Hojas de hierba & Selección de prosas

Walt Whitman · Capítulo 472 de 587

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Hojas de hierba & Selección de prosas

Cenizas de soldados

Cenizas de soldados, del Sur o del Norte,

cuando pienso en el pasado y tarareo un canto para mis adentros,

se reanuda la guerra, y vuelven a mí vuestras formas,

y avanzan, otra vez, los ejércitos.

Sin hacer ruido, como la niebla o el vaho,

salen de sus tumbas en las trincheras,

de los cementerios que jalonan Virginia y Tennessee,

de los cuatro puntos cardinales y de sus innumerables enterramientos;

vienen en nubes que empuja el viento, en miríadas enormes, o en grupos de dos o tres, o de uno en uno,

y se congregan en silencio a mi alrededor.

No toquéis ahora, oh, trompeteros:

no encabezo el desfile de la caballería, con sus briosos corceles y los sables desenvainados, refulgentes, y las carabinas apoyadas en los muslos (¡ah, mis valientes jinetes!,

¡mis apuestos jinetes, de rostro cetrino! ¡Cuánta vida, cuánta alegría y cuánto orgullo

fueron vuestros, pese a tantos peligros!).

Ni vosotros, tambores: ni la diana al despuntar el día,

ni el largo redoble de alarma en el campamento, ni siquiera el apagado toque a muerto;

nada vuestro esta vez, oh, tambores que lleváis los parches de guerra.

Pero, apartado de todo esto, y de la feria de la opulencia, y de los paseos atestados de gente,

y admitiendo a mi lado a camaradas muy cercanos, sin voz, inadvertidos por los demás,

con los muertos vueltos a la vida, y alegres, y el polvo y los escombros vivos también,

entono este canto de mi alma callada, en nombre de todos los soldados muertos.

Caras pálidas, de ojos maravillosos, queridos míos, acercaos más todavía,

acercaos, pero no habléis.

Fantasmas de los innumerables desaparecidos,

invisibles para los demás, sed, desde ahora, mis compañeros: seguidme siempre, y no me abandonéis mientras viva.

Dulces son las sonrosadas mejillas de los vivos, y dulces, sus voces musicales.

Pero dulces, ah, dulces son los muertos y el silencio de sus ojos.

Queridos camaradas, todo se ha acabado hace mucho,

pero el amor no se ha acabado. ¡Y qué amor, oh, camaradas!

Los campos de batalla desprenden perfume: se eleva del hedor.

Perfuma, pues, mi canto, oh, amor, amor inmortal,

concédeme bañar los recuerdos de todos los soldados muertos, amortajarlos, embalsamarlos, cubrirlos por entero de ternura y orgullo.

Perfúmalo todo, sánalo todo;

haz que estas cenizas alimenten y florezcan,

oh, amor, resuélvelo todo, haz que todo fructifique con la química definitiva.

Concédeme ser inagotable, hazme fuente,

que exhale amor allí donde vaya, como un perenne rocío,

para las cenizas de todos los soldados muertos, del Sur o del Norte.

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