En su nombre

Sam Christer · Capítulo 180 de 186

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En su nombre

Capítulo 180

Un cuarenta por ciento.

Ese cálculo de probabilidades no deja de dar vueltas en la cabeza de Mitzi, igual que si alguien estuviera echando los dados. Pero Nic ya ha podido con estadísticas peores que esa en las calles. Se muerde una uña y se queda con la mirada perdida al otro lado de la ventanilla del coche, mientras Amy la lleva de vuelta a la comisaría. Si ella no lo hubiera hecho ir a Italia, no habría ocurrido nada de esto. Pero sabe que no sirve de nada autoflagelarse, que eso no va a hacer que Nic se ponga bien. Se arranca el último trozo de uña y se vuelve hacia su amiga.

—¿Fuiste tú quien examinó al tipo al que Nic disparó?

—Lo examinó Terry Jones. Cuando llamaron, yo aún no había terminado con Emma Varley.

—¿Y llegaste a verlo? ¿Viste cómo era?

Amy sabe por qué lo pregunta.

—Muy de pasada. No era nada fuera de lo corriente. Árabe. Atlético. De treinta y muchos, supongo. No le presté mucha atención.

Mitzi no puede evitar preguntarlo:

—¿En qué parte del cuerpo le disparó Nic?

—En la cabeza. —Amy se señala con un dedo justo por encima de la nariz.

—Lástima. El muy cabrón debió de morirse en el acto.

Aparcan el coche y entran usando sus tarjetas magnéticas.

—Luego te llamo —dice Amy—. Todavía tengo cosas que hacer. Ya terminé el informe sobre la Sábana Santa. Cuando quieras verlo, dame un toque.

—Gracias. En este momento no parece importante.

—Y no lo es. De todas formas, te lo enviaré por el correo interno.

—Gracias —sonríe Mitzi—. ¿Qué opinión te merece? ¿Es falsa o no?

—Dejando a un lado lo que afirman todos los escépticos y los lunáticos, y créeme si te digo que son centenares los lunáticos que han escrito algo al respecto, yo diría que las marcas que contiene la Sábana Santa concuerdan con las de un hombre crucificado y herido por una lanza.

—¿Estarías dispuesta a defender eso ante un tribunal?

—Probablemente. Pero exigiría unos honorarios bastante potentes.

Ambas se echan a reír. Amy da media vuelta y se despide de ella con la mano.

—No te vayas a casa sin llamarme.

—Ni se me ocurriría.

Mitzi regresa al Departamento de Homicidios y va directamente al despacho de Carter. Piensa mantenerse ocupada. Trabajar para no pensar en todos esos monitores, tubos y porcentajes desfavorables.

Carter está con Tom Hix, las manos apoyadas en la mesa, encorvado sobre carpetas, papeles y transparencias. En cuanto la ve entrar, levanta la vista.

—¿Qué noticias hay?

—Dicen que se encuentra estable, pero sigue en estado crítico.

—¿Ha salido del coma?

—No. Amy Chang calcula que las próximas horas serán decisivas.

Hix afirma con la cabeza.

—Antes creíamos que todos los daños cerebrales se ocasionaban en el momento de la lesión. Ahora sabemos que todavía resultan más peligrosas las horas posteriores. ¿Estáis hablando de inflamación del cerebro y complicaciones como hemiplejía espástica, hiperreflexia, espasticidad…?

—No —lo interrumpe Carter—. Desde luego que no estamos hablando de todas esas chorradas.

—Perdona, Tyler, lo he dicho sin pensar.

Mitzi señala la mesa.

—¿Qué está mirando?

Carter se toma unos segundos.

—Tom ha descubierto algo insólito. Insólito e inquietante. —Extiende tres juegos de códigos de ADN—. Tú eres el científico, así que explícalo tú.

Hix lo está deseando.

—La primera transparencia es el ADN del criminal que dejó rastros en el domicilio de Tamara Jacobs y en el Lexus alquilado. Ya hemos establecido la coincidencia con el del hombre al que abatió Nic anoche. Ambos son el mismo.

Mitzi se siente complacida.

—Así que ya tenemos al asesino de Tamara.

