En su nombre
Capítulo 156
Beverly Hills, Los Ángeles
Matthias Svenson baja corriendo las escaleras de su mansión de alquiler.
Algún idiota lleva cinco minutos pulsando el botón del timbre, y piensa arrancarle la cabeza. Se aprieta el cinturón del corto albornoz blanco, que a duras penas alcanza a cubrir su bronceado cuerpo, y abre la puerta de un tirón.
—¿Detective Fallon? —exclama el sueco con expresión atónita.
Mitzi planta en medio del ancho pecho del director la versión definitiva de La Sábana Santa.
—Voy a entrar. Tenemos que hablar de esto.
—No estoy seguro de que…
—Puede creerme si le digo que sí está seguro. —Mitzi entra por la fuerza en el vestíbulo, un estiloso espacio forrado de mármol de un blanco deslumbrante y vetas grises. A su derecha se abre un aireado recibidor bañado por el sol, y hacia ahí se dirige ella, mirando en derredor—. Qué casa tan bonita. Es mucho más elegante que la celda que le tengo preparada a usted.
—¿De qué va esto, teniente? Ya le he contado todo lo que sé.
—Pues para que lo sepa también, no tengo tiempo ni paciencia para que ande mintiéndome. —Toma asiento en un mullido sofá blanco y pasa las manos por los lujosos cojines—. Yo debería comprarme un sofá como este.
Calculo que no me costaría mucho más que el sueldo de un año.
Svenson coge un teléfono de una mesa de cristal.
—Voy a llamar a mi abogado.
—No se corte. Pero dígale que se reúna con nosotros en la comisaría.
Dígale que ha sido usted detenido por poner trabas a la justicia en un caso de homicidio.
El director vuelve a dejar el teléfono en su base y se sienta enfrente de Mitzi.
—Buena decisión. El guion que acabo de entregarle demuestra que ha estado usted ocultándome información. En ningún momento mencionó las muestras de ADN tomadas de la Sábana Santa, la conexión con los musulmanes, la parte del argumento que habla de Saladino ni los monjes maronitas. ¿Cómo es que se le olvidó todo eso, señor Svenson?
—¿Por qué es tan importante?
—Porque por esa razón mataron a Tamara. Pero eso ya lo sabía usted desde el principio, ¿verdad? —Mitzi señala el guion, que Svenson ha depositado sobre el brazo de la butaca—. Cuénteme cómo acaba la película. Las escenas que no aparecen escritas ahí.
El director toma el guion y lo mira con gesto pensativo.
—Tamara era una guionista muy notable. La pasión que sentía por la palabra escrita o hablada solo se podía comparar con su amor por la historia y sus misterios. Antes de La Sábana Santa había estado investigando a un antiguo grupo de monjes guerreros, cruzados que lucharon contra los musulmanes en Tierra Santa.
—Un momento. Me da la impresión de que ahora van a venir cosas complicadas, y lo complicado no se me da nada bien. Voy a tener que tomar apuntes. —Extrae de su bolso una libreta y un bolígrafo—. De acuerdo.
Dispare.
—¿Ha oído hablar de los caballeros templarios?
—Desde luego. Era una antigua orden de monjes guerreros, ¿no?
—Sí. Bueno, pues los Caballeros de la Montaña son los mismos, pero más secretos y más despiadados. Aparecieron en el siglo V en el Líbano. Eran discípulos de san Marón, el monje eremita que fundó la Iglesia maronita.
A Mitzi le viene a la memoria el informe forense de Hix y lo mucho que insistió este en que el asesino de Tamara había estado en el Líbano.
—¿Qué es la Iglesia maronita?
—Otro nombre que tiene el catolicismo. Funciona de manera paralela a la Iglesia de Roma. Los Caballeros de la Montaña son sus máximos protectores. Guerreros suicidas. Formaban un linaje de soldados sumamente entrenados que libraban cruzadas secretas.
—¿Asesinos de operaciones encubiertas en las Guerras Santas?
—Si quiere llamarlos así. Pero también eran monjes devotos. Cuando no estaban matando, ayunaban y rezaban en la misma escala que los santos.
—¿Y esos son los caballeros que aparecen en el guion de La Sábana Santa, los responsables de la muerte de Saladino?
—Los mismos. —Svenson apoya una mano en el guion—. Hemos imprimido las escenas que llegan hasta el encubrimiento de la muerte de Saladino. Lo que sucedió a continuación fue que el asesino, un monje llamado Efrem, que resultó herido por los guardias de Saladino, se cayó del caballo mientras estaba cruzando las montañas y murió. A consecuencia de ello, los maronitas pasaron muchos años sin saber que el asesinato se había llevado a cabo con éxito.
Mitzi se siente intrigada.
—Y entonces, ¿cómo se enteraron?
—Corrió el rumor por los campamentos de los musulmanes. Por alguna razón, su gran líder ya no era el mismo. Se le notaba menos decidido.
Distinto. Mostraba una inseguridad impropia de él. Los espías se percataron
de todo ello, y cuando se capturó a un grupo de soldados musulmanes, varios de ellos revelaron esa información de manera voluntaria, con la esperanza de que los cristianos no los ejecutaran.
—¿De modo que todo fue simplemente un rumor?
—¿Acaso no lo es casi toda la historia? A ver, ¿qué pruebas existen de que Jesucristo hiciera milagros, aparte de los escritos de carácter religioso?
—Yo no soy historiadora, pero entiendo adonde quiere ir a parar usted.
¿Qué relación tiene todo esto con la mortaja de Cristo?
—La mortaja de Saladino. —Svenson deja calar la frase—. La imagen impresa en ese lienzo pertenece al hombre que fue el azote del cristianismo.
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