En su nombre
Capítulo 163
Comisaría de la calle Setenta y siete, Los Ángeles Mitzi deja a Harrison en la sala de interrogatorios y se dirige al despacho de Carter para informar a este.
Lo encuentra encorvado sobre un ingente montón de papeles, igual que un contable a fin de año.
—¿Nunca se le ocurre llamar a la puerta?
—Pues no. Tengo esa mala costumbre. Harrison ha identificado al pirado.
Está cien por cien segura de que es John James, su supervisor. —Se sienta en el borde de la mesa y observa con el ceño fruncido todas las hojas de cálculo de Excel—. Y además de eso, dice que muy recientemente dicho pirado se ha hecho muy amigo de una compañera de trabajo llamada Emma Varley.
—Cosas que pasan. —Carter recupera los documentos de debajo de la pierna de Mitzi—. Hay que ser de mentalidad abierta, Mitzi. Muchas personas, incluso las piradas, conocen a su futuro cónyuge en el trabajo.
—O a su futura víctima. Varley desapareció la semana pasada. Un buen día no se presentó a trabajar.
Esta vez sí que ha captado la atención de Carter.
—¿Sin ningún motivo?
—Ninguno que mencionase James. Les dijo a las trabajadoras que Emma simplemente había presentado la dimisión.
—¿Tiene la dirección de esa Emma?
—No exactamente. Harrison no la conocía, pero dice que vive cerca de Gardena.
—Voy a ordenar a Dan que la localice y que se dé una vuelta por allí. —De pronto suena el teléfono de la mesa—. ¿Sí?
—Jefe, soy Kris. Me encuentro en Carson, en el domicilio de James, y puedo decirle que esto es de lo más raro.
—¿Qué tienes? —Cambia al manos libres para que también pueda oírle Mitzi.
—No hay muebles. Ni alfombras. El suelo está todo cubierto de periódicos.
Es como si aquí nunca hubiera habido nada humano. Y tampoco hay luces.
—Va avanzando con ayuda de una linterna—. Más que un hogar, es un piso de okupas. Ahora mismo estoy entrando en el dormitorio, y aquí dentro huele que apesta. —El haz de luz recorre el techo, las paredes y el suelo—.
Por todas partes hay velas consumidas. Da la impresión de ser algo ritual, sabe. Satánico. Me corrijo: acabo de descubrir una enorme cruz en la pared.
—La luz de la linterna se centra en un montón de tela blanca que hay el rincón más apartado—. James tiene aquí varias sábanas.
—Examínalas —ordena Carter—, pero no las toques.
Libowicz se acerca a las sábanas.
—No soy ningún experto en ropa de cama, como bien podrá atestiguar mi mujer, pero esto tiene una pinta rarísima. —Pasea el haz luminoso por la tela—. Aquí hay metros y metros de sábanas, suficientes para envolver a una momia.
—Probablemente los ha cogido de la fábrica en la que trabaja —comenta Mitzi.
De repente, el haz de luz de la linterna arranca un destello distinto.
—Jefe, aquí hay cientos de cuchillas, de esas de doble filo que hay que enroscar. —Se acerca un poco más—. Y además están llenas de sangre. Hay también un frasco de desinfectante y un pañuelo viejo, parece ser.
—James se hace él mismo las heridas —explica Carter—. Ese es su equipo de herramientas. No toques esas cosas, bien podría ser que fuera seropositivo.
—No tengo ninguna intención de tocarlas, jefe. —Libowicz calla unos instantes. Luego se incorpora y orienta la linterna hacia la pared del fondo.
Aparecen unas marcas desvaídas. Decide ir hasta allá para mirarlas más de cerca.
Es sangre.
Desplaza la luz en derredor, se vuelve y ve lo que tiene a la espalda.
—Joder.
—¿Qué pasa? —pregunta Carter.
—Ha escrito una cosa en la pared, con sangre. Dice lo siguiente: «SOY LA GUERRA QUE JAMÁS TENDRÁ FIN. LIBERACIÓN».
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