En su nombre

Sam Christer · Capítulo 183 de 186

Páginas del PDF

En su nombre

Capítulo 183

Roma

A Andreas Pathykos no le supone ningún problema hacerse con la llave de la antecámara del pontífice. El Santo Padre lleva mucho rato durmiendo, y los guardas que vigilan su puerta están acostumbrados a dejar pasar a ese anciano griego a altas horas para que deposite documentos y lleve a cabo recados.

Al penetrar en la habitación en penumbra, su cerebro se inunda de una inquietante mezcla de ciencia, religión e historia. A lo largo de los siglos, la Iglesia viene venerando objetos que afirmaban ser la corona de espinas y la lanza que perforó el costado de Cristo. En cambio ninguno de ellos ha ofrecido nunca muestras que los científicos puedan atestiguar de manera fiable que se trata de sangre, la sangre de un hombre, la sangre de Jesucristo, el hijo de Dios.

Hasta la Sábana Santa de Turín ha rehusado ofrecer pruebas biológicas de vida… es decir, hasta que se robó una muestra y se analizó empleando métodos más avanzados de los que jamás ha utilizado el Vaticano. Y ahora es posible establecer una comparación. La ciencia puede servirse de sus modernos recursos para aplastar las creencias y la bondad de la fe cristiana.

Peor todavía: puede reabrir las antiguas historias de Saladino y reavivar a los grupos musulmanes.

Pathykos no puede permitir que suceda tal cosa. Si los policías de Estados Unidos se empeñan en desafiar las presiones políticas y dar a conocer el ADN sustraído, no han de tener nada con que comparar este. El asesor de más confianza del pontífice, que también es su amigo más antiguo, se introduce en la alcoba del Santo Padre. La estancia está fresca y huele a

lavanda. Avanza con cuidado hacia la enorme cama que aloja al representante de Dios en la tierra. A menos de cuarenta centímetros de donde duerme el pontífice se encuentra un pequeño cofre chapado en plata, y dentro de este una astilla de madera que contiene la gota de sangre más preciada del mundo.

La sangre de Cristo. Tomada de la Verdadera Cruz. Preservada y protegida por caballeros santos antes de que el guerrero Saladino se apoderase de la Vera Cruz en la batalla de Hattin.

Pathykos siente que el corazón le late tan deprisa que teme desmayarse antes de lograr salir de esos aposentos. Cada paso que da alejándose de la cama del Papa le lleva una eternidad. Cada metro que consigue avanzar le provoca un dolor insoportable. ¿Fue esto mismo lo que sintió Judas en el momento de la traición? Por fin regresa a su propia cámara con lágrimas en los ojos. Cierra con llave y observa por la ventana la Ciudad Eterna. No tardará en rayar el alba. Por encima de los tejados se oirán las campanas de las iglesias, y los fieles acudirán a la oración matinal.

Pero él no se encontrará entre ellos.

En la chimenea aún arde el fuego. Él ha pasado muchas horas ahí sentado, contemplando su vida y sus creencias, con la vista fija en las llamas y sintiéndose confortado por el efímero calor que desprenden.

Coge un atizador y remueve las ascuas, y a continuación se sirve de él para abrir el cofre. Se mancha las manos de hollín al arrodillarse y colocar, con suma delicadeza, el fragmento de madera sagrada sobre las llamas.

Tarda un segundo en prenderse fuego. La madera seca desprende una llama muy brillante y emite un nítido chisporroteo. Pathykos siente una punzada en el corazón. A continuación, extiende las manos encima del fuego y permite que las llamas le abrasen la piel. Cuando también se le incendian las mangas, inclina la cabeza hacia el estallido de luz anaranjada. Las últimas palabras que acierta a articular antes de que el fuego lo engulla son estas:

—Perdóname, Padre, porque he pecado.

OceanofPDF.com