestado cementerio invadido por las malas hierbas.

Las lápidas están cubiertas de verdín y ya nadie se acuerda de ellas.

Semejantes a dientes viejos que se han podrido, yacen formando ángulos retorcidos en parcelas de tierra blanda y semihundida.

El monje recorre a pie el perímetro. La piedra con que está construida la iglesia, que originalmente tenía el color de la miel, se ha ennegrecido a causa de la suciedad y del paso del tiempo. Alguien ha hecho añicos la mayoría de las artesanales vidrieras que representaban las estaciones del Vía Crucis. Las pandillas callejeras han manchado los metales oxidados con pintadas, símbolos y nombres que Efrem no comprende y a los que no dedica mucha atención.

Retira los paneles que bloquean las viejas puertas por las que han entrado multitudes de fieles a lo largo de los siglos. El interior está oscuro. Apenas penetra algo de luz por las ventanas tapiadas con tablones y por los agujeros que ha ido taladrando el tiempo en el tejado sin reparar. La mayoría de la gente tendría que esforzarse para ver a un metro de distancia, pero Efrem ha pasado casi toda su vida en la oscuridad total y distingue hasta el rincón más alejado. Huele a madera húmeda y podrida, y a las heces de los roedores que han convertido este lugar en su refugio. Pero el monje es capaz, como nadie, de percibir el olor de la cera de las velas, del incienso de la Misa Mayor, del jabón recién frotado contra la piel de los que se han lavado sabiendo que iban a venir a arrodillarse en presencia de su Señor.

Pasea junto a los bancos maltrechos y llega hasta el espacio vacío que antes ocupaba el altar. Gira a su izquierda y encuentra lo que ha venido a buscar.

Con un poco de trabajo, será perfecto.

Sencillamente perfecto.

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