En su nombre

Sam Christer · Capítulo 20 de 186

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En su nombre

Capítulo 20

Gardena, Los Ángeles

Apartándose de la lentitud del tráfico de la hora punta, el jefe de Emma toma la autopista Harbor en dirección sur, hasta el cruce de Gardena, y a continuación enfila el ramal del oeste, hacia Artesia Boulevard. Ninguno de los dos dice gran cosa. Principalmente van escuchando las emisoras de radio que él no deja de cambiar constantemente.

De pronto Emma decide romper uno de esos incómodos silencios.

—¿Le gusta escuchar las emisoras de noticias y debates?

—A veces. Está bien saber lo que está ocurriendo en el mundo.

—Cosas desagradables. Es de lo único de lo que informan en las noticias.

El jefe está a punto de discutirle ese punto, pero en lugar de ello vuelve a pulsar el botón de búsqueda de emisoras. La radio se detiene en mitad de una charla.

—KKLA 99.5. Es una emisora cristiana —comenta Emma en tono jocoso

—. Yo me la encuentro a veces. Le va a parecer gracioso, pero cuando me la encuentro por la noche, la dejo puesta. Resulta agradable oír a la gente hablar sin agresividad, en lugar de gritar y decir tacos sin parar.

—¿Te gusta la emisora porque sí o además porque eres cristiana?

—No estoy muy segura de cómo contestar a eso. —Emma lo mira con expresión interrogativa—. Supongo que sí lo soy. A ver, dado que no soy musulmana ni judía, imagino que debo de ser cristiana. —Señala a través

del parabrisas—. Tiene que doblar aquí a la derecha, justo después del almacén que hay en la esquina.

El jefe pone el intermitente y gira para enfilar la avenida South Normandie.

—Puede dejarme aquí, si quiere. Mi casa está a un par de manzanas.

—No hay problema. —El jefe le sonríe—. Sería poco cristiano no llevarte hasta la puerta.

Emma le devuelve la sonrisa.

—Gracias. Es el número 169 de la Oeste. Lo verá aparecer a su izquierda.

Sobre el asfalto hay aparcados camiones, autocaravanas viejas y remolques; constituyen los primeros indicios de la clase de barrio en que están penetrando. Resulta evidente que la chica es más pobre que una rata y que proviene de una familia igual. Hoy en día, a no ser que alguien te dé un empujoncito para que subas en el escalafón, se hace difícil ser propietario de algo que no sea un caseta de tablones.

—Yo vivo justo después del poste de telégrafos.

El jefe detiene el Explorer frente a una vivienda de madera que más parece una choza que una casa. Las malas hierbas y un césped cubierto de calvas muestran sus vergüenzas tras una valla diminuta de listones despintados y medio podridos.

Emma advierte la expresión de su cara.

—No es gran cosa, pero sigue siendo un hogar. Es alquilado. Y no merece la pena gastar dinero en algo que no es de uno, ¿no?

—Así es. A mi casa le sucede lo mismo. Necesita una mano de pintura y un dinero que no tengo.

Emma se desabrocha el cinturón de seguridad y recoge el bolso que ha dejado a sus pies.

—Gracias por traerme… señor James. —A punto ha estado de llamarlo Cara de Besugo—. ¿Le apetece entrar?

El jefe, de manera instintiva, recorre la calle con la vista. De alguna parte le llega la sirena de un coche de la policía.

Mala señal.

—Esta noche no, pero puede que en otra ocasión.

Emma se siente desilusionada. Parece un hombre agradable. Sería estupendo tener un amigo en el trabajo, sobre todo si es el jefe.

—Pues gracias otra vez. Hasta mañana. —Se despide con una sonrisa y cierra la portezuela del coche.

—Que duermas bien —dice él.

La observa traspasar la valla y le sonríe cuando ella se vuelve para despedirse con la mano. Las casas de alrededor están muy apretadas las unas contra las otras; debe de haber unas cien ventanas a las que puede haber gente asomada. Emma está segura en este lugar.

Por el momento.

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