Hojas de hierba & Selección de prosas
Canto del crepúsculo
Aquí sentado, solo, a la hora del crepúsculo, al amor de la vacilante llama del roble,
acuden a mi mente remotas escenas de guerra: el entierro de innumerables soldados desconocidos,
los nombres sin dueño, como los nombres sin mella del aire y el mar, los que nunca volvieron,
la breve tregua después de la batalla, con las macabras cuadrillas de enterradores, y las trincheras repletas
de cadáveres, de gente de toda América, del Norte, Sur, Este y Oeste, de donde vinieron,
de los bosques de Maine, de las granjas de Nueva Inglaterra, de los fértiles Pensilvania, Illinois y Ohio,
del Oeste inconmensurable, de Virginia, del Sur, de las Carolinas y Texas
(incluso aquí, en las sombras de este cuarto, a la débil luz de estas llamas titubeantes y silenciosas,
vuelvo a ver a los recios soldados ponerse en pie y desfilar, vuelvo a oír la rítmica marcha de los ejércitos);
para vosotros, millones de nombres no escritos, para todos vosotros, oscuro legado de la guerra,
es este verso singular, destello del deber tanto tiempo preterido: aquí reúno, extrañamente, vuestra mística lista
y rescato el nombre de cada uno de las tinieblas y las cenizas de la muerte,
para que esa mística lista de nombres desconocidos, del Norte o del Sur, entera,
grabada en lo más profundo de mi corazón, perdure, durante años por venir,
embalsamada con amor en este canto crepuscular.
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