En su nombre
Capítulo 153
LA SÁBANA SANTA - TAMARA JACOBS
DAMASCO, PALACIO DE SALAHUDDIN, 1187
EXTERIOR, mañana
Escena 76
Día siguiente a la noche anterior. La suave luz rosada del amanecer ilumina la arena frente a las puertas del palacio. Los cascos de los caballos levantan una polvareda y vemos la estampa ya familiar de los guardias a caballo que patrullan lentamente los alrededores.
CORTE A
INTERIOR
Escena 77
El gran salón está lleno de hombres y mujeres que duermen apoyados en mesas alargadas, en el suelo y en asientos. Todavía tienen alrededor los restos desperdigados del gran banquete.
Conforme el gran angular de la cámara va recorriendo el suelo de la estancia y ascendiendo por la escalera de caracol, comienzan a oírse unos golpes amortiguados, cada vez más urgentes. Son golpes dados con un puño contra la madera. A medida que la cámara se desliza entre las parejas de guardias apostados en cada recodo de los serpenteantes corredores que llevan a los aposentos de SALAHUDDIN, el ruido va cobrando intensidad.
Las gigantescas puertas de roble con tachones de hierro están cerradas, DULFIQAR, el comandante de la guardia, está hablando a gritos desde el otro lado. Llegan más hombres a toda prisa. Por entre ellos se abre paso el general NUREDDIN; viene directamente de la cama, con la ropa desordenada y todavía vistiéndose.
NUREDDIN: ¡Forzad la entrada! Necios, ¿a qué estáis esperando? Nuestro señor podría estar en peligro. ¡Romped las puertas! Llamad a su médico.
FIQAR: Haced lo que dice.
Mira en derredor y señala una estatua de piedra que representa a Isis, tomada de una tumba egipcia.
FIQAR (cont.): Ayudaos con ese falso dios.
Son necesarios seis soldados para levantar la gigantesca representación en granito de la diosa egipcia. Lanzando un potente alarido, arremeten contra las dobles puertas y abren con un tremendo empujón. Varios de los soldados caen al suelo de resultas del impacto.
NUREDDIN: ¡Esperad!
Alza una mano para imponer autoridad y detiene a los soldados.
NUREDDIN (cont.): Primero quiero entrar yo solo.
NUREDDIN toma una espada del cinturón de un guardia y penetra en la antecámara pasando por encima de la puerta astillada y del hueco que ha dejado esta. Abre las puertas de la cámara privada.
NUREDDIN: ¡Bendito sea Muhammad! Esto no es posible.
La cámara pasa de NUREDDIN al suelo y se posa sobre el cadáver de un guardia que tiene el cuello cercenado y el corazón perforado por una única puñalada. Enfoca la cara del muerto y seguidamente el cuerpo, que pertenece a un escriba. Los intestinos asoman desparramados por una profunda herida de espada. La cámara continúa avanzando y se detiene en el rostro emblemático y ahora sin vida de SALAHUDDIN. El plano se abre
y revela el cadáver del sultán, y solo entonces se aprecia todo el horror que ha dejado estupefacto a NUREDDIN. SALAHUDDIN ha sido desnudado y clavado en la cruz robada, la que fue confeccionada con la madera de la Vera Cruz. Su cuerpo es una maraña de heridas, tajos de espada o de puñal y fragmentos de cristales rotos que le han incrustado en la cabeza para formar una corona de sangre.
NUREDDIN corre a la puerta de la antecámara para evitar que entren los soldados. La cierra y ordena a voces que acuda el comandante de la guardia.
NUREDDIN: ¡Dul! Dul, ven a la cámara. El sultán no se encuentra bien y está llamándote.
DUL entra por la puerta, NUREDDIN se apresura a cerrarla de nuevo.
NUREDDIN (visiblemente conmocionado): Salahuddin está muerto.
FIQAR: ¿Cómo?
NUREDDIN: Lo han matado unos asesinos en su cámara.
FIQAR: No es cierto. Jura que no es cierto.
NUREDDIN: Juro por el sagrado nombre de Dios que es verdad. Ven.
El general lleva al comandante de la guardia hasta la cámara privada.
Durante unos instantes, los dos hombres guardan un respetuoso silencio.
FIQAR: ¿Cómo es posible que haya ocurrido esto?
NUREDDIN: Ha desaparecido un escriba. Habrá sido un ismailí o un cristiano. Todavía percibo el olor.
Recorre la estancia con la mirada y observa los charcos de sangre y los cuerpos mutilados.
NUREDDIN (cont.): Debe de estar herido, así que no puede haber llegado muy lejos.
