Hojas de hierba & Selección de prosas

Walt Whitman · Capítulo 321 de 587

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Hojas de hierba & Selección de prosas

Capítulo 16

siguió cantando, alto y fuerte, el pájaro pardusco y gris: se propagaban sus notas puras, meditadas, y llenaban la noche.

Altas en los pinos y cedros umbríos,

claras en la húmeda y fragante frescura del pantano;

y yo allí, en la noche, con mis camaradas.

Mientras, mi vista, que estaba presa en mis ojos, se abrió

a dilatados panoramas de visiones.

Y vi de soslayo a los ejércitos,

vi, como en un silencioso sueño, cientos de banderas de combate,

las vi enarboladas por entre el humo de la batalla, y agujereadas por las balas,

llevadas de un lado a otro por entre la humareda, desgarradas, ensangrentadas,

y, al final, reducidas a un puñado de jirones en las astas (y todo en silencio),

y las astas, astilladas y rotas.

Vi los cadáveres de la batalla, miríadas de cadáveres,

y las blancas osamentas de los jóvenes: las vi;

y vi los despojos, los innumerables despojos de todos los soldados muertos en la guerra,

pero también vi que no eran como se pensaba:

descansaban, no sufrían;

los vivos se quedaban y sufrían, la madre sufría,

y la esposa y el hijo y el camarada, pensativo, sufrían,

y los ejércitos supervivientes sufrían.

16

Dejo atrás las visiones, dejo atrás la noche,

dejo atrás las manos que sujetaba de mis compañeros,

dejo atrás el canto del pájaro ermitaño y el canto concorde de mi alma,

canto victorioso, canto nacido de la muerte, pero diverso y siempre mudable,

grave y doliente, aunque de notas claras, que se elevan y caen, e inundan la noche,

y que, tristemente, se debilitan y se apagan, como si no dejaran de advertir, pero que vuelven a estallar de alegría,

cubriendo la tierra y colmando toda la extensión del cielo,

como aquel poderoso salmo que una noche oí llegar de lugares recónditos;

todo lo dejo atrás: y te abandono a ti, lila de hojas acorazonadas,

te dejo en el jardín, en flor, de vuelta con la primavera.

Y dejo de cantar para ti,

de mirarte en el oeste, cara al oeste, y de comunicarme contigo, oh, camarada cuyo rostro de plata resplandece en la noche.

Pero preservemos todo lo rescatado de la noche,

la canción, el prodigioso canto del pájaro pardusco y gris,

y el canto concorde, el eco suscitado en mi alma,

con la luminosa y declinante estrella, de rostro abrumado por el dolor,

con los que me daban la mano al acercarnos a la llamada del

pájaro,

camaradas míos, y yo entre ellos, de imborrable recuerdo, para el muerto que tanto he amado,

para el alma más dulce, más sabia, de todos mis días y todas mis tierras, y por respeto a él:

la lila y la estrella y el pájaro entrelazados con el canto de mi alma,

allí, en los pinos fragantes y los cedros umbríos y borrosos.

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