En su nombre

Sam Christer · Capítulo 21 de 186

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En su nombre

Capítulo 21

Comisaría de la calle Setenta y siete, Los Ángeles A las once de la noche, la sala de Robos y Homicidios ya se encuentra casi desierta. Queda únicamente la escoria: los novatos del turno de noche que intentan hacer méritos y los vagos viejos y curtidos que ya han caído tan bajo que se han quedado atascados en los posos del sistema.

Nic Karakandez también está atascado. Atascado frente a las imágenes grabadas por la cámara de seguridad de Manhattan Beach. Ahora es su turno de ver las grabaciones. Aunque tampoco es que le suponga un gran esfuerzo; prefiere estar aquí que en casa solo, con unos recuerdos que no le dejan en paz.

Mientras bebe café frío y repasa las imágenes a cámara rápida, en los pasillos de alrededor no cesa de haber ruido. Son voces femeninas. Ásperas.

Gritonas. Malhabladas. Prostitutas detenidas por la brigada antivicio, a las que se explota, luego se las ficha y por último se las deja en libertad para que vuelvan al principio. Es lo que lleva viendo todo el tiempo, desde que entró aquí: detienen a las chicas, las multan y luego las devuelven a las calles, donde se ven obligadas a buscarse la vida para ganar el dinero con que pagar las multas. El círculo vicioso de siempre. En cierta ocasión oyó decir que estaba calculado que si a todas aquellas chicas se les hiciera una donación de quinientos dólares por semana, no tendrían necesidad de venderse, podrían eludir a los chulos y el estado de California se ahorraría más de un millón de dólares al año. Nic no sabe si será verdad o no, pero no le sorprendería que lo fuera.

Echa una mirada al reloj. Una hora más, y lo deja. Se irá justo pasadas las doce; puede que para entonces ya esté lo bastante cansado para poder

dormir un poco al llegar a casa. La pantalla que tiene delante muestra el negro de la noche en la playa y unas tenues olas que rompen sin que nadie las oiga en esta película muda. Unas luces de seguridad amarillas iluminan débilmente parte del acuario y del laboratorio marino que Mitzi y él estuvieron inspeccionando. Observa a unas cuantas parejas que pasean por el embarcadero y se apoyan contra las barandillas para tontear un poco.

Luego aparecen un par de borrachos, encienden un cigarrillo y uno de ellos echa una meada al mar. El otro está tan hecho polvo que se acurruca a la puerta del laboratorio y se queda dormido.

Nic pasa unas cuantas imágenes más, a una velocidad treinta y dos veces mayor que la normal, y de repente surge en la pantalla un destello luminoso que le llama la atención. Se fija en la hora que se indica en pantalla. Son poco más de las dos de la mañana, las 02.09.15 para ser exactos.

Al ver el capó de un coche que penetra lentamente en el campo visual, a Nic se le acelera el corazón. De ninguna forma debería haber un vehículo en esa parte del embarcadero, y el conductor lo sabe bien, porque lleva las luces apagadas. El destello que ha detectado Nic correspondía a la iluminación de seguridad, que se ha reflejado en el coche. Se acerca al monitor para no perderse ni un solo píxel. El vehículo se detiene. No se ve la matrícula delantera ni la trasera, y tampoco la marca. Es un monovolumen; no tan grande como un Land Cruiser o un Range Rover, sino más pequeño.

Las luces de seguridad son tan amarillas, y el objetivo de la cámara tan malo, que resulta imposible adivinar si el coche es negro, azul o verde. Se abre la puerta del conductor. Sale la sombra delgada de un hombre. Nic rememora la altura que tienen las barandillas del embarcadero y hasta qué parte del cuerpo le llegaban a él. El conductor parece tener aproximadamente su misma estatura, un metro ochenta, no más. Va hasta la parte trasera del coche y abre el maletero.

Nic se acerca aún más a la pantalla.

El individuo se inclina hacia el interior del vehículo y saca algo. El plano no es lo bastante cercano ni nítido para apreciar qué sostiene en los brazos, pero por el tamaño bien podría tratarse de un cuerpo humano.

¿Qué otra cosa podría ser?

La sombra avanza con esfuerzo hasta el final del embarcadero y deja caer su pesada carga en el oscuro oleaje del Pacífico.

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