En su nombre
Capítulo 60
De pequeño, Efrem aprendió a guardar silencio. Los monjes le pegaban en el dorso de las manos si lo oían siquiera respirar durante las clases. Lo educaron en el bello arte de escuchar: concentrarse primero en lo que han dicho las otras personas y solo entonces responder.
Cuando se acercaba a la edad adulta le enseñaron a conocer el dolor. A soportarlo. A desconectar todo pensamiento mientras el hierro candente, al rojo vivo, le quemaba la piel. Y también le instruyeron en el arte de infligir dolor. De utilizarlo como instrumento. De utilizar la amenaza del sufrimiento físico para hacer la obra de Dios.
Siendo ya hombre, aprendió a ser transparente. A caminar entre los ignorantes como si fuera uno de ellos. A mirarlos y sonreírles de una forma que no llame la atención, genere afecto ni deje ningún tipo de recuerdo.
Aprendió el arte de ser olvidable al instante.
Todos esos años de formación y disciplina afloran en Efrem mientras estaciona el coche alquilado como a un kilómetro de donde le han dicho que estará el objetivo. Con el cuello del abrigo levantado para protegerse del viento y de los chubascos, echa a andar por la carretera cabizbajo, seguro de que los conductores que pasan raudos por su lado a la hora punta del tráfico jamás van a acordarse de él.
El monje está haciendo lo que mejor sabe hacer. Está convirtiéndose en un juego de manos. Un efecto de ilusionismo. Un individuo al que nadie ha visto nunca.
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