En su nombre
Capítulo 80
Turín
Son las nueve de la noche cuando Nic recibe por fin la llamada telefónica que lleva esperando todo el día.
—¿Está solo? —La voz es masculina e italiana. Una voz que ha oído en una sola ocasión.
—Estoy con una televisión que no funciona muy bien. —Deja caer el mando a distancia encima de la colcha y se sienta en el borde de la cama.
—Salga del hotel y cruce la calle. Al llegar a la esquina gire a la izquierda y verá un Fiat Bravo. Voy a dejar los intermitentes encendidos.
Nic se apresura a introducir sus pies hinchados en los zapatos. Estos parecen haber encogido desde que se los ha quitado.
—¿Tiene alguna noticia buena?
—Tengo noticias.
Y acto seguido se corta la comunicación.
Nic bloquea el teléfono, se anuda los cordones, se levanta y coge la cazadora y las llaves.
Cuando abandona el calor sofocante del viejo hotel para salir al frío de la noche de noviembre, ya ha oscurecido y está lloviendo suavemente. Lo que cae es una fina llovizna, de esas que en realidad no se ven pero se sienten todo el tiempo, una niebla helada que lo empapa a uno subrepticiamente y
le roba todo el calor corporal. Nada más doblar la esquina y dar un par de pasos, ve el Fiat aparcado en la calle.
No conoce personalmente a Fabio Goria, pero se lo han recomendado vivamente. Trabaja para una prominente empresa de investigaciones privadas y ha venido por cortesía de un amigo que tiene Nic en el FBI.
Se sube al Fiat Bravo, cierra la portezuela y tiende la mano al investigador privado.
—Nic Karakandez, encantado de conocerle.
—Fabio.
Goria es un tipo de voz rasposa, sin afeitar, treinta y tantos años, hombros anchos. Y huele a tabaco.
—Bueno, ¿y qué es lo que tiene?
Las luces de los coches que pasan iluminan el rostro regordete del investigador, que habla fijando sus ojos azules y semicerrados alternativamente en el parabrisas o en el espejo retrovisor.
—Me pidió que le encontrara a Roberto Craxi y que le siguiera la pista hasta que usted viniera a Torino. Y eso es lo que he hecho.
Nic está más impresionado de lo que desea reconocer.
—¿Dónde está?
Goria no contesta inmediatamente. Aparta la mirada del retrovisor y la posa en los ojos del detective. Necesita poder fiarse de él. Hay cosas que necesita saber, cosas de las que ha de estar seguro, antes de decirle nada.
—He hablado con el agente especial Burge. Me ha dicho que usted es un buen policía, por eso le estoy ayudando. Pero antes de que hablemos de Craxi y del lugar en que está escondido, dígame lo que sabe usted de él.
«Escondido». Esta palabra logra que a Nic se le acelere el corazón.
—No sé gran cosa. Que es italiano y que ha estado recibiendo considerables cantidades de dinero de una víctima de asesinato de Los Ángeles. Ah, y que los Carabinieri no han podido dar con él.
La sonrisa que esboza Goria resulta apenas visible a la tenue luz.
—Craxi trabajó para los Carabinieri hasta hace pocos años.
—¿Cómo?
—Formaba parte del Raggruppamento Operativo Speciale, el ROS. ¿Sabe lo que es?
—¿Un grupo destinado a operaciones especiales?
—Exacto. Una de sus principales bases se encuentra aquí, en Turín. Es el brazo de los Carabinieri que se ocupa del crimen organizado y del terrorismo. Depende directamente del mando general de los Carabinieri. No se sabe gran cosa de él.
Nic empieza a juntar las piezas del rompecabezas, y la imagen que va saliendo no le gusta nada. En ninguna de las llamadas que hizo desde Los Ángeles ni en ninguna de las reuniones que ha tenido hoy han mencionado sus contactos de los Carabinieri que Craxi hubiera sido uno de los suyos, y mucho menos un operativo especial.
Goria le nota lo que está pensando.
—Su bonita teniente no le está siendo de gran ayuda, ¿verdad?
—No —contesta Nic—, y ahora sé por qué.
El italiano prende un cigarrillo y baja la ventanilla un par de centímetros para expulsar una nube de humo gris azulado.
—Craxi no solo era un ROS, sino también un’ombra, una sombra. Formaba parte de un equipo de operaciones encubiertas.
—¿Quiere decir que puede ser que la teniente no supiera que Craxi estaba en su mismo cuerpo?
—Es posible. Los Carabinieri son una organización muy extensa que desempeña funciones tanto militares como policiales. En ocasiones ambas se solapan, y cuando les conviene son totalmente independientes. Lo sabrán los ejecutivos. Probablemente imaginan que usted ha venido para quedarse dos o tres días como mucho, y que después volverá a Los Ángeles, así que le han asignado a una persona que le lleve un poco de acá para allá y le deje frustrado.
—Y efectivamente lo están consiguiendo.
Goria sujeta el cigarrillo entre los labios y rebusca en el interior de su chaqueta.
—Eche un vistazo a esto.
Le entrega varias fotografías tomadas con teleobjetivo de un hombre vestido con una gabardina que cruza la calle.
—Es Dino di Rossi, el sacristán de la catedral. Ya lo he visto.
—Ya sé que lo ha visto. Estas fotos las hemos hecho justo después. Un miembro de mi equipo ha estado siguiéndolo durante todo el día. —
Recupera sus fotos y agrega—: Pero este hombre al que usted ha visto no es el sacristán del Duomo.
—Y entonces, ¿quién es?
—Se apellida Pausini. También pertenece al ROS, es un especialista encubierto. ¿A que es bueno?
—Desde luego que sí.
—No conozco todos los detalles de su caso, Nic, pero sí que sé un poco del ROS. No le conviene molestar a esa gente, está entrenada para matar. Si están implicados en su investigación, le aconsejo que lo deje. Vuélvase a América. Burge me ha dicho que le gusta navegar. Pues bien, debería
dedicarse a eso. Vuelva a casa y súbase a un barco que lo aleje todo lo posible de todo esto.
Nic hace un gesto de negación con la cabeza.
—No puedo hacer eso. Por más que me apetezca. Se ha cometido un asesinato y…
—Y se cometerán más, si no se marcha.
Esta frase queda flotando en el aire, tan desagradable como la nube de humo que lo rodea.
—Yo solo puedo ayudarlo hasta aquí, Nic. Solo hasta aquí, y luego desapareceré. ¿Entendido?
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