En su nombre
Capítulo 115
Walnut Park, Los Ángeles
El viejo autobús escolar de color verde emprende la marcha, y Mitzi se queda en la acera contemplando las luces traseras, sintiéndose violenta y despidiéndose con la mano de sus dos hijas. De improviso recibe la llamada de Carter para comunicarle que tienen un cadáver reciente.
Debe de ser vidente. Dijo que ya tocaba que el Sigiloso actuara de nuevo, que podía volver a matar en cualquier momento, y hete aquí que a las veinticuatro horas de decirlo demuestra que estaba en lo cierto. No le extraña que lo llamen el mago. Arranca su viejo coche y parte en dirección a Boyle Heights procurando no pensar más en Alfie ni en las niñas. Todavía la obsesionan las preocupaciones acerca de sus hijas y el estallido emocional que tuvo lugar en el restaurante italiano. Lo único que espera es que Jade se olvide de todo durante un rato mientras está en las pistas de esquí. La pobre lleva dentro tanto dolor y tanta rabia, que el solo hecho de pensar en ello ya resulta insoportable. Siempre fue la niña de papá, y siempre lo será, y superar eso va a suponer un duro esfuerzo para todos.
Mitzi duda en permitir que Jade vaya a ver a su padre. Hasta ahora, ha sido algo que ha descartado de plano. La mera idea de que su hija cruce las puertas de una cárcel ya le revuelve el estómago. Pero a lo mejor debería aceptarlo. Si eso es lo que quiere Jade de verdad, y si Alfie da su consentimiento, ella tendrá que apoyarla y acompañarla.
Poco a poco, la teniente va sacudiéndose los fantasmas de los horrores personales y empieza a pensar en su trabajo. Carter no parece tan desagradable como lo pintan. No es que sea un tipo divertido, eso está claro, pero no puede haber duda de que es muy profesional. Hay una cosa
que tiene clara: se alegra enormemente de no ser ella la agente encargada del caso del Sigiloso. A juzgar por lo que ha leído en los expedientes, ese tipejo es un psicópata de primera clase. Un individuo cien por cien sociópata al que el mundo le importa un comino.
Descubre el monovolumen de Amy aparcado junto al viejo bloque de apartamentos de estuco. Resultará agradable ver a su amiga, aunque las circunstancias no sean las más adecuadas.
Muestra su identificación y le franquean el paso. Cuando llega a la escalera, se enfunda el mono de Tyvek y los protectores para los pies y se dirige a la planta de arriba.
—Mitzi Fallon —se presenta sosteniendo en alto su placa al tiempo que entra en la vivienda—. ¿Alguien sabe dónde está Carter?
Una joven de la policía científica levanta la vista del sofá del que está recogiendo cabellos sueltos con unas pinzas.
—En el dormitorio del fondo, con la forense.
—Entendido.
Carter y Amy se encuentran en el rincón más alejado, cerca de la cabeza del cadáver.
—¿Tiene pensado jugar esta semana a la lotería, detective? Espero que no, teniendo en cuenta la capacidad que tiene para adivinar el futuro.
Carter casi sonríe.
—Mujer, treinta y dos años, nombre Kim Bass. Era inquilina de la casa, lo sabemos por las fotos y los documentos que hemos encontrado. Vivía aquí desde hace casi dos años. Lleva un par de días muerta. La doctora Chang está a punto de darnos más detalles.
—Hola, Mitz —saluda Amy con una expresión de cariño sincero—. Esta mujer murió estrangulada a causa de una ligadura. Ven aquí y míralo tú misma.
Mitzi rodea la cama y mira en la dirección que indican los dedos de su amiga, hacia la cara hinchada del cadáver.
—Fíjate en las marcas del cuello. Se distinguen cuatro líneas de cinco centímetros de ancho. Yo diría que las ha causado el cinturón de piel de un pantalón de vestir, en vez de la típica correa gruesa que se suele usar con los vaqueros. —Amy levanta las manos como si estuviera sosteniendo los extremos del cinturón—. El asesino estaba de pie detrás de ella, le enrolló el cinturón alrededor del cuello, así, y después cruzó las manos para hacer más fuerza mientras la asfixiaba. —Deja de gesticular—. Ahora observa el cuello de Kim.
Mitzi se inclina.
—¿Ves esas marcas adicionales que hay en la tráquea y alrededor de ella?
Las han hecho unos dedos y unos nudillos.
—Estoy dispuesto a apostar a que el asesino le dio la vuelta y la remató con la mano —tercia Carter—. Piel con piel.
Mitzi visualiza la escena.
—Quería verla morir.
—Y no solo eso. Además quería sentirla morir —puntualiza Carter señalando el cadáver—. Al principio yo no tenía seguro que fuera nuestro hombre, pero este final cara a cara está claro que es obra suya.
—¿Y no hay mortaja? —inquiere Mitzi.
Carter asiente.
—Estaba envuelta de la cabeza a los pies. No hay duda, ha vuelto El Sigiloso.
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