En su nombre
Capítulo 129
Édouard Broussard pulsa el timbre del panel, y al momento comienzan a abrirse las verjas de hierro de la parte posterior de la villa. Casi sin hacer ruido, saca el BMW 7 de color negro por el camino para coches y sale a la calle lateral.
Nic va sentado en la parte de atrás, con la cabeza agachada y la pistola justo por debajo del borde de la ventanilla. Ursula utiliza el teléfono del coche para hacer varias llamadas mientras su marido enfila hacia la Promenade. A su izquierda rompen las olas, blancas y ruidosas. Por su derecha van pasando lujosos hoteles. Nic va escrutando el tráfico por todos lados. Para cubrir la parte trasera y los costados, se sirve del espejo retrovisor de dentro y de los espejos exteriores.
—¿Cuánto tardaremos en llegar? —inquiere.
—Diez minutos, no más —responde Ursula inclinándose entre los dos asientos delanteros.
—¡No me mire! —exclama Nic—. Vuélvase. Recuerde que en el coche van solo usted y su marido.
—Pardon —dice ella, sobresaltada por semejante falta de modales.
A Nic eso le trae sin cuidado. A quienquiera que secuestró a Roberto Craxi, que era un antiguo agente especial, no le conviene tener ninguna ventaja frente a un matrimonio de clase media y un policía cansado por el desfase horario.
El coche aminora al tropezarse con un largo embotellamiento causado por un camión enorme que está cruzando ambos carriles. Los conductores que tienen alrededor se esfuerzan por continuar, y comienzan a atronar con las bocinas.
Nic se pone cada vez más tenso. Los atascos son mala cosa. Van a convertirse en un blanco fácil. El vehículo que llevan delante se para del todo, y Édouard se ve obligado a detener el enorme BMW. Nic ve por el espejo retrovisor una motocicleta que se acerca; viene zigzagueando por entre los coches parados, buscando huecos. El motorista va vestido todo de cuero negro y lleva un casco integral. El disfraz perfecto para un asesino.
Nic se echa sobre el asiento trasero, se afianza contra la puerta y agarra la pistola con las dos manos.
La motocicleta culebrea entre los coches. Llega a la altura de la ventanilla trasera del costado derecho. Nic apunta la Beretta hacia el casco. Las ventanillas del BMW están tintadas de oscuro, por lo que calcula que el motorista no le estará viendo. La moto avanza otro poco. El motor ruge. Nic tensa los dedos sobre el gatillo. El motorista llega a la altura de Ursula Broussard.
Nic cambia de postura y toma puntería por encima del hombro de Ursula.
No merece la pena apuntar al casco del motorista, que es de Kevlar. Va a tener que ser al cuello o al cuerpo. De repente se oye un rugido. La moto tuerce a la derecha. Nic se inclina hacia la izquierda y cambia los brazos al otro lado. Se ha ido. La moto sale como un rayo. Tan solo queda el ruido, un estruendo en tono grave que confirma la explosión de la gasolina y de los humos del tubo de escape, y que se va perdiendo por un estrecho hueco que había entre el tráfico. Nada más.
El motorista solo pretendía fisgonear. Simplemente quería echar un vistazo al interior de un sedán de la gama alta para ver cómo era y qué clase de persona podía permitirse un coche así, que cuesta más de cien mil euros.
Nic respira con más facilidad cuando el embotellamiento se disipa y descubren los indicadores del aeropuerto Côte D’Azur.
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