En su nombre
Capítulo 30
Walnut Park, Los Ángeles
Mitzi repite el mismo ritual todas las noches. Entra en el cuarto de las niñas y les apaga la luz. Y por lo general también el televisor, ya que se han dormido con él encendido aun cuando se les dice que no hagan tal cosa. Les da un beso, las arropa con el edredón, les da otro beso y después sale por la puerta sin hacer ruido acordándose de dejar esta abierta: lo suficiente para Amber pero no demasiado para Jade. A veces se pregunta si dos hijos varones habrían sido igual de quisquillosos.
Seguidamente hace uso del cuarto de baño integrado en su dormitorio, se enfunda un modesto camisón negro y se sienta ante un pequeño tocador provisto de un espejo pequeño, apenas del tamaño de un libro, para quitarse el poco maquillaje que lleva en la cara.
El golpe en la cabeza la arroja al suelo del dormitorio y la deja tumbada boca abajo sobre el mismo. La pilla totalmente por sorpresa, y eso que no ha sido totalmente inesperado.
—¿Crees que puedes tratarme como si fuera una mierda? ¿Como si fuera uno de esos vagos que trabajan contigo? —Alfie se agacha y le propina otra bofetada con la mano izquierda que le acierta en el oído y le provoca un concierto de campanas que le resuena por todo el dolorido cerebro—.
Debería arrearte una patada en ese culo barato que tienes, a ver si así aprendías a tenerme un poco de respeto.
Esta agresión es la manera que tiene de reaccionar su marido a la reprimenda que le ha echado ella hace una hora. Ha sido una bronca por no estar buscando un trabajo y por pasarse el día entero en casa sin hacer otra
cosa que beber cerveza. Alfie se saca el cinturón y empieza a azotarla con saña.
—Piensas que soy poco hombre, ¿verdad? —dice con la voz gangosa—.
Que no encuentre trabajo no quiere decir que ya no sea un hombre. —Dobla el cinturón por la mitad y esta vez, cuando golpea a su mujer, le deja un verdugón carmesí en el muslo.
Mitzi intenta levantarse, pero su marido arremete contra ella con el cinturón y la golpea con fuerza en los brazos y en las piernas, con una furia exacerbada por los gritos de dolor y por la visión de las marcas rojas que va causando. Por fin, Mitzi atina a coger el cinturón al vuelo. Alfie tira de él, Mitzi le sigue el movimiento y le propina una patada con el pie izquierdo en todo el tobillo. Alfie tira con más fuerza, y Mitzi le asesta un pisotón con el pie derecho en los genitales.
Alfie suelta el cinturón, retrocede con paso tambaleante y cae.
Ahora Mitzi está en pie y Alfie está en el suelo. No hay espacio para intentar una patada en la cabeza, ni hay forma de atizarle un puñetazo contundente en la cara sin que él la agarre después. Mitzi coge la silla en la que estaba sentada, le da la vuelta y le encaja la parte superior contra la tráquea.
Alfie aferra la madera de la silla. Mitzi advierte el miedo que se refleja en sus ojos; se apoya en la silla y observa cómo se le va congestionando la cara. Alfie lucha por respirar. Mitzi aprieta con más fuerza. Sabe lo que hace, sabe que dentro de un minuto podría acabar con todo, acabar con su marido.
Alfie patalea, se debate por vivir.
—¡Mamá!
Amber ha aparecido en la puerta y está viendo a su madre asfixiar a su padre. Mitzi suelta la silla como si esta estuviera electrificada.
—No pasa nada, cielo.
La expresión de su hija le dice que sí pasa, que ya nada volverá a ser lo mismo.
—Vamos. —Mitzi empuja a su hija en dirección al dormitorio—. Vuelve a la cama. Dentro de un minuto va mamá.
Alfie está todavía tumbado en el suelo. Se sujeta la garganta con las manos al tiempo que emite sonidos de ahogo, se esfuerza por respirar.
«Que se joda». Mitzi introduce la mano debajo de la cama y saca su Smith and Wesson reglamentaria. Examina el cargador, apunta a su marido y baja la vista hacia el cañón de la pistola.
—Si sabes lo que te conviene, recoge tus cosas y lárgate de aquí. Si entras en el cuarto de las niñas, o incluso si aún te encuentro aquí cuando salga yo, te vuelo la maldita tapa de los sesos.
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