Hojas de hierba & Selección de prosas
Capítulo 16
siguió cantando, alto y fuerte, el pájaro pardusco y gris: se propagaban sus notas puras, meditadas, y llenaban la noche.
Altas en los pinos y cedros umbríos,
claras en la húmeda y fragante frescura del pantano;
y yo allí, en la noche, con mis camaradas.
Mientras, mi vista, que estaba presa en mis ojos, se abrió
a dilatados panoramas de visiones.
Y vi de soslayo a los ejércitos,
vi, como en un silencioso sueño, cientos de banderas de combate,
las vi enarboladas por entre el humo de la batalla, y agujereadas por las balas,
llevadas de un lado a otro por entre la humareda, desgarradas, ensangrentadas,
y, al final, reducidas a un puñado de jirones en las astas (y todo en silencio),
y las astas, astilladas y rotas.
Vi los cadáveres de la batalla, miríadas de cadáveres,
y las blancas osamentas de los jóvenes: las vi;
y vi los despojos, los innumerables despojos de todos los soldados muertos en la guerra,
pero también vi que no eran como se pensaba:
descansaban, no sufrían;
los vivos se quedaban y sufrían, la madre sufría,
y la esposa y el hijo y el camarada, pensativo, sufrían,
y los ejércitos supervivientes sufrían.
16
Dejo atrás las visiones, dejo atrás la noche,
dejo atrás las manos que sujetaba de mis compañeros,
dejo atrás el canto del pájaro ermitaño y el canto concorde de mi alma,
canto victorioso, canto nacido de la muerte, pero diverso y siempre mudable,
grave y doliente, aunque de notas claras, que se elevan y caen, e inundan la noche,
y que, tristemente, se debilitan y se apagan, como si no dejaran de advertir, pero que vuelven a estallar de alegría,
cubriendo la tierra y colmando toda la extensión del cielo,
como aquel poderoso salmo que una noche oí llegar de lugares recónditos;
todo lo dejo atrás: y te abandono a ti, lila de hojas acorazonadas,
te dejo en el jardín, en flor, de vuelta con la primavera.
Y dejo de cantar para ti,
de mirarte en el oeste, cara al oeste, y de comunicarme contigo, oh, camarada cuyo rostro de plata resplandece en la noche.
Pero preservemos todo lo rescatado de la noche,
la canción, el prodigioso canto del pájaro pardusco y gris,
y el canto concorde, el eco suscitado en mi alma,
con la luminosa y declinante estrella, de rostro abrumado por el dolor,
con los que me daban la mano al acercarnos a la llamada del
pájaro,
camaradas míos, y yo entre ellos, de imborrable recuerdo, para el muerto que tanto he amado,
para el alma más dulce, más sabia, de todos mis días y todas mis tierras, y por respeto a él:
la lila y la estrella y el pájaro entrelazados con el canto de mi alma,
allí, en los pinos fragantes y los cedros umbríos y borrosos.
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