Hojas de hierba & Selección de prosas
Yo y lo mío
Yo y lo mío, siempre gimnásticos,
para aguantar el frío o el calor, para apuntar bien con el arma, para gobernar un bote, para manejar caballos, para
engendrar hijos soberbios,
para hablar con soltura y claridad, para sentirme en casa entre gente humilde,
y para sobrevivir a trances terribles en la tierra y el mar.
No para alguien que borde
(siempre abundarán los bordadores: también a ellos les doy la bienvenida),
sino para la fibra de las cosas y lo inherente a los hombres y las mujeres.
No para cincelar adornos,
sino para cincelar, con golpes libérrimos, las cabezas y miembros de muchos Dioses supremos, para que los Estados
puedan verlos andar y hablar.
Dejadme hacer las cosas a mi manera.
Que otros promulguen las leyes: yo no las tendré en cuenta.
Que otros alaben a los hombres eminentes y exalten la paz: yo exalto la agitación y el conflicto;
yo no alabo a ningún hombre eminente: yo censuro al considerado más digno.
(¿Quién eres tú? ¿Y de qué te has sentido culpable, en secreto, toda tu vida?
¿Vas a dejar toda tu vida de lado? ¿Vas a trabajar como un esclavo y estar de cháchara toda la vida?
¿Y quién eres tú, que refieres, de memoria, años, páginas, lenguas, recuerdos,
sin ser consciente, a día de hoy, de que no dices bien ni una sola palabra?)
Que otros acaben los modelos: yo nunca acabo los modelos;
yo los empiezo, según leyes inagotables, como hace la Naturaleza, siempre frescos y modernos.
Yo no impongo obligaciones.
Lo que otros imponen como obligaciones, yo lo ofrezco como
impulsos vitales.
(¿Impondré la actividad del corazón como una obligación?)
Que otros resuelvan las preguntas. Yo no resuelvo nada: yo suscito preguntas incontestables.
¿Quiénes son esos que veo y que toco, y qué les pasa?
¿Qué les pasa a mis semejantes, que me atraen, hasta casi tocarlos, con tiernas informaciones e indicios?
Insto al mundo a desconfiar de lo que digan mis amigos, y a escuchar a mis enemigos, como hago yo.
Os exijo que rechacéis siempre a los que quieran explicarme, porque ni yo mismo acierto a explicarme.
Os exijo que no me utilicéis nunca para formular teorías o fundar escuelas.
Os exijo que dejéis a todo el mundo en libertad, como lo he dejado yo.
Después de mí, ¡la perspectiva!
Oh, veo que la vida no es corta, sino inconmensurablemente larga.
Recorro el mundo, desde hoy, con castidad y templanza, madrugador, creciendo siempre.
Cada hora es el semen de siglos, y de más siglos.
He de seguir recibiendo estas continuas lecciones del aire, el agua, la tierra:
me doy cuenta de que no tengo tiempo que perder.
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