—Y —añade Carter— al de Édouard Broussard.

Tom da su aprobación.

—Sí. Aún hay que realizar una prueba más completa del ADN, pero en realidad no es más que una formalidad. Ahora fíjate en este segundo perfil.

—Extrae la transparencia de su carpeta—. Esta es la muestra que nos envió Nic desde Italia, corresponde al asesino del científico Mario Sacconi. —La coloca encima de la primera—. Son exactamente iguales.

—Y también coinciden las huellas dactilares —agrega Carter—. Tenemos unas parciales de la cinta aislante que utilizaron con la víctima de Italia, y son lo bastante válidas para obtener una coincidencia concluyente. Este individuo era un profesional. Un sicario profesional.

A continuación, Hix extrae otras tres transparencias.

—Pasemos ahora al caso del Sigiloso. Aquí, las cosas se ponen más interesantes todavía. ¿Sabes a quién pertenecen estas huellas genéticas?

—Ni idea.

—La primera es el perfil de ADN del Sigiloso en persona. La teníamos desde hace más de un año. La segunda procede de las muestras que nos facilitó John James ayer voluntariamente. La tercera es de raíces de cabellos encontrados en el cadáver de Emma Varley. —Va colocando cada una encima de la otra.

—Coinciden a la perfección —anuncia Carter—. Si logramos que el fiscal del distrito lo lleve a juicio, tenemos el caso de James abierto y cerrado.

Carter y Hix intercambian una mirada.

—¿Qué? —pregunta Mitzi—. Es una buena noticia, ¿no? Tenemos a dos asesinos distintos y dos perfiles de ADN distintos que los relacionan con los crímenes que han cometido. ¿Qué más podemos pedir?

—Enséñaselo —dice Carter.

El científico saca con cuidado una transparencia de una funda de plástico.

—Esto es ADN de la sangre que nos envió Nic diciéndonos que procedía de la Sábana Santa de Turín, tomada de las muestras que le dio Erica Craxi

dentro de un medallón de san Cristóbal.

Mitzi observa la transparencia. No es más que una masa de cuadrados en sombra, pero incluso ella es capaz de discernir que no es igual que las otras.

—¿Y qué? ¿Qué relación existe?

Hix aparta dos de las otras transparencias.

—La que queda a la izquierda pertenece al hombre al que disparó Nic. La de la derecha pertenece a John James, también conocido como el Sigiloso.

—Hace una pausa y deja que Carter y Mitzi las contemplen largo y tendido

—. El perfil que tengo en la mano es el ADN de la Sábana Santa. —

Deposita este encima de la transparencia de la izquierda, perteneciente al hombre al que mató Nic—. Como verás, existen similitudes. No hay coincidencias plenas en todas la columnas, sino tan solo coincidencias de familia. Parentescos lejanos, diluidos a lo largo de las generaciones, puede que a través de los siglos, pero coincidencias de todos modos. —La levanta y la coloca encima del segundo perfil, el que corresponde al Sigiloso—. Y

aquí también se aprecian coincidencias. No totales, pero de todas formas están presentes, y son otro indicio concluyente de que existe un parentesco lejano.

Mitzi no está segura de entenderlo bien.

—¿Quieres decir que el Sigiloso y el hombre al que disparó Nic son descendientes del mismo linaje que el individuo de la Sábana Santa?

—Eso es exactamente lo que quiero decir. —Hix coloca ambos perfiles uno encima del otro—. Aquí, en estos cuadrados, se ve perfectamente. Un parentesco lejano, una cadena genética que ha atravesado países y siglos.

—El gen criminal. —Carter deja escapar una risa burlona al pensar en ello

—. Esto es un regalo para todas esas buenas personas que están convencidas de que los cabrones que matan a sangre fría como el Sigiloso simplemente no pueden evitarlo. Oh, no, solo son pobres víctimas de un defecto genético que, de manera inevitable e ineludible, ha sido transmitido de padres a hijos. Simplemente, no pueden evitar sentir el impulso de matar.

—Levanta una papelera del suelo—. El argumento que teníamos para procesar a James se ha convertido en basura.

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