En su nombre
Capítulo 1
Y José compró una sábana, lo bajó de la cruz, lo envolvió en la sábana y lo depositó en un sepulcro que estaba excavado en la roca.
MARCOS 15, 46
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1
Miércoles por la tarde
Beverly Hills, Los Ángeles
Las razones por las que asesina son muchas. Precisamente en este momento está a punto de matar otra vez.
Es una necesidad. Un impulso irrefrenable. Un ansia, una compulsión que no le deja en paz. Igual que el sexo. Cuando no lo está practicando, está pensando en ello. Fantaseando, planificando, ensayando. Para él, matar es algo tan necesario e inevitable como respirar, solo que más placentero, más memorable.
Esta vez va a ser fácil. Perfecto. El mejor hasta la fecha. Es lo que sucede siempre con aquellos a los que aún no ha matado. Porque así es como los denomina. No los llama «personas vivas», ni tampoco «la siguiente víctima», sino «los que aún no he matado».
Un vecindario tranquilo. Una mujer que vive sola, que ni siquiera se ha percatado de que mientras estaba ocupada en su jardincito trasero, él se ha colado en su casa y en su vida.
Lleva horas esperando ahí tumbado, sin que nadie advierta su presencia, igual que un perro en su escondite favorito, atento a todos los ruidos que va haciendo ella por la casa mientras anochece, imaginando cada uno de sus movimientos.
Se oye un leve tintineo metálico: ha acabado de cenar y está recogiendo la cocina.
Luego, un golpe sordo: ha cerrado el lavavajillas.
Ruido de diversos objetos: hielo del dispensador que tiene el enorme frigorífico situado junto a la puerta de la cocina. Un vaso de agua que llevarse a la cama.
Una serie de chasquidos: está encendiendo luces y cerrando puertas.
Después, unas pisadas que suben a la planta superior. Cansadas, desesperadas por acostarse en esa cama grande y blanda, y dormir.
Otro chasquido, suave esta vez. La lamparilla de noche baña el enorme dormitorio con un resplandor ambarino.
Agua que corre. Una ducha caliente, agradable. Para entrar en calor y meterse limpita en la cama. Para recibir a la muerte.
Aguarda. Va descontando los segundos y los minutos. Setecientos veinte segundos. Doce largos minutos. Después se oye el zumbido de un secador.
Es mejor no acostarse con el pelo mojado, no es bueno para la salud. El murmullo de la televisión. Música. Una película. Las noticias. Cambia una y otra vez de canal, busca algo que la distraiga de los rigores de la jornada.
Un programa de entrevistas. Conan. House.
Un crujido. Es la estática que crepita en la pantalla de plasma.
Silencio.
Un último chasquido. La lamparilla.
Oscuridad.
Permanece ahí tumbado. Debajo de la cama. Saboreando el eco de los últimos sonidos, que ha quedado suspendido en el aire, igual que una hostia consagrada que va disolviéndose en la lengua.
No tarda en oír el susurro de una respiración, unos levísimos suspiros que se elevan semejantes al suave resplandor que irrumpe en el cielo al amanecer. El sueño la va preparando dulcemente para Dios y para él. Sale
de su refugio. Despacio. Elegante. Cuidadoso. Un animal letal emergiendo de su escondrijo para dejarse ver en plena naturaleza. Estrechando el cerco alrededor de su presa. Temblando de emoción.
Le pone una mano en la garganta y la otra en la boca. Ella abre los ojos, sorprendida. Él le ofrece una sonrisa y susurra:
—Dominus vobiscum, el Señor esté contigo.
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