En su nombre

Sam Christer · Capítulo 11 de 186

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En su nombre

Capítulo 11

Centro urbano de Los Ángeles

El joven de cabello oscuro abre la portezuela de su viejo Ford Explorer y deja caer sus cansados huesos ante el volante. Acaba de finalizar una jornada completa de duro trabajo. Trabajo en la fábrica. Trabajo noble.

Tiene el curro a quince kilómetros del lugar donde mató por última vez, y su casa se encuentra más lejos todavía, en otra dirección. Cuando piensa en estas cosas experimenta cierto consuelo. Arranca el motor y se prepara para recorrer un largo tramo de carretera antes de recogerse para dormir.

Conducir es bueno. Le gusta conocer vecindarios nuevos, estudiar a los que aún no ha matado y verlos pasear con sus hijos, sus perros y sus seres queridos cuando él pasa por delante con su coche. Imagina cómo es su vida.

Y cómo sería su muerte. Lo dulce y misericordioso que podría ser con ellos… llegado el caso. Hace unos cuantos años, en la televisión un policía lo describió diciendo que era un reptil, un asesino de sangre fría carente de sentimientos, emociones y moral. No podía estar más equivocado. Lo que él hace lo hace por amor. Por amor a Dios.

Enciende la radio y sintoniza las noticias. Quiere saber qué dicen de él. Pero no hay nada. Se siente aliviado. Eso significa que no se ha iniciado ninguna caza del hombre, que no va a sufrir interferencias en su trabajo. El anonimato constituye su escudo, la manera que tiene Dios de mostrar su aprobación, una bendición, si se quiere. Lo atribuye a su modus operandi, su forma de actuar. Resulta curioso que todavía existan frases en latín.

Fragmentos de una civilización del pasado que han cruzado los siglos y los continentes para reaparecer en las ensangrentadas calles de la ciudad de Los Ángeles.

El joven aminora la velocidad al pasar por delante de la iglesia de su barrio y se persigna. De forma instintiva musita otra frase en latín:

—In nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti.

El ritmo que poseen estas palabras lo reconforta. Les da vueltas y más vueltas, igual que haría un niño fascinado con una piedrecilla lisa en la palma de la mano. Y luego recita su preferida: Dominus vobiscum, el Señor esté con vosotros.

Esta frase la pronuncia de modo distinto.

Estas palabras deben pronunciarse con suavidad, claramente, despacio, en actitud reverencial. Al fin y al cabo, son las últimas que llegan a oír las víctimas.

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