Hojas de hierba & Selección de prosas
En barcos, en el mar
cuando el azul se extienda, ilimitado, por todas partes,
y silbe el viento y suene la música de las olas, de las enormes e imperiosas olas,
o algún navío solitario cabotee en la densa marina
y, alegre, lleno de fe, despliegue las velas blancas
y hienda el éter, envuelto por la espuma centelleante del día, o bajo las estrellas innumerables de la noche,
acaso me lean —a mí, reminiscencia de la tierra— marineros
viejos y jóvenes,
en armonía, por fin.
