En su nombre
Capítulo 106
Quien controla el presente controla el pasado.
Quien controla el pasado controla el futuro.
GEORGE ORWELL
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106
Turín
Desde pequeño, Mario Sacconi duerme con la ventana abierta. Hay algo en el hecho de cerrarla que le perturba y le mantiene en vela. Se siente oprimido. Tiene claustrofobia. Es una costumbre que ha dado lugar a que innumerables novias se quejaran del frío glacial que hacía en su habitación, y sin embargo nunca ha sido un problema que este atractivo genetista no haya podido resolver.
Anoche se fue a la cama con la elegante ventana de guillotina abierta y una hermosa interna brasileña agradecida de sentir el calor de su cuerpo. Ahora ya está amaneciendo sobre el frondoso bosque que rodea su hogar. Al abrir los ojos y percibir la luz rosada, se da cuenta del terrible error que ha cometido.
—Buongiorno —saluda un hombre vestido de negro de pies a cabeza que aguarda al pie de la cama.
—Vaffanculo! —exclama Sacconi intentando incorporarse. Pero el nudo corredizo se le aprieta un poco más, primero alrededor de la muñeca izquierda y después alrededor de la derecha. Busca frenéticamente a su amante y pregunta—: ¿Benedetta?
—Está en el cuarto de baño —responde Efrem señalando a su espalda—. La verás dentro de un momento.
Sacconi ha leído cosas acerca de los intrusos, sabe que a veces recurren a la violencia o al sexo cuando se les hace frente. Lo mejor es conservar la calma y no provocarlos. No convertir un simple allanamiento en algo más grave.
—Oiga, no quiero problemas. Llévese lo que quiera. Las llaves de mi Mercedes están dentro de mi pantalón, en esa silla. Tengo una caja fuerte, dinero y joyas. Estoy dispuesto a darle lo que sea.
El monje se echa a reír.
—Roberto Craxi.
Ese nombre hace enmudecer a Sacconi.
—Craxi es el motivo de que yo esté aquí.
—No sé a qué se refiere.
A través del pasamontañas lo miran dos ojos oscuros.
—Sí que lo sabe. Usted es Mario Sacconi. Craxi le dio dinero para que hiciera una cosa que no debería haber hecho. Usted abusó de su poder, de los dones que le concedieron Dios y la ciencia.
—No, no… Está usted equivocado.
Pero la expresión de los ojos del monje dice que sabe con toda seguridad que no se equivoca. Efrem se aparta de la cama y entra en el cuarto de baño.
Al cabo de unos segundos vuelve a salir con la chica desnuda en sus brazos y la deja caer sobre le cama, al lado de Sacconi. La joven tiene las manos y los pies amarrados a la espalda. La boca amordazada con gruesa cinta aislante. Los ojos muy abiertos a causa del terror.
—Roberto Craxi le pagó para que usted analizase unas muestras que robó de la Sábana Santa. Quiero los resultados de esos análisis y las muestras que le queden todavía.
—Está usted equivocado. Le juro por Dios que no sé de qué me está hablando.
De improviso a Sacconi le explota un puñetazo en la cara. Deja escapar un gemido de dolor. Tiene la nariz rota. La sangre le mancha la boca y las mejillas.
—No pronunciarás el nombre de Dios en vano.
El monje busca en su pantalón militar negro y extrae un objeto que parece un estuche delgado y oblongo, bellamente decorado con madreperlas. El afilado estilete de dieciocho centímetros que sale del mismo pone fin a toda ambigüedad que pudiera haber respecto de su contenido. El monje sostiene el acero frente a los ojos del genetista, se cerciora de que este vea lo afilado que está, y a continuación agarra a Benedetta por el cuello y la arroja contra el cuerpo de su amante. Luego le aparta el pelo hacia atrás para que los ojos de la chica queden a la altura de los de Sacconi, para que el pavor de ella se mezcle con el de él.
—Y bien, ¿va a hablarme de esos análisis que ha realizado?
Sacconi sigue dudando.
El monje apoya la punta del estilete en la mejilla derecha de la chica, en la delicada piel que hay debajo del ojo, y observa la expresión del científico.
Al instante se da cuenta de que la chica no le importa nada en absoluto.
Sacconi no tiene sangre de héroe, entre ellos no existe ningún vínculo amoroso. Entonces aparta a la chica. Oye cómo cae rodando de la cama y choca contra la madera del suelo.
Acto seguido, le tapa la boca a Sacconi con una mano y, con toda calma, le clava la punta del estilete en la mejilla izquierda.
Los gritos amortiguados del científico duran casi un minuto.
Efrem retira el acero muy despacio. Permite que de la punta del mismo caiga una gota de sangre que se le introduce a Sacconi en los ojos.
—Voy a pedirle por última vez que me hable de los análisis que realizó por encargo de Craxi.
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