En su nombre
Capítulo 149
Comisaría de la calle Setenta y siete, Los Ángeles En toda investigación hay un punto en el que lo único que se puede hacer es esperar. Esperar pruebas. Esperar resultados. Esperar un golpe de suerte.
Pero esperar es algo que no se le da bien a Carter. Tamborilea con los dedos sobre la mesa y, mentalmente, repasa una vez más toda las actuaciones.
Mitzi ha mandado a varios agentes uniformados a la calle, a que averigüen a qué coche corresponden las llaves que han recuperado del sospechoso.
Tom Hix ha tomado muestras de Liberación y está realizando análisis de sangre y de ADN tanto a él como a la sábana en que llegó envuelto.
Libowicz está buscando huellas dactilares, aunque no es de esperar que el sistema informático consiga establecer ninguna coincidencia. Amis está pasando fotos del sospechoso, sacadas de las imágenes tomadas por la cámara de seguridad, por el programa de reconocimiento facial, a ver si Liberación figura en los archivos como delincuente ya conocido. También se ha enviado a varios agentes uniformados a recoger a Jenny Harrison, la amiga de Kim Bass, para ver si es capaz de identificar al sospechoso, y el doctor Jenkins acaba de finalizar el segundo examen médico y está a punto de entregar un informe oficial acerca del estado del preso.
Mitzi está tan impaciente como Carter. Ya son más de las doce del mediodía y tiene la sensación de que todos se han quedado atascados en el primer paso del proceso. Si fuera ella la que dirigiese el cotarro, estarían presionando al sospechoso a base de bien. Pero tiene que obligarse a sí misma a sentarse a su mesa y encender el ordenador.
Tiene una docena de correos nuevos en la bandeja de entrada, entre ellos la información que ha prometido enviarle Sarah.
¿Una nube? ¿Quién hubiera pensado que pudiera existir algo semejante?
Pega un enlace en el buscador y a continuación introduce el nombre de usuario y la contraseña que le ha proporcionado Kenny. No hay gran cosa que ver: un tablero de iconos de música, vídeos, fotografías y documentos.
Pincha en el último, y aparece una lista de archivos: PDF, Excel, Word, Keynote, Pages, Powerpoint, Numbers, Contacts y algo denominado Scriptmaster. Pincha en esto último y se abre una lista nueva de documentos: La era de los Rothschild, El duque y la corista y La Sábana Santa (versión definitiva).
Mitzi se pregunta si verdaderamente será esta la versión definitiva. Si fuera cualquier otro día, estaría más que deseosa de averiguarlo. Abre el documento.
LA SÁBANA SANTA
por Tamara Jacobs
VERSIÓN DEFINITIVA
Confidencial. No fotocopiar. Solo deben distribuirse copias firmadas al personal autorizado.
Mitzi examina por encima las primeras páginas. Parecen todas similares a lo que ya ha leído. Aburridas. En realidad, esta película no es de las que más le gustan a ella. Abre una función de búsqueda de palabras y prueba con la nueva ubicación que ha añadido Hix al rompecabezas, el Líbano. Se abre una página nueva, una que Mitzi no ha visto nunca.
BEIRUT, LÍBANO, 1176
EXTERIOR. Noche
Escena 49
Invierno. Montañas con cimas cubiertas de nieve, bosques de cedros del Líbano. (A medida que la cámara va penetrando en los bosques, el día se transforma en noche).
Se oyen a lo lejos unos himnos entonados por voces masculinas.
Se ve el resplandor parpadeante de unas antorchas a través de las contraventanas de un secreto monasterio maronita.
INTERIOR
Escena 50
Cesan los cánticos y se oyen voces masculinas que hablan en susurros. Dos monjes maronitas de pie, juntos. La cruz de gran tamaño y de color rojo
sangre que lleva cada uno cosida a la ropa, a la altura del pecho, distingue de manera inequívoca sus largos hábitos marrones. Son al mismo tiempo guerreros y hombres de Dios.
El primer monje se llama YUSEF. Es un veterano de la orden. Es corpulento y tiene treinta y tantos años. El segundo, JALIL, tiene quince años menos y es más alto y más delgado.
YUSEF: Acaba de llegar un mensaje de nuestro santo líder: ha llegado el momento de que recemos y preparemos a nuestros valientes caballeros para que salgan a cumplir su misión. Satanás ha realizado bien su labor. Ha otorgado las más negras de sus malévolas bendiciones al peor de todos sus vástagos: el monstruo de Salahuddin.
JALIL: El peor y el más feroz. Todo el mundo musulmán está agrupándose tras la espada ensangrentada de Salahuddin.
Se oye una campana. Es la llamada a la oración de la tarde. YUSEF y JALIL recorren los oscuros pasillos del monasterio. Al pasar, los van iluminando las antorchas de las paredes. Sus sombras se alargan de forma fantasmal en las losas del suelo.
YUSEF: Ese infiel musulmán se burla de Nuestro Señor Jesucristo. Genera una poderosa y falsa imagen de pacificador entre esas hordas de paganos.
JALIL: Ruego por su derrocamiento. Día y noche rezo con todo mi corazón y toda mi alma por que el grandioso ejército de los francos, al frente del
cual marchan los orgullosos templarios y los hospitalarios, prenda fuego a sus campamentos y haga que caiga sobre su pecadora alma la sombra de la Verdadera Cruz.
YUSEF: Me temo que eso no va a suceder. Y a juzgar por la misión que acaban de solicitarnos, lo mismo se teme el Santo Padre.
Atraviesan un patio interior en el que hay una estatua de san Marón en el centro de una fuente. El agua está salpicada de pétalos de flores y rodeada por un círculo de cirios alargados, encendidos. YUSEF hace un alto para hundir la mano en el agua y se santigua frente a la estatua de su santo patrón.
YUSEF: No temas, joven JALIL, no lucharemos solos. En todo momento nos acompañará el espíritu de Marón. Guiará nuestros ojos y nuestra espada.
Señala la pared de enfrente, en la que hay un crucifijo gigantesco y varios reclinatorios tallados en el duro enlosado.
YUSEF: Ha llegado el momento de desencadenar a los Caballeros de la Oscuridad, el momento de que impartan la ira de Dios.
Al otro lado de la fuente, los dos se santiguan de nuevo. A continuación se arrodillan el uno junto al otro y retiran unas pequeñas placas de hierro que estaban encajadas en la pared. El hedor que sale del interior de las estrechas celdas les provoca a los dos una mueca de asco.
YUSEF: Hermano, nuestro Santo Padre nos envía a buscarte.
La cámara hace lentamente un zoom por encima del hombro de YUSEF y hacia el oscuro interior de la celda. Durante unos segundos no se ve más que oscuridad. Gradualmente van apareciendo los ojos enrojecidos de un hombre que se hacen cada vez más grandes, hasta llenar todo el fotograma.
YUSEF (cont.): Hemos venido para retirar tus piedras y liberarte. Te ha llegado el momento de alzar la espada de Dios y dar muerte al mayor de sus enemigos.
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