En su nombre

Sam Christer · Capítulo 44 de 186

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En su nombre

Capítulo 44

Walnut Park, Los Ángeles

Mitzi deja el bolso y la chaqueta en el vestíbulo. Se dice a sí misma que ha de conservar la calma, pero su corazón está intentando abrirle un agujero en la caja torácica.

Va hasta la salita y mira a sus hijas. Jade da una explicación antes de que su madre pregunte nada:

—Le he dejado entrar yo. —Ve la furia de su madre y agrega—: Sigue siendo mi padre.

Amber se aparta un poco de su padre y de su hermana, quiere estar cerca de su madre por si la cosa explota.

Mitzi mira a su marido con cara de pocos amigos. Le cuesta creer que sea el hombre al que ha dado dieciocho años de su vida, el hombre con el que creía que deseaba pasar hasta el último segundo de su existencia.

—Nos comemos eso y después te vas.

—Tenemos que hablar, Mitzi. Ya lo sabes. —Lo dice como si él fuera el inteligente, el razonable, el que les está mostrando el camino seguro que deben seguir para atravesar el peligroso territorio que tienen por delante.

Coge el cubo de comida y propone—: ¿Qué tal si traes unos platos y yo reparto estas delicias?

Mitzi siente cómo le sube la cólera. ¿Cómo se atreve a volver a casa como si tal cosa, como si lo de anoche no hubiera sucedido, como si no fuera nada fuera de lo común?

—Ya los traigo yo. —Jade se levanta de un brinco y se va hacia la cocina.

Sabe que su madre está a punto de estallar.

—Ya tenemos todo hablado, Alfie. He contratado a un abogado y voy a divorciarme de ti. —Lo dice con fría determinación, pero a mitad de camino siente una punzada de remordimiento, una aguda tristeza al comprender que su sueño de amor se ha transformado en una pesadilla.

—No, Mitzi, por favor —dice Alfie en tono suave y razonable—. Ya sé que lo he estropeado yo. Estropeo muchas cosas. Pero tú sabes que te quiero. Os quiero a ti y a las niñas más que a nada en el mundo. —Se levanta de la silla y da la vuelta a la mesa para acercarse a Mitzi.

—¡No! —Lo frena ella alzando una mano—. Ni se te ocurra acercarte a mí, Alfie.

Alfie se detiene junto a la silla, perdido, sin saber cómo reaccionar.

Mitzi desvía los ojos. Su mirada se posa un momento en Jade, que está de pie en la puerta de la cocina a punto de echarse a llorar, y seguidamente en Amber, que está a su lado agarrada de su mano y temblando de miedo.

—Vuelve a sentarte, Alfie. Siéntate o márchate. —Le cuesta trabajo respirar al hablar.

Alfie se queda donde está. Todavía abrigando la esperanza de que se cierre la brecha que los separa a ambos.

—Te estoy pidiendo que me perdones. Que me des otra oportunidad de arreglar las cosas, de lograr que volvamos a ser una familia.

Ha estado bebiendo. Al principio no se ha dado cuenta, pero ahora le está llegando el olor: rancio, a levadura. Cuando Alfie bebe, puede suceder cualquier cosa. De repente deja de actuar con torpeza, como una esposa y madre asustada, y empieza a pensar como un policía. Alfie podría ponerse violento. Las niñas podrían resultar heridas. Física y mentalmente.

Tiene que asumir el control. Le sonríe a su hija y le dice:

—Venga, Jade, no te quedes ahí de pie. Trae los platos de una vez, que nos estamos muriendo de hambre. —Luego levanta la vista hacia su marido e intenta dar la impresión de ceder—: Pues claro que hablaremos, Alfie, pero primero cenamos, ¿de acuerdo? Hoy he tenido un día muy duro y las niñas están cansadas y tienen hambre. Siéntate. Por favor.

Alfie permanece quieto unos instantes y después regresa a su asiento, el sitio que suele ocupar a la mesa.

—¿Alguien quiere algo de beber? —Mitzi mira a su marido, que pronto será su exmarido—. ¿Has traído algún refresco?

Alfie niega con la cabeza.

—No.

Mitzi pone los ojos en blanco.

—Ya me lo imaginaba. Voy a traer alguno. ¿Qué quieres tú, Amber?

—Coca.

—¿Coca qué?

—Coca, por favor, mamá.

—Así está mejor. —Echa a andar hacia la cocina—. Y tú, Alfie, ¿quieres coca o cerveza?

—Cerveza —responde Alfie en un tono tan acre como su aliento.

Mitzi saca unas latas del frigorífico al tiempo que Jade regresa a la mesa llevando cuatro platos blancos. Antes había seis, pero Alfie rompió dos, además de otra docena de cacharros, una noche en que perdió los estribos.

Deposita las bebidas sobre la mesa y pregunta:

—Niñas, ¿os habéis lavado las manos? —La cara que ponen le confirma que no—. Ya lo suponía. Id a lavaros. —A continuación empuja el cubo de KFC hacia su marido y le dice—: Sirve los platos, ¿quieres?

—Claro.

—Yo también tengo que lavarme. —Le muestra las palmas de las manos y sale al pasillo—. Venga, niñas, daos prisa, que se enfría el pollo.

Lo dice alzando la voz lo suficiente para que la oiga Alfie, lo suficiente para disimular el hecho de que ya está marcando el número de la policía en su teléfono móvil.

A la mierda la humillación. Piensa enchironar de una vez por todas a ese inútil hijo de puta.

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