En su nombre
Capítulo 57
Boyle Heights, Los Ángeles
—¿Kim? Eh, Kim, ¿estás ahí dentro? —llama Jenny Harrison al tiempo que intenta ver algo por la ranura para el correo del apartamento de Kim Bass.
A veces su amiga puede ser bastante idiota. Si se toma demasiadas pastillas o da con un tío medio decente, se pasa una eternidad sin dar señales de vida.
En Navidad se fue de juerga con un taxista y no volvió a aparecer hasta Año Nuevo.
Pero es raro en ella que no se presente a trabajar. En estos momentos, está sin blanca y necesita hasta el último céntimo.
—Kim, si estás ahí dentro, deja de jugar. Soy Jen, tengo que hablar contigo.
Harrison deja que se cierre la ranura del correo y aporrea la puerta con la mano. Maldita sea. Se pasa media vida persiguiendo a esta chica. Se aparta unos pasos y llama al móvil de su amiga. Este suena durante largo rato hasta que por fin salta el contestador.
—Muy bien, Kim, si no tienes huevos para llamarme, tu mejor amiga terminará siendo tu examiga. Hoy es jueves por la noche, y se suponía que íbamos a quedar con esos repartidores. Como no me llames, vas a ver.
Baja la escalera a la carrera, gira en el rellano y casi arroja al suelo a un anciano que intenta subir agarrándose al pasamanos.
—¡Joder! Señor Dobbs, casi me provoca usted un infarto.
Leroy Dobbs, un septuagenario ya calvo que vive en el apartamento contiguo al de Kim, pone la misma cara de sorpresa que Harrison. Muy
suyo, para ser tan viejo apenas da guerra. Las chicas incluso le gorronearon leche y café un domingo que llevaban una resaca tan impresionante que ni siquiera tenían fuerzas para bajar ellas mismas a comprarlos.
El anciano se lleva una mano a su huesudo pecho.
—El que debería maldecir soy yo. No debería usted bajar la escalera corriendo de esa forma.
—Perdone, señor D. Oiga, no habrá visto usted a Kim, ¿verdad? Hoy no ha venido a trabajar. ¿La ha oído usted trastear por casa?
El anciano pone cara de ofendido.
—Yo me ocupo de mis asuntos, no ando por ahí espiando, como algunas personas de esta casa. No la he visto.
—No digo que estuviera espiando. —Harrison señala con la cabeza escaleras arriba, hacia el apartamento—. Es que las paredes son muy finas y Kim dice que usted da golpes en ellas cuando está viendo la televisión en su dormitorio.
—Porque la pone demasiado alta. Puede que sea viejo, pero no estoy sordo.
—¿La ha oído últimamente?
—Anoche no. Anoche no oí ningún ruido de televisión.
Harrison recuerda que se despidió de su amiga en la puerta de su propia casa, y que en aquel momento Kim estaba bastante borracha. Estaban las dos. Y la muy loca, además, se había pasado fumando.
—¿Me permite pasar? —inquiere Dobbs dos peldaños más abajo, aferrado con sus frágiles dedos al pasamanos.
Harrison lo esquiva y termina de bajar los últimos peldaños. Una vez en la calle, prende un cigarrillo y se va a su casa andando. Ha debido de ocurrir algo malo. Lo nota en las entrañas.
Y para cuando llega a su propio porche, Jenny Harrison ya sabe con seguridad lo que es.
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