Hojas de hierba & Selección de prosas
Capítulo 4
ceñido por el aroma de las rosas nocturnas, radiante, con su prometida de la mano,
oye la llamada infernal, el anuncio de la muerte que proclama el cuerno.
Para las espadas que se cruzan y los cabellos grises que se descubren al cielo,
el bajo y el barítono del mundo, claros, eléctricos,
el dúo de trombones, ¡Libertad[399] para siempre!
A la espesa sombra de los castaños
que crecen junto a los antiguos y gruesos muros de un convento, surge una queja,
un canto de amor perdido, la antorcha de la juventud y de la vida, apagada por la desesperación,
el canto del cisne moribundo: a Fernando se le rompe el corazón[400].
Amina[401], recuperada al fin, despierta de su infortunio, y canta:
abundantes como las estrellas y alborozados como la luz de la mañana son los torrentes de su alegría.
(Viene la dama fecunda,
el orbe resplandeciente, la Venus contralto, la madre en flor, la hermana de los dioses supremos: oigo a la Alboni).
4
Oigo estas odas, sinfonías, óperas.
Oigo en Guillermo Tell[402] la música de un pueblo alzado y enfurecido.
Oigo Los hugonotes, El profeta o Roberto, de Meyerbeer[403],
el Fausto de Gounod[404] o el Don Juan de Mozart[405].
Oigo la música bailable de todas la naciones, el vals, ese delicioso compás que me anega de dicha,
el bolero, al puntear de las guitarras y el repiqueteo de las castañuelas.
Veo danzas religiosas, antiguas y modernas;
oigo el sonido de la lira hebrea;
veo a los cruzados marchar, portando la cruz en alto, al retumbar marcial de los címbalos;
oigo la monótona salmodia de los derviches, salpicada de gritos frenéticos, mientras dan vueltas y vueltas, siempre en dirección a la Meca;
veo las danzas religiosas, que ejecutan en trance, de los persas y los árabes;
de nuevo en Eleusis, el hogar de Ceres[406], veo bailar a los modernos griegos,
les oigo dar palmas al inclinarse,
oigo cómo arrastran métricamente los pies.
Veo bailar, de nuevo, a los antiguos y descompuestos coribantes[407], que se herían unos a otros;
veo a los jóvenes de Roma caer de rodillas y levantarse, y arrojar y coger sus armas,
al son agudo de las chirimías.
Oigo la llamada del almuédano en la mezquita de los musulmanes;
veo a los fieles dentro, sin ceremonias ni sermones, sin discusiones ni palabras,
sino en silencio, extraños, devotos, con las cabezas altas, arreboladas, y una expresión de éxtasis.
Oigo el arpa egipcia de muchas cuerdas,
los cánticos primitivos de los barqueros del Nilo,
los sagrados himnos imperiales de China,