En su nombre

Sam Christer · Capítulo 42 de 186

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En su nombre

Capítulo 42

Comisaría de la calle Setenta y siete, Los Ángeles Mitzi consume el resto del día obteniendo permisos para el viaje de Nic a Italia y esquivando a Matthews, que se ve acosado a cada hora por todo el mundo, desde el alcalde hasta el inspector. El pobre da la impresión de estar a punto de explotar.

Esta noche Mitzi tiene pensado llevar a las niñas a cenar fuera, lo que les apetezca más un buen helado. Podrán atracarse de caprichos. Una noche para chicas antes de que se vayan a esquiar. Bien sabe Dios lo mucho que necesitan algo así.

De camino a casa llama a Nic y se prepara para recibir un torrente de improperios.

—Diga —suena la voz de Nic a través del altavoz del manos libres del coche.

Mitzi sube el volumen y contesta:

—¿No deberías responder bonjour o algo así?

—Muy graciosa. Pero me parece que los italianos dicen buongiorno.

—No me cabe duda de que eso lo vas a averiguar bien pronto. ¿Ya has hecho la maleta?

—Acabo de cargar el coche y salgo dentro de un minuto. Gracias por esto, Mitz. Era justo lo que necesitaba para evadirme: un viaje urgente de varios miles de kilómetros para perseguir sombras.

—Oye, si hubiera habido otra persona disponible, la habría enviado a ella.

Y si pudiera ir yo misma, iría. Créeme, tú eras mi último recurso.

—Conque tu último recurso, ¿eh? Tú sí que sabes decir a un hombre lo que le gusta oír.

—Se acabaron las quejas. ¿Has conseguido ponerte en contacto con los Carabinieri?

—Hace un momento. Dicen que van a adjudicarme un agente de enlace. Y

además he pedido a un colega del FBI que me busque una cara amiga.

—Procura que no nos cueste dinero. Si presentas cualquier factura que no sea la de un café, Matthews me quitará la placa.

—Genial. Un coñazo de viaje y encima un radar que va a vigilar cuánto dinero gasto. ¿Y qué tal día has tenido tú?

—Los he tenido mejores.

—¿Pues cómo?

Mitzi está a punto de contárselo, pero se reprime. No sirve de nada pasar el veneno al prójimo. Dentro de unos minutos Nic se irá al aeropuerto, y tiene un asesinato que investigar.

—Me he vuelto loca leyendo esos malditos guiones que me dejaste. Y esta tarde he terminado yendo a la diócesis católica a consultar a un supuesto experto de la Sábana Santa.

—Que Dios te bendiga. ¿Has averiguado algo más?

—Algo. —Toca el claxon a un gilipollas al volante de un Tahoe que se le cruza por delante—. En el aspecto forense, no parece que haya pruebas de que el tal sudario sea realmente el de Jesucristo, y es posible que fuera eso lo que pretendía demostrar Tamara Jacobs. Mañana voy a llamar a Amy para pedirle su opinión de patóloga. A lo mejor sabe distinguir si las marcas que aparecen en la tela coinciden con las de una persona crucificada.

—¿Sabes una cosa? No estoy seguro de que Amy haya trabajado alguna vez con una crucifixión.

—En Los Ángeles ocurren las cosas más raras, so memo, nunca se sabe.

Mientras estés en Turín, deberías intentar ver la Sábana Santa. Hoy he visto unas cuantas fotografías en alta definición, y son de verdad asombrosas.

—¿En qué sentido?

—En el sentido de que no es posible explicar cómo se formó la imagen del cuerpo. Simplemente, no lo entiendo. Según lo que he leído y me han contado, no existen pruebas de que se pintase ni se dibujase. Lo único cierto es que constituye un misterio.

Nic consulta su reloj.

—Mitz, si quieres que llegue a tiempo de facturar, tengo que salir corriendo.

—Vete. Solo te he llamado para desearte buena suerte. Envíame un correo electrónico cuando puedas.

—Vale. Llamaré a la base cuando ya esté instalado, ¿de acuerdo?

—De acuerdo. —Hace una pausa y añade—: Cuídate.

—Tú también.

Un chasquido, y Nic ya no está. Mitzi enciende la radio, pero en realidad no le hace caso. El resto del trayecto conduce llevando puesto el piloto automático, preguntándose qué tal día habrán tenido las niñas, si habrán hecho los deberes del colegio, qué actitud mostrarán hacia ella cuando llegue a casa.

Nada más torcer para entrar en el camino de coches, clava los frenos.

El coche de Alfie. Justo en el lugar de costumbre del garaje.

Con el corazón desbocado, se desabrocha el cinturón de seguridad, se apea y cierra la portezuela con furia. Va tan enfadada que está a punto de abrir la

puerta de una patada, en vez de con la mano.

—Hola —saluda él con todo descaro, sentado con sus hijas a la mesa familiar, alrededor de un enorme cubo de KFC—. He comprado pollo, para que no tengas que cocinar.

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