En su nombre

Sam Christer · Capítulo 175 de 186

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En su nombre

Capítulo 175

Aeropuerto de Los Ángeles

Nic no se distrae al ver caer a la mujer. Sus ojos no se despegan en ningún momento del pasajero de aspecto ágil que ha acudido a su lado y que está empujando disimuladamente a la policía en el intento de quitarle el arma.

Efrem se vuelve y, antes de que alguien se le eche encima, hace un disparo en dirección al techo de la sala.

Estalla un griterío y todo el mundo se arroja al suelo. Efrem agarra a una niña que lleva un vestido amarillo y la sujeta con el brazo izquierdo. La pequeña no tiene más de cuatro años, y por el momento va a servirle de escudo.

—¡No se acerquen! —El grito va dirigido a dos guardias que tiene a diez metros, con las armas desenfundadas—. Tiren la pistola y échense atrás, o disparo a la niña.

Las pistolas caen al suelo con estrépito y Efrem comienza a retroceder por entre las cabinas acristaladas. Está seguro de que vendrán en pos de él, y tiene que retrasarlos. Levanta la pistola por delante de la niña aterrorizada y dispara dos veces apuntando a la masa de pasajeros que aguardan petrificados. El primer disparo alcanza a un adolescente en la espalda. El segundo hace brotar sangre de la cabeza de un anciano que va en silla de ruedas.

A continuación, el monje, sin soltar a la niña, sale disparado hacia la zona de equipajes.

El primero en echar a correr detrás de él es Nic. Casi todos los policías y los guardias están ocupados en atender a los heridos y en controlar el revuelo.

Alguien estará pidiendo refuerzos por radio, pero es posible que ya sea demasiado tarde. Más adelante se encuentran los agentes de aduanas, que no sospechan nada. Esperan ociosamente a realizar una última inspección de tarjetas y permitir que los pasajeros queden libres de toda la burocracia de la frontera y salgan a la terminal principal.

—¡Tiene un arma! —chilla Nic—. ¡Ese hombre tiene un arma y a un rehén!

Demasiado tarde. Se oye el estampido de varios disparos. El guardia que está a la izquierda de Nic se desploma en el suelo. Y a continuación, el que tiene a la derecha.

Estallan más gritos entre los pasajeros. Nic le coge una Smith and Wesson a un guardia que no se encuentra herido y quita el seguro. Traspone las puertas automáticas. La sala de llegadas está abarrotada.

Se le echa encima una avalancha de gente. El asesino ha desaparecido. Nic no acierta a ver nada por encima del aluvión de cartulinas blancas con nombres que sostienen en alto los conductores que han ido a recoger clientes. De repente vislumbra una chaqueta negra que se cuela por una de las salidas. Tiene que ser él.

Se abre paso hasta la salida. Una vez fuera, se vuelve hacia la derecha. El asesino lo está mirando de frente.

En un abrir y cerrar de ojos, Nic busca a la pequeña. No está. Entonces apunta con la pistola.

Demasiado tarde.

Una bala le alcanza el hombro izquierdo. Lo desestabiliza. Se le disparan todos los sentidos.

Entonces entran en acción los años de entrenamiento. No pierde la concentración. Respira con lentitud. Aprieta el gatillo. A lo lejos ve surgir la sangre. Se oye un estampido. Como una salva de aplausos. Ve una figura

que se tambalea. Luego siente un segundo impacto. No lo ha visto venir. No se lo esperaba en absoluto.

Se le doblan las rodillas. No siente dolor. Todavía no… la bala todavía está penetrando, desgarrando tejidos. No puede respirar. La conmoción le paraliza los pulmones. No logra insuflar ni un soplo de aire a su cuerpo.

Una gélida oleada traumática le inunda los nervios y el cerebro. Se ve las manos, pero no puede moverlas. No las siente. Le resbala sangre entre los dedos.

Ha recibido un balazo en el estómago. Es grave. Eso sí lo sabe. Esto va a sangrar en serio.

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