En su nombre

Sam Christer · Capítulo 145 de 186

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En su nombre

Capítulo 145

Comisaría de la calle Setenta y siete, Los Ángeles Mitzi está viendo la grabación de Liberación sentada a su mesa y bebiendo café de la cafetería.

—Podría tratarse de un simple bromista. ¿Se le ha ocurrido pensar eso?

—No lo es.

—Espere un minuto. Olvídese de que es rarito y de que parece un ciego que ha intentado afeitarse con una navaja suiza. Lo único que ha hecho ha sido recitar los nombres de las víctimas del Sigiloso. Unos nombres que han aparecido todos impresos en los periódicos.

—Pero Bass no. Ella no ha salido todavía en la prensa.

—En cambio, sí en la radio. Yo la he oído nombrar esta mañana.

—Fíese de mí, es el tipo al que estamos buscando.

—¿Por qué? ¿Porque es un chalado de la religión? Vámonos a hacer una redada en todas las iglesias y templos de Los Ángeles, seguro que antes de comer hemos encontrado a una docena como él.

—Está bien, escuche: tenemos ADN del caso del Sigiloso. El paso siguiente es tomarle muestras a Liberación y ver si coinciden. Si no coinciden, lo dejamos en libertad.

—Lógico. —Mitzi levanta el teléfono.

Pero Carter le impide seguir.

—Recuerde que ese pirado llegó envuelto en una sábana. Una sábana de la cama. Igual que las que usaba para envolver los cadáveres. Mandaremos analizarla también, y estoy seguro de que encontraremos algo más que restos de nuestro hombre. Encárguese usted de hacer las llamadas al laboratorio y al registro. Yo voy a conseguir más mano de obra… ¿y más café?

—Solo la mano de obra —replica Mitzi al tiempo que pulsa una tecla de rellamada—. El esmalte de mis dientes ya no aguantará más dosis.

Carter regresa a su despacho y va directo al teléfono. Logra convencer a su secretaria, a un empleado de administración y a dos antiguos ayudantes —

Libowicz y Amis— de que renuncien a quedarse en la cama hasta muy tarde por ser domingo; le servirán para llevar a cabo cualquier tarea secundaria que les ordenen Fallon y él.

Por fin Mitzi consigue comunicarse con Hix, el único de la policía científica que está segura de que dejará todo lo que esté haciendo para ayudarla a ella.

—Tom, es posible que hayamos experimentado un progreso importante en el caso del Sigiloso. Ha llegado a la central un individuo envuelto en una sábana que necesita ser analizada de inmediato. Y también necesitamos su ADN y un análisis de sangre urgente.

—¿Para eliminarlo mediante descarte?

—Sí, aunque Carter está seguro de haber cazado a su hombre.

Tom Hix ha visto a una decena de detectives aseverar que habían cazado a su hombre, y sin embargo, antes de que terminara la jornada ya se habían dado a la bebida.

—Enseguida voy.

—Gracias. —De pronto se acuerda de la llamada que le hizo Nic anoche—.

Ah, y si miras el correo encontrarás un paquete que te ha enviado Nic

Karakandez desde Italia.

—¿Desde Italia?

—Relativo al caso de Tamara Jacobs. Lo hice ir yo, para que siguiera una serie de pistas. Te ha mandado unas muestras tomadas de la escena de un crimen cometido en Turín, y quiere saber si coinciden con algo que se haya encontrado en el domicilio de la guionista.

—Por lo visto, voy a tener un día muy ajetreado. De hecho, iba a llamarte por el caso de Jacobs. Hemos completado el análisis del gato y de las moquetas. ¿Recuerdas que les pasamos la aspiradora a los dos?

—Sí.

—Pues de la pata del gato hemos obtenido un ADN humano. Pero esa no es la buena noticia. —Se le nota animado—. En la moqueta hemos hallado partículas de Glyptobothrus lebanicus y de Pogonocherus ehdenensis.

A Mitzi, tanto entusiasmo la deja fría.

—Tom, es domingo por la mañana y yo no hablo alienígena. ¿Qué es lo que acabas de decir?

Tom deja escapar un suspiro de desilusión. Ojalá comprendiera Mitzi lo raro que es lo que ha descubierto.

—El Glypto es un saltamontes, y el Pogo es un escarabajo de antenas muy largas. Lo que tienen en común es que no proceden de América. Son especies endémicas del monte Líbano y de las montañas del Antilíbano.

—¿Del Líbano, dices?

—De Oriente Próximo. Además, con la aspiradora hemos encontrado restos de litosoles, suelos rocosos, provistos de muy poca vegetación, que desde luego se encuentran en los paisajes de montañas escarpadas.

—No sé muy bien adónde nos lleva eso. Imagino que estás diciéndome que el asesino debió de estar recientemente en esos lugares o que procede de

ellos.

—Exacto.

—De acuerdo. ¿Vas a enviarme las huellas genéticas cuando llegues?

—Sí. Ya voy para allá.

En el momento de colgar el teléfono, Mitzi advierte que hay una luz roja parpadeando en la base. Llamadas perdidas. Le da un vuelco el corazón. A lo mejor son sus niñas. Vuelve a levantar el auricular y acciona el contestador. La voz automatizada dice que el mensaje se dejó a las cinco en punto de ayer. A aquella hora ella estaba con Jenny Harrison. Esperando que Amber y Jade se encuentren bien, cruza los dedos para que no hayan sufrido ningún accidente esquiando.

—«Hola, teniente Fallon, soy Sarah Kenny, de Anteronus Films. Me dijo usted que la llamase si descubría algo nuevo en relación con el caso de Tamara. Bueno, pues no sé si es importante, pero es posible que tenga algo.

Ya tiene mi número, llámeme a cualquier hora. Que tenga un buen día».

Solo son las ocho de la mañana, pero Mitzi le toma la palabra y llama.

Le responde un mensaje pregrabado:

—«Soy Sarah. En este momento no puedo hablar. Deje su mensaje, y si no estoy rodando con Scorsese o con los hermanos Coen, le devolveré la llamada. Ciao, cielo».

—Sarah, soy Mitzi Fallon. Me ha dejado un mensaje en el teléfono del trabajo. Hoy es domingo por la mañana, y si…

—Hola —contesta de pronto con voz soñolienta la Sarah auténtica.

—Ah, hola. Acabo de escuchar su mensaje.

—Perdone, estaba durmiendo. —Tarda unos instantes en incorporarse y ordenar sus ideas.

—No hay problema.

—Me ha llegado una factura al trabajo en concepto de una nube.

Mitzi no está segura de haber oído bien.

—¿Una qué?

—Una nube. Yo no sabía que Tamara tuviera ninguna, pero al parecer la tenía. Una nube de almacenaje. Es una base de datos digital. Apple, Google, Amazon; todos esos la tienen. Se suben contenidos, como documentos, vídeos, fotos, música, lo que uno quiera. La nube los guarda de forma segura, de manera que si a uno le roban el portátil o le entran los ladrones en casa, siempre puede descargar otra vez todos los documentos.

—Vaya. ¿De verdad son capaces de hacer algo así?

—Sí. ¿Quiere que le envíe por correo electrónico los detalles de la cuenta de Tamara?

—Sería genial.

—Muy bien. —Sarah vuelve la vista más allá de su esbelto y bronceado hombro, al atractivo actor desnudo que se agita en sueños—. En estos momentos no puedo, voy a tener las manos ocupadas, pero se lo envío aproximadamente dentro de una hora.

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