Hojas de hierba & Selección de prosas
Introducción
OceanofPDF.com
1. VIDA Y OBRA DE WALT WHITMAN
Entre quienes se acercan a la figura y la obra de Walt Whitman, no faltan los que suscriben la opinión formulada por Jorge Luis Borges en el prólogo a su traducción de Hojas de hierba:
Quienes pasan del deslumbramiento y del vértigo de Hojas de hierba a la laboriosa lectura de las piadosas biografías del escritor, se sienten siempre defraudados. En las grisáceas y mediocres páginas que he mencionado, buscan al vagabundo semidivino que les revelaron los
versos y les asombra no encontrarlo[1].
Lo mismo opina Sam Abrams, para quien la vida de Whitman está muy por debajo tanto de su obra como de las expectativas de los lectores; y especifica:
No hay nada heroico en la vida real de Walter Whitman, el hombre que se encontraba detrás del Walt Whitman poeta, protagonista de […]
Hojas de hierba. En realidad, Whitman era un hombre inseguro, apocado, desequilibrado y débil. […] Walt Whitman es una creación del Walter
Whitman hombre[2].
En el extremo contrario se sitúa Concha Zardoya, entusiasta traductora del poeta, para quien «su vida es la más simplemente grande, la más amplia, la más llena, la más extraordinaria que acaso nunca haya existido. […] Y
esta vida […] se ha vertido íntegramente en una obra extraña…»[3]. Pero la suya es, ciertamente, una opinión excepcional.
En cualquier caso, tanto si se subraya la anodinia como la excepcionalidad de la vida de Walt Whitman, todos parecen convenir en que Hojas de hierba encarna una formidable conciencia individual, un yo
de dimensiones e intensidad máximas, un ser pleno y vivísimo, alejado tanto de la fabulación como del juego de máscaras, y volcado íntegramente en sus páginas. Así lo confirma Whitman en sus célebres versos de Cantos de despedida: «Camerado, esto no es un libro: / quien lo toca, toca a un hombre», y así lo confirma también en «Mirada retrospectiva a los caminos recorridos»:
Ciertamente, Hojas de hierba (no me cansaré de repetirlo) ha sido, en esencia, el aflorar de mi naturaleza emocional y de otros aspectos de mi personalidad: un intento, de principio a fin, de dejar constancia de una Persona, un ser humano (yo, en la segunda mitad del siglo XIX, en América), y de hacerlo con libertad, completa y fidedignamente. […]
Nadie entenderá mis versos, si insiste en verlos como una obra literaria, o un intento de obra literaria, o como algo cuyo objetivo principal sea el
arte o la estética[4].
Para valorar la escasez o, por el contrario, la riqueza de experiencias en la vida del poeta, y, en cualquier caso, para situarlo en el contexto histórico y cultural que determina, en buena parte, sus decisiones creativas, es conveniente un resumen biográfico[5], que debe iniciarse el 31 de mayo de 1819, cuando Walter Whitman nace en West Hills, un caserío rural de Huntington, en el centro de Long Island, Nueva York, en el seno de una familia trabajadora, segundo hijo de Walter Whitman, carpintero y granjero, hombre de escasa formación, pero de pensamiento liberal, amigo y admirador de Thomas Paine, y ardiente americanista —llamó George Washington, Thomas Jefferson y Andrew Jackson, respectivamente, a tres de sus ocho hijos—, y de Louisa van Velsor, descendiente de inmigrantes holandeses. Whitman no vio la luz en una familia afortunada: el padre tuvo problemas con la bebida, al igual que su hermano Andrew, que murió a los 36 años; otro hermano, Jesse, mentalmente desequilibrado, atacó o amenazó con hacerlo a varios miembros de la familia, y hubo de ser ingresado en un hospital psiquiátrico, donde fallecería a los pocos años; otro más, Edward, sufría un retraso intelectual y requirió atenciones hasta su muerte; y su hermana Hannah, probablemente psicótica, fue maltratada por su marido.