Su mirada se detiene en unas manchas de sangre dejadas en la pared por una mano, cerca de una ventana abierta que hay junto a la cama del sultán.
FIQAR se da cuenta de que el general está pensando que esa puede haber sido la vía de escape del asesino.
FIQAR: Voy a enviar a mis mejores hombres a capturarlo.
FIQAR echa a andar hacia la puerta.
NUREDDIN: Espera. No hagas tal cosa.
FIQAR se interrumpe y da media vuelta.
NUREDDIN: Hay un asunto que tiene mayor urgencia.
Pasea unos instantes y agrega:
NUREDDIN: Hemos de fingir que nuestro señor ha caído enfermo. Los cristianos no pueden saber que ha muerto. El mundo no debe enterarse. Trae al médico de Salahuddin, necesitamos su complicidad para urdir mejor el engaño.
FIQAR se va. NUREDDIN toma una espada y saca los clavos que sujetan a SALAHUDDIN a la cruz. Luego deposita al gran sultán en el suelo y toma una sábana de la cama para cubrir el cadáver. Seguidamente se arrodilla y reza.
Regresa FIQAR con el médico ADAM BAHIR. El comandante vuelve a cerrar la puerta de acceso a las cámaras. Después, saca una daga que llevaba escondida en la túnica y se la pone al médico en la garganta.
FIQAR: Vas a hacer todo lo que te ordene el general NUREDDIN o de lo contrario te arranco esa falta de voluntad de tu insolente cuerpo. ¿Me has entendido?
BAHIR, con la daga apoyada en el cuello, asiente con miedo.
FIQAR: Bien.
DUL lo empuja hasta NUREDDIN, que está arrodillado junto al cadáver de SALAHUDDIN.
NUREDDIN: Médico, trae los vendajes que sean necesarios y ocúpate personalmente del cuerpo de nuestro señor. Que reciba el trato que le corresponde.
Se queda de pie a un lado y permite que el médico examine a SALAHUDDIN.
NUREDDIN (cont.): Ya está con Dios, no me cabe duda. Tan solo pido vivir lo suficiente para vengarme de todos los que han confabulado para perpetrar esta maldad.
FIQAR se acerca al cuerpo del escriba muerto, escupe encima y le propina una patada en la cabeza, NUREDDIN lo aparta.
NUREDDIN: Desahoga otro día tu rabia. En este preciso momento necesito que conserves la cabeza fría. Hay mucho que hacer.
Se vuelve hacia el médico.
NUREDDIN (cont.): ¿Qué me dices del sultán? ¿Cómo vamos a hacer creer a sus cortesanos que aún está vivo, pero tan enfermo que necesita estar aislado para poder descansar?
BAHIR: Hace unos años, nuestro señor se vio aquejado de cierto mal del corazón. Podemos decir que ha vuelto a sufrir el mismo mal. Y que a fin de evitar el contagio, únicamente yo debo entrar en su cámara.
NUREDDIN (con gesto complacido): ¿Durante cuánto tiempo se puede mantener esa farsa?
BAHIR: Durante diez días. No más. De todos es sabido que Salahuddin es mal paciente. Si dejamos pasar más tiempo, no cabe pensar que no intente gobernar desde el lecho, incluso aunque yo se lo prohibiera.
NUREDDIN: Eso tendrá que bastar.
Va hasta FIQAR y habla con él en voz baja, en tono confidencial, apoyándole una mano en el oído.
NUREDDIN (cont.): Voy a tener que ir a ver a la esposa de Salahuddin y hablar con sus hermanos. Es necesario contar urgentemente con su complicidad.
FIQAR: Ordenaré que te acompañen mis hombres de más confianza.
NUREDDIN hace un gesto de asentimiento.
NUREDDIN: ¿Y el indigno cadáver de este escriba traidor?
BAHIR: Yo mismo me encargo de deshacerme de él.
NUREDDIN: Cerciórate de arrancar su apestosa alma del cuerpo. Ha de pasar la eternidad sin ella, arder en el fuego de la eterna condenación.
De improviso le suena el teléfono a Mitzi. De mala gana, aparta la vista del guion y pulsa el botón de manos libres.
—Fallon.
—Detective, soy el agente Fisher, Andy Fisher. He encontrado el vehículo de su sospechoso al doblar la esquina. Dentro del mismo había un permiso
de conducir, y la foto coincide. Tenemos el nombre y la dirección. ¿Quiere que se lo diga por teléfono?
—No. Buen trabajo, Andy. Ahora mismo bajo.
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