En su nombre

Sam Christer · Capítulo 15 de 186

Páginas del PDF

En su nombre

Capítulo 15

Lunes

Culver City, California

Son las diez de la mañana y el sol de California brilla igual que en los tebeos: una bola que parece anunciar el fin del mundo, que irradia una potente energía anaranjada que ya empieza a abrasar a todos y a todo lo que hay debajo.

Nic está echando la bronca a Mitzi, el pajarito, mientras ambos se dirigen en coche al estudio cinematográfico en el que trabajaba Tamara Jacobs.

—No me hace falta ninguna casamentera. Resultó muy embarazoso que la doctora apareciese por allí de repente.

—No lo fue en absoluto. —Mitzi lo señala con la mano—. Eres un idiota.

Amy está soltera, y tú le gustas lo suficiente para que se tomara la molestia de cruzarse la ciudad solo por si acaso. Te toca la lotería, y en vez de ir a cobrar el premio vas y rompes el billete. Eres el memo más gilipollas que conozco.

—No deberías provocarme de ese modo.

Mitzi se vuelve hacia él y muestra lo decepcionada que está.

—Espabila de una vez, Nic. Amy Chang es una chica agradable, inteligente y muy guapa, y además está disponible. La conozco bien. Es una amiga, una persona maravillosa. Créeme, no hay muchas como ella.

—Oye… ya sé que es una chica agradable, pero, por favor, déjame en paz.

—Para cuando estés en paz, ya se te habrá pasado la edad de merecer y serás demasiado viejo para estar con alguien. Necesitas un buen empujón, y ahí es donde intervengo yo. Soy la que te empuja.

—Fuera del trabajo, no. —Nic está a punto de decirle que ella es la última persona que debería dar consejos acerca de las relaciones, pero se contiene.

La intención de Mitzi es buena, con independencia de lo que haga o lo que diga; sus sentimientos están siempre donde deben estar—. Tres semanas. —

Da una palmada en el salpicadero del coche—. Se me está haciendo lentísimo. Dentro de tres semanas, seré un ciudadano común y corriente.

—Gracias. —Mitzi se lo toma como algo personal—. Yo también voy a echarte de menos.

Le apetecería presionarlo un poco más, decirle que es un cabrón desagradecido, pero ya han llegado a destino, Anteronus Films Inc. Se quita las gafas y enseña la placa al guarda de la entrada. Este levanta la barrera de seguridad, un poste pintado a franjas blancas y rojas, y les franquea el paso.

Los dos policías aparcan y se ponen a esperar bajo un sol de justicia, pensando en lo mucho que necesitan que finalice pronto un caso que ya está amenazando con transformarse en una investigación de primer orden.

Su concentración se interrumpe cuando ven aparecer a un guarda de seguridad de uniforme. Este los invita a subir a un vehículo eléctrico color crema que los traslada hasta un edificio de ladrillos rojos rodeado por un césped inmaculado.

Un reluciente ascensor de caja metálica y espejos impecables los deposita sobre la lujosa moqueta azul de la planta ejecutiva, donde los hacen traspasar unas puertas dobles de nogal tallado a mano para llegar a la presencia del presidente de la empresa.

Brandon Nolan es un ejecutivo de sesenta y tantos años que hace treinta se labró la fama de ser un agente agresivo y un brillante financiero del mundo cinematográfico. Con su estatura de apenas un metro setenta y cinco, es uno de los nombres más importantes de la Ciudad del Oropel. Los medios de comunicación insisten mucho en el detalle de que nunca sale con mujeres

que tengan más de la mitad de años que él o le saquen menos de doce centímetros de altura.

—Detectives, pasen y siéntense. ¿En qué puedo ayudarles?

—Señor Nolan, una de sus guionistas ha aparecido muerta en Manhattan Beach. —Mitzi lamenta llevar los dedos vendados en el momento de sacar una fotografía que tomaron en la casa de la víctima—. Tamara Jacobs.

Nolan toma asiento detrás de un escritorio gigantesco, junta las manos y observa la foto con gesto pensativo.

—No la conocía.

Mitzi enarca una ceja.

—¿Cómo es posible?

—Hacemos quince películas al año, puede que veinte. Conozco a todos los directores, y también a todas las estrellas; pero ¿a los guionistas? A esos solo los conocen los del departamento de contabilidad. —Apoya una mano en el teléfono—. ¿Les han ofrecido café?

—Estamos bien así. —Mitzi ya se ha percatado de que a este tipo no le importa otra cosa que el balance de cuentas—. En un artículo que hemos visto dice que estaba trabajando en una película titulada El sudario. ¿De qué trata?

—Ah, vale, conque esa es de ella. —Nolan vuelve a dejar el teléfono en su sitio—. Es un thriller religioso que gira en torno a la Sábana Santa de Turín.

Nic se muestra súbitamente interesado.

—¿Cuál es el argumento?

Nolan sonríe.

—Compre una entrada y un cubo de palomitas, y lo sabrá.

—No es muy probable que haga tal cosa. ¿Terminarán la película de todos modos, aunque sea sin Jacobs?

—Desde luego. Hay guionistas a patadas. La terminarán.

—¿Tamara tenía un despacho aquí? —inquiere Mitzi—. ¿Alguna mesa en la que trabajaba, algún sitio en el que guardaba apuntes, diarios, esa clase de cosas?

Nolan se rasca una ceja.

—No lo sé. Voy a pedir a alguien de Recursos Humanos que hable con ustedes.

—Es que en su casa no había ningún ordenador —interviene Nic—. Y

supongo que un guionista ha de tener un portátil o una tableta, o algo parecido.

Nolan asiente con la cabeza.

—Eso cabría esperar. ¿Algo más?

—Quisiéramos una copia del guion que escribió Jacobs —dice Mitzi—. Y

también copias de cualquier parte de la película que ya se haya rodado.

—¿Es realmente necesario?

—No lo sabré hasta que lo haya visto. A lo peor resulta una pérdida de tiempo total, pero a lo mejor nos permite dar un importante paso adelante.

Por favor, ordene que me faciliten esas copias.

Nolan exhala un suspiro de contrariedad.

—Muy bien.

—Ah, y los compañeros de trabajo —agrega Mitzi, como si estuviera haciendo de memoria la lista de la compra—. Necesitamos entrevistar a los compañeros de trabajo que tenía. Imagino que al director y al reparto completo.

Nolan hace una mueca de disgusto.

—¿Puedo tener la esperanza de que todo eso lo hagan ustedes de manera discreta y en los ratos libres de los empleados? ¿Después de la jornada de trabajo, quizá, para no alterar el curso de la película?

Mitzi sonríe.

—Cómo no. La esperanza es lo último que se pierde.

OceanofPDF.com