En 1823, la familia Whitman se trasladó a Brooklyn, con la esperanza de beneficiarse de la bonanza inmobiliaria de la ciudad de Nueva York, que estaba en constante crecimiento, aunque las inversiones del padre de Walt, poco sagaz para los negocios, resultaron casi siempre un fracaso. De su vida en Brooklyn, no obstante, proviene el amor de Whitman por los transbordadores y por la experiencia del viaje, a la que él se asomaba diariamente en aquellos años de infancia. También allí, según recordó siempre, el marqués de Lafayette, héroe francés de la independencia americana, lo cogió en brazos, de entre la multitud, cuando visitó Nueva York el 4 de julio de 1825. En Brooklyn estudió seis años en la escuela pública, sin grandes alardes —su maestro, entre cuyas virtudes no se contaba la perspicacia, no le auguraba un futuro brillante, porque era gandul y pobre—, y ésa fue, más o menos, toda la educación reglada que recibió.
Desde muy temprano, no obstante, la complementó con una formación autodidacta que pasaba por visitar museos, teatros y bibliotecas, participar en sociedades de debate y asistir a conferencias. En ese tiempo se establece también la íntima vinculación de Whitman con el paisaje de Long Island y, en particular, con sus costas, que recorría siempre que iba a visitar a sus abuelos, residentes asimismo en la isla.
En 1830, con apenas once años, Whitman deja la escuela y empieza a trabajar como chico de los recados para Clarke, padre e hijos, un despacho de abogados de Brooklyn. La paga era magra, pero cierta compensación en especie resultó trascendental: la suscripción gratuita de Walt a una biblioteca circulante, que le ayudó sobremanera a ampliar su formación; allí leyó Las mil y una noches, a Defoe, a Fenimore Cooper y a casi todo Walter Scott. En 1831, Walt deja a los abogados y pasa a ser, brevemente, recadero de un médico. Luego se inicia como aprendiz en el Long Island Patriot, un periódico liberal. Allí se familiariza con el oficio de impresor, que tanta importancia tendría en sus primeros años y por el que siempre sentiría un respeto teñido de fascinación, y se interesa por el periodismo, que despertaría, con el tiempo, sus ambiciones literarias. En 1833, su familia, apremiada por una epidemia de cólera que se había desatado en la ciudad, y cansada de reveses económicos, vuelve a West Hills y deja solo a su hijo, de 14 años, trabajando de cajista en el Long Island Star, el semanario más
importante de Nueva York. En noviembre de ese mismo año, 1833, aparece el primer artículo firmado por Whitman, «The Olden Time» [«El tiempo de antaño»], en el New York Mirror. Por desgracia, en 1836, dos incendios arrasan los distritos industriales de una ciudad construida sobre todo con madera, y también las imprentas en las que trabajaba Walt. Sin medios ni ocupación, vuelve a Long Island con su familia. Allí conseguirá un nuevo empleo, como maestro, aunque los seis años en que lo desempeñó se cuentan, según han revelado sus cartas a Abraham Paul Leech, entre los más tristes de su vida: las toscas costumbres y el execrable gusto de los aldeanos, además de un salario miserable y una fatigosa itineranda —
trabajó en más de diez escuelas de la zona—, le deprimían indeciblemente.
El rechazo de las aulas como lugar de aprendizaje, y la opción por un pensamiento libre, inspirado en la naturaleza y la propia interrogación de la conciencia, plasmados con frecuencia en sus poemas, son un reflejo de este desagradable periodo de su vida, que le hizo experimentar toda la degradación, ignorancia y vulgaridad de la raza humana. En medio de ese lustro infausto como maestro itinerante, en 1838, Whitman fundó su propio periódico, el semanario The Long-Islander, que, pese a sus esfuerzos, tuvo que cerrar al cabo de diez meses. Pasó luego algún tiempo trabajando otra vez como cajista en el Long Island Democrat, aunque fue despedido por preferir los paseos por el campo al trabajo en la imprenta —«ya nos hemos librado de ese haragán», dijo la esposa de Benton, el editor, a lo que éste replicó: «sí, era un haragán, pero qué magnífico haragán»—[6], y, finalmente, hubo de retomar la actividad docente hasta 1841, año en que la abandonaría definitivamente. Regresa a Nueva York y vuelve a trabajar como cajista, en The New World, pero tiene ya en mente una nueva actividad: ser poeta y escritor de ficción. Entre 1841 y 1848, publica veinticuatro relatos en una veintena de periódicos y revistas, entre ellos Democratic Review, una de las revistas literarias más prestigiosas del país.
Whitman fue aún más lejos y publicó en 1842 su primera —y, a la postre, única— novela, Franklin Evans, el borracho[7], una diatriba contra una de las plagas de la época, el alcoholismo, del que habían sido víctimas tanto su padre como algunos de sus hermanos, y del que él no había estado lejos en sus desgraciados años de maestro rural. De escaso valor literario —el
propio Whitman la consideraba «una auténtica porquería»—, la novela vendió, paradójicamente, 20 000 ejemplares, más de los que nunca se venderían de Hojas de hierba en toda su vida. Whitman se jactaba de haberla escrito por encargo, en tres días —tiene más de 200 páginas—, y acompañado por un buen oporto[8]. En cualquier caso, su preocupación por la intemperancia perduraría siempre, y se manifestaría también en varios poemas de Hojas de hierba, donde alude, conmiserativamente, cuando no despectivamente, a los borrachos.
Whitman trabaja en estos años para múltiples medios: el New York Aurora —de donde también fue despedido, al parecer, por su vagancia—, el Evening Tattler, el New York Statesman, el The Daily Plebian, el The New York Democrat, el New Mirror, el The Subterranean y el Sunday Times, y colabora con muchos otros. En 1845, sin embargo, regresa a Brooklyn, donde trabaja para el Brooklyn Evening Star y no deja de asistir a la ópera en Nueva York, que le fascina[9]. En 1846, se convierte en editor jefe del Brooklyn Daily Eagle, cargo que desempeñará hasta 1848. Cuando Whitman se manifiesta contrario a la esclavitud en sus páginas, el dueño del periódico, un demócrata conservador, lo despide. Inmediatamente después lo contratan para lanzar un nuevo periódico, el Daily Crescent, en Nueva Orleans, a donde viaja en febrero de 1848, acompañado por su hermano Jeff, y donde permanecerá hasta mayo de ese año. Este viaje le permitió ampliar su noción del país y de sí mismo, abriéndole no sólo al cosmopolitismo de una ciudad en la que se mezclaban los legados inglés, francés y español (pero en la que también asistió al horror de las subastas de esclavos), sino asimismo a los vastos paisajes del Misisipí y, a su regreso, de los Grandes Lagos y la bahía del Hudson, algo que tendrá un reflejo muy señalado en su poesía. El proyecto del Daily Crescent no cuaja —aunque Whitman ha tenido tiempo de publicar en sus páginas un poema, «Sailing the Mississippi at Midnight» [«Navegando por el Misisipí a medianoche»], y un relato—, y, a su regreso a Brooklyn, funda y edita el Brooklyn Freeman —un semanario que abogaba por la «Tierra Libre», esto es, por que la esclavitud no se extendiera a los nuevos territorios de los Estados Unidos—, aunque la suerte vuelve a darle la espalda: la noche del día en que aparece el primer número, se incendia la redacción. En 1849, el
frenólogo y reformador social Lorenzo N. Fowler practica un análisis frenológico de Whitman: el examen de sus protuberancias craneales le lleva a la conclusión de que el poeta cuenta con un carácter favorable y aptitudes suficientes para las tareas que desee emprender.
En los años inmediatamente anteriores a la aparición de la primera edición de Hojas de hierba, entre 1849 y 1855, la difícil situación económica de Whitman le obliga a abrir un colmado, que pronto se convirtió en librería e imprenta, y a trabajar en el negocio de la construcción, aunque con un éxito equiparable al cosechado por su padre.
También continúa colaborando con periódicos, como el Evening Post. Con parte de ese dinero que tanto le costaba conseguir, Whitman se pagó la primera edición de Hojas de hierba, que apareció a finales de junio de 1855, y de la que se tiraron 795 ejemplares. No sólo eso: él mismo diseñó el libro y compuso los tipos —lo que no dice mucho de su pericia como cajista, porque en la edición menudean las erratas—. El volumen, de 95
páginas, contenía doce poemas sin título y un prefacio —que no se incorporaría a ninguna edición posterior, sino que se transformaría en poemas de la segunda: «A orillas del Ontario azul» y «Canto de la prudencia»—, y no indicaba el nombre del autor en la cubierta, sino sólo, en letra muy pequeña, en la página de créditos. La representación del autor se había confiado a un grabado, en el que Walter Whitman —así figuraba en el copyright— aparecía despreocupado, con una media sonrisa y cierto desaliño proletario. Días después de la publicación del libro, el 11 de julio, murió su padre. Whitman trabajó intensamente en la difusión de Hojas de hierba: envió ejemplares a autores destacados y a los periódicos, y hasta publicó varias reseñas en ellos, escritas por él mismo. El único intelectual respetado que respondió favorablemente a su envío fue Ralph Waldo Emerson, que le escribió una carta, fechada el 21 de julio, en el que alababa su trabajo y saludaba el inicio de una brillante carrera. El libro, no obstante, se vendió muy poco. Acaso por esta falta de éxito comercial, Whitman quiso volver a intentarlo enseguida con una segunda edición, que se publicó en 1856. Tenía una tirada de mil ejemplares y un formato muy distinto: aparecía ahora como libro de bolsillo, aunque había crecido hasta las 384
páginas, con 32 poemas, que ya tenían título —«Canto de mí mismo»
constaba aquí como «Poema de Walt Whitman, un americano»: el poeta había abandonado definitivamente aquel «Walter» de registro civil con el que había figurado en la edición príncipe—, y un apéndice que incluía la carta de Emerson —que Whitman ya había publicado, el 10 de octubre de 1855, en el New York Tribune; para ninguna de ambas publicaciones le pidió permiso a su autor— y la respuesta de Whitman a esa carta, un largo ensayo sobre su poesía. Pese a sus continuados esfuerzos, el resultado comercial siguió siendo magro; de hecho, se vendieron menos ejemplares todavía que de la primera edición.
Whitman se sobrepuso al escaso éxito de su poemario y llevó, durante algunos años, una vida bohemia, aunque no dejó de trabajar para los periódicos, como el Daily Times de Brooklyn. Se hizo habitual del restaurante Pfaff, donde se reunían los intelectuales y artistas más heterodoxos de la ciudad. Se relacionó con otros escritores: con Emerson, que lo fue a visitar a finales de 1855, aunque a Whitman no lo dejaron entrar en el hotel Astor, donde se alojaba el prócer, por su aspecto, impropio de un caballero; con Henry David Thoreau y Bronson Alcott, que también acudieron a verlo; con Ada Clare, George Arnold y Edmund Clarence Stedman; y con muchas feministas, como Sara Willis, Paulina Wright Davis o Sarah Tyndale. En 1860, unos editores de Boston, William Thayer y Charles Eldridge, le proponen una tercera edición de Hojas de hierba que ya no habrá de sufragar el propio poeta; más aún: le pagarán derechos por ella. Whitman se apresura a aceptar la oferta y viaja en marzo a Boston para supervisar los trabajos de edición. En la capital de Massachusetts se encuentra con Emerson, que le sugiere expurgar del libro que está a punto de aparecer, por escabrosos, los poemas de Hijos de Adán, a lo que Whitman se niega. En esta tercera edición se produce el mayor salto cuantitativo de toda la producción whitmaniana. Los años precedentes habían sido muy prolíficos, y el volumen aparece con 178 poemas y 456
páginas, aunque la mayor novedad es la reordenación interna de los poemas, que, salvo algunos, exentos —como «Saliendo de Paumanok», su composición programática—, se agrupan por temas y bajo títulos distintos: Chants Democratic and Native American, sobre la democracia americana; Leaves of Grass, como el conjunto de la obra, sobre asuntos religiosos o
metafísicos; Enfans d’Adam, sobre el amor heterosexual; Calamus, sobre el amor homosexual; y Messenger Leaves, una recapitulación del libro en la que Whitman se calificaba a sí mismo de «Mesías» o «Redentor». Pero la tercera edición no sólo supuso un avance en el volumen de su producción, sino también su consolidación como poeta y, hasta cierto punto, su salto a la fama: el libro se vendió bien (se agotaron dos reimpresiones: entre dos y cinco mil ejemplares) y concitó numerosas reseñas, mayoritariamente favorables, muchas de ellas escritas por mujeres, por aquellas mujeres cuyos oídos los primeros críticos de libro, varones, estaban seguros de que los versos de Whitman no podían sino ofender.
Pero justo entonces, el 12 de abril de 1861, cuando la fortuna empezaba a sonreír a Whitman, estalló la Guerra Civil, lo que le supuso, entre otras calamidades, un prolongado perjuicio editorial: Thayer y Eldridge se arruinaron y vendieron las planchas de su edición de Hojas de hierba a otro editor de Boston, Richard Worthington, que se dedicó a piratear el libro durante décadas, en competencia desleal con las ediciones legales posteriores, a las que restó difusión y ventas. Dos hermanos de Whitman, George y Andrew, se alistaron de inmediato en el ejército de la Unión; no así Walt, que ya había cumplido los cuarenta años, y que se quedó en Brooklyn y Nueva York. Allí sigue publicando en los periódicos, pero pronto empieza a visitar los hospitales de la ciudad en los que se ingresa a los heridos de guerra. Ya lo había hecho, en los años anteriores, con sus queridos cocheros y operarios del transbordador, pero ahora se ve obligado a hacerlo con mucha más frecuencia. Su labor con los enfermos es acompañarlos, consolarlos, escribir cartas por ellos, llevarles regalos y chucherías. En diciembre de 1862 se desplaza hasta el campo de batalla de Fredericksburg, preocupado por la suerte de su hermano George. Fue un viaje difícil, porque en una estación de tren le robaron la cartera, y hubo de seguir solo, sin dinero y con el país en guerra. Averigua que su hermano sólo está herido superficialmente, pero Whitman conoce en ese viaje todo el horror de la guerra: cadáveres innumerables, montones de miembros amputados, campos teñidos de sangre. Whitman se establece en Washington, D. C., se emplea a tiempo parcial en la pagaduría del ejército y sirve como enfermero voluntario en los hospitales de la ciudad. A eso se
dedicará hasta junio de 1864, cuando, con la salud quebrantada, vuelve a Brooklyn. En esos años de voluntariado, Whitman estrecharía su amistad con el abolicionista William Douglas O’Connor, en cuya casa vivió alojado, y con el joven escritor John Burroughs, y mantendría dos relaciones de especial intensidad, ambas con soldados confederados: la primera, con Fewis Brown, un combatiente de Misisipí al que hubo que amputarle una pierna; y la segunda, ya en tiempos de paz, con un artillero llamado Peter Doyle.
En enero de 1865 regresa a Washington, D.C. Las gestiones de su amigo O’Connor le han procurado un puesto de trabajo en la Agencia de Asuntos Indios del Departamento del Interior. Las buenas noticias se suceden: su hermano George, que había sido hecho prisionero, es liberado en febrero, y la Guerra Civil acaba el 9 de abril. Sin embargo, cinco días después Abraham Lincoln es asesinado: el magnicidio tuvo un gran impacto en la nación y en Walt Whitman, que consideraba al presidente la personificación de la democracia americana, de la Unión tan arduamente conseguida y del futuro en libertad del país. En homenaje a su figura y a su memoria, escribe
«La última vez que florecieron las lilas en el jardín». En mayo publica Redobles de tambor, un opúsculo de 72 páginas integrado por los 53
poemas que había escrito en los años de la guerra. Pero a la alegría de la publicación siguió un revés laboral: el nuevo secretario del Interior, James Harlan, que era también pastor metodista, descubrió un ejemplar de Hojas de hierba en la mesa de Whitman, que aprovechaba los muchos ratos libres que le dejaba su trabajo para corregir los poemas, y se sintió escandalizado por su obscenidad. Harían estaba resuelto a deshacerse de todo aquel que descuidara «su conducta, hábitos y relaciones según las normas de comportamiento y decoro dictadas por la civilización cristiana[10]», y Whitman fue una de sus primeras víctimas: en junio fue despedido. Recurre entonces, otra vez, a William Douglas O’Connor, que le consigue un nuevo trabajo, esta vez en la oficina del fiscal general, en la que prestará sus servicios hasta 1874. A finales de 1865 publicó un segundo opúsculo, con Redobles de tambor y Continuación de redobles de tambor, en el que se incluían los 18 poemas que no habían llegado a ver la luz en el primero:
«La última vez que florecieron las lilas en el jardín» y el celebérrimo, y
extraño en su producción —por el uso del metro y la rima—, «¡Oh, Capitán, mi Capitán!». En enero de 1866 se publica el famoso panfleto The Good Gray Poet. A Vindication [«El buen poeta gris. Una reivindicación»], de O’Connor, en el que su amigo hace una encendida defensa de su figura y de su poesía, frente a los ataques que había recibido siempre de los puritanos, el último de los cuales había sido Harían.
En 1867 se publicó la cuarta edición de Hojas de hierba, que pasa por ser la más caótica y la menos agraciada de todas. Sólo incorpora seis poemas nuevos, está impreso en un papel de poca calidad, el nombre del autor vuelve a omitirse, y ni siquiera incluye un retrato de Whitman, como la también anónima primera edición. A sus 338 páginas se añaden los dos opúsculos con los poemas de la guerra publicados en 1865, con paginación separada, hasta un total de 444. Los poemas se agrupan confusa, si no anárquicamente, y muchas alusiones homoeróticas se han eliminado, entre otros cambios cuya necesidad no acaba de entenderse. Por si fuera poco, Whitman tuvo de nuevo que pagar la edición. Todo este desorden, aunque no querido por el poeta, puede interpretarse como un reflejo del desorden en el que se encontraba el país tras la guerra, y una expresión de la necesidad de reconstruirlo. En 1868 apareció, en Londres, la antología Poemas, preparada por William Michael Rossetti, la primera edición inglesa de su obra, gracias a la cual Whitman se ganó el amor de la escritora inglesa Anne Burrows Gilchrist, y los elogios de Tennyson y, por lo menos al principio, de Swinburne.
Esa necesidad de reconstrucción acaso llevara a Whitman a una pronta reedición de Hojas de hierba, la quinta, en 1871, reimpresa en 1872 con dos poemas nuevos. Antes, a lo largo de 1871, había publicado otros dos opúsculos: Viaje a la India, que incluía 23 poemas nuevos y 52 de la edición de 1867; y Después de todo, no sólo crear, cuyo título era el del poema más importante del conjunto, que luego se convertiría en «Canto de la Exposición». Esta quinta edición presenta 36 poemas nuevos, con un total de 269, y un prefacio. Redobles de tambor ya se ha integrado en el cuerpo de la obra, pero Whitman vuelve a añadir a la edición, con paginación separada, los dos opúsculos que la han precedido. También en
1871 publica Perspectivas democráticas, un conjunto de ensayos sobre la democracia americana.
Pese al creciente reconocimiento de su obra, no son años favorables para Whitman: en 1870 atraviesa una depresión, en 1872 sufre una insolación, y en 1873 es víctima de una apoplejía y queda semiparalizado.
Las cosas en la familia no van mejor: en febrero de 1873, fallece la mujer de su hermano Jeff, y, en mayo, su madre cae gravemente enferma: Whitman vuelve a Camden para poco más que verla morir. Poco después, se establece definitivamente en Camden, con su hermano George y su mujer. En 1874, es despedido de su trabajo.
La sexta edición de Hojas de hierba aparece en 1876, en dos volúmenes. El primero es, en realidad, una reedición de la de 1871, y se publica para conmemorar el centenario de la declaración de independencia de los Estados Unidos; de ahí que se la suela identificar como la «edición del Centenario». El segundo tomo, Dos riachuelos, es misceláneo, e incluye, en prosa, el prefacio de 1872 y otro que añade a esta edición, el ensayo Perspectivas democráticas y sus recuerdos de la guerra, Apuntes durante la guerra; y, en poesía, 25 poemas nuevos y el grupo Viaje a la India.
En los años siguientes a esta edición, Whitman goza de un creciente prestigio entre los lectores ingleses. Anne Gilchrist, admiradora devota de su obra, hasta el punto de escribir el primer gran estudio crítico de Hojas de hierba, A Wornan’s Estimate of Walt Whitman [«Cómo valora una mujer a Walt Whitman»], se establece incluso en los Estados Unidos, con sus cuatro hijos, entre 1876 y 1879, para estar cerca del poeta. Otro escritor, filósofo socialista y activista homosexual, Edward Carpenter, visita a Whitman en Camden en 1877 —lo volverá a hacer en 1884— y ayuda a difundir su pensamiento y obra. Oscar Wilde, en fin, le rendirá asimismo visita en 1882, y lo declarará el americano por el que siente más estimación; luego, en una carta a su amigo George Cecil Ives, se enorgullecerá del beso que le diera Whitman en los labios[11]. Mientras todo esto sucede, cultiva la amistad del joven Harry Stafford, y lo visita con frecuencia en la casa de su familia. También en su propio país Whitman disfruta de una gran reputación: dicta conferencias sobre Thomas Paine en Filadelfia y sobre
Abraham Lincoln en Nueva York —en una de ellas lo conocería José Martí, que sería el primero en dar cuenta de su obra en el mundo hispánico—, y en 1879 viaja al oeste, hasta Colorado. Sin embargo, cae enfermo y se instala en casa de su hermano Jeff, en San Luis, para recuperarse, hasta enero de 1880. Repuesto, viaja por Canadá entre junio y octubre de 1880, y visita a su amigo, admirador y futuro biógrafo, el psiquiatra Richard Maurice Bucke. Por fin, entre agosto y octubre de 1881, está en Boston, supervisando la séptima edición de Hojas de hierba, que James R. Osgood publicará en octubre. De sus 293 poemas, sólo 17 son nuevos, pero esta es una edición bien construida, que fija la estructura definitiva de la obra. Tras ella, Whitman ya sólo añadirá «anexos» a su poesía. Sin embargo, para disgusto tanto de Osgood como de Whitman, la edición se enfrenta a la denuncia interpuesta contra el libro por la Sociedad de Nueva Inglaterra para la Supresión del Vicio ante el fiscal del distrito de Boston Oliver Stevens. El editor, asustado, intenta que Whitman atienda las peticiones del fiscal —que exigen eliminar un buen número de poemas y de muchos pasajes de otros, aunque, curiosamente, ninguno de Cálamo, quizá porque las relaciones homoeróticas se presentan en él veladamente, mientras que, en el resto de Hojas de hierba, se habla con franqueza de la copulación—, pero el poeta se niega. Osgood retira entonces la edición y le da las planchas a Whitman, que se las entrega a otro editor, Rees Welsh, y luego a David McKay, que reimprimen la edición en Filadelfia. La operación es un éxito: la venta de los 6000 ejemplares del libro, que se publicitaba como el poemario que se había querido prohibir, le reportan a Whitman unos derechos de casi 1800 dólares entre 1882 y 1883, una cantidad nada desdeñable en la época. A esta edición del poemario acompañará también la de Días ejemplares y Compendio.
En 1883, se publica Walt Whitman, la biografía escrita por Richard Maurice Bucke y supervisada por Whitman. Ese 1884, el poeta compra una casa —la única que poseería en toda su vida, y en la que moriría— en Mickle Street, en Camden, y abandona la compañía de su hermano George y su mujer. Sus problemas de movilidad aumentan. Recibe las atenciones del joven Bill Duckett, que lo acompaña en sus paseos por la ciudad en un carruaje que los admiradores del poeta le han regalado para que pueda
desplazarse, y de Horace L. Traubel, que lo visita diariamente y a quien Whitman nombrará uno de sus tres alba— ceas literarios, junto con Bucke y Thomas B. Harned. Traubel publicaría, entre 1906 y 1915, Con Walt Whitman en Camden, un diario, en tres volúmenes, en el que, al modo de James Boswell con Samuel Johnson, recoge sus conversaciones con el poeta. También el inglés James William Wallace lo visitaría, en 1891: quería conocer al profeta de la nueva religión del socialismo. Asimismo desde Inglaterra, John Addington Symonds presionaba a Whitman para confirmar el sentido homoerótico de Cálamo. En 1890 Whitman le contesta por fin, jactanciosa aunque falazmente, que había tenido seis hijos y un nieto, sureño, que le escribía de vez en cuando. En 1888 sufre otra embolia, seguida de un deterioro general de la salud. Convencido de que el fin está próximo, diseña y encarga la construcción de un mausoleo de granito en el cementerio de Camden. También en 1888 publica Ramas de noviembre, que contiene 64 poemas, agrupados bajo el título «Horas de un septuagenario», y varios trabajos en prosa que habían visto la luz en los periódicos.
Asimismo, aparece Complete Poems and Prose. 1855-1888, la reunión de todos sus escritos en un solo volumen. Hojas de hierba, impreso con las mismas planchas que la edición de 1881, incorpora aquí esas «Horas de un septuagenario», precedidas por el ensayo «Mirada retrospectiva a los caminos recorridos», que acompañará a las dos últimas ediciones.
La octava edición de Hojas de hierba, con 359 poemas, aparece en 1889, en una delicada edición de bolsillo, encuadernada en cuero. «Horas de un septuagenario» se añade en forma de anexo. En 1891, Whitman prepara la novena, en dos tomos, que será, en sus propias palabras, la versión finalmente completa de Hojas de hierba, después de 33 años de publicaciones crecientes y parciales. Los cien ejemplares de que consta la edición llegan a sus manos poco antes de la navidad de ese año, aunque en el libro figura 1892 como fecha de edición: es la conocida como deathbead edition, la edición del lecho de muerte. En el primer tomo se reproduce la edición de 1889, más un segundo anexo, con los 31 poemas de «¡Adiós, fantasía!» que habían visto previamente la luz, en un volumen homónimo, misceláneo de verso y prosa, en 1891. Tiene un total de 389 poemas. El segundo tomo es una recopilación de escritos en prosa.
Walt Whitman murió en su casa de Mickle Street el 26 de marzo de 1892. La causa del fallecimiento fue, según el certificado médico oficial, una pleuresía en el lado izquierdo, junto con una tuberculosis general y una nefritis parenquimatosa. Fue enterrado en su mausoleo del cementerio Harleigh, de Camden, el 30 de marzo.
OceanofPDF.com