Hojas de hierba & Selección de prosas
Canto de la prudencia
Canto de la prudencia[380]
Iba por las calles de Manhattan pensando
en el Tiempo, en el Espacio, en la Realidad, en cosas así, y, con ellas, en la Prudencia.
Siempre hay una última explicación que dar sobre la
prudencia.
Lo pequeño y lo grande se desprenden por igual, sin ruido, de la prudencia que conviene a la inmortalidad.
El alma es de sí misma.
Todo converge en ella; todo se refiere a lo que sigue.
Todo lo que hace, dice o piensa una persona tiene importancia.
El hombre o la mujer no pueden hacer ni un movimiento que
les afecte un día, un mes o un periodo cualquiera de su vida directa, o en la hora de su muerte,
sin que eso mismo les afecte también, después, en la vida indirecta.
Lo indirecto vale tanto como lo directo.
El espíritu recibe del cuerpo tanto como le da al cuerpo, si no más.
No hay palabra o acto, chancro, despigmentación o soledad de onanista,
no hay putridez de tragones o bebedores de ron, malversación, astucia, traición, asesinato, seducción o prostitución
que no tenga resultados después de la muerte tan reales como antes de la muerte.
La caridad y la fuerza personal son las únicas inversiones con algún valor.
No es necesario especificar: todo cuanto hagan un varón o una hembra, que sea vigoroso, benevolente y limpio, redunda en
su beneficio
en el orden inmutable del universo y en su perduración eterna.
Quien ha sido sensato, recibe interés:
salvaje, criminal, Presidente, juez, granjero, marino, artesano, literato, joven, viejo, da igual:
el interés llegará; todo llegará.
Individual o conjuntamente, afectan ahora, afectaron a su época y afectarán siempre a todo lo pasado, a todo lo presente y a todo lo futuro:
todas las acciones valerosas en la guerra y en la paz;
toda la ayuda prestada a parientes, extraños, pobres, viejos, afligidos, niños, viudas, enfermos y marginados;
toda la abnegación que se mantuvo firme y señera en los naufragios, viendo a otros ocupar los botes salvavidas;
todo ofrecimiento de dinero o de la propia vida por la buena y vieja causa, o por un amigo, o por una opinión;
todos los afanes de los entusiastas, de los que se burlan sus vecinos;
todo el dulce e ilimitado amor de las madres, y su precioso sufrimiento;
todos los hombres honrados, derrotados en conflictos de los que se tiene noticia, o de los que no;
toda la grandeza y la virtud de las naciones de la antigüedad, cuyos fragmentos hemos heredado;
toda la virtud de las docenas de naciones de la antigüedad, cuyos nombres, épocas o situación nos resultan
desconocidos;
todo lo que se ha iniciado con espíritu viril, haya tenido éxito o no;
todas las sugerencias de la divina mente del hombre, o de la divinidad de su boca, o que moldeen sus enormes manos;
todo cuanto sea bien pensado o dicho hoy en cualquier parte del globo, o en cualquiera de las estrellas errantes, o en cualquiera de las estrellas fijas, por quienes estén allí, como nosotros estamos aquí;
todo cuanto haya de ser pensado o hecho por ti, seas quien seas, o por cualquiera.
Todo esto beneficia, ha beneficiado y beneficiará a las identidades de las que ha surgido, o de las que surja.
¿Pensabas que todo vivía sólo su momento?
El mundo no existe así; ninguna parte, palpable o impalpable, existe así.
Nada se consuma sin provenir de algo consumado mucho antes, ni esto de otra consumación anterior,
sin que la más lejana que se pueda concebir esté más cerca del principio que cualquier otra.
Lo que satisface a las almas es verdad.
La prudencia satisface enteramente las ansias y la voracidad de las almas:
sólo ella satisface, por fin, al alma.
El alma posee un orgullo desmesurado que se rebela contra toda lección, salvo la suya.
Ahora exhalo la palabra de la prudencia que camina con el tiempo, el espacio y la realidad,
y que es la respuesta al orgullo que rechaza toda lección, excepto la suya.
Lo que sea la prudencia es indivisible:
se niega a separar una parte de la vida de las demás;
no distingue entre justos e injustos, ni entre los vivos y los muertos;
casa todos los pensamientos o actos con su correlato; no conoce perdón posible ni expiación sustitutiva;
sabe que el joven que ha arriesgado serenamente la vida, y la ha perdido, se ha hecho un gran bien,
mientras que el que nunca la ha puesto en peligro, y la conserva, hasta alcanzar la vejez, con dinero y rodeado de comodidades, probablemente no haya conseguido nada que
valga la pena mencionar;
sabe que sólo habrá aprendido, realmente, quien haya
aprendido a preferir los resultados,
quien favorezca al cuerpo y al alma por igual,
quien perciba que lo indirecto se sigue necesariamente de lo directo,
quien, en espíritu, ante cualquier emergencia, ni se precipite hacia la muerte, ni la evite.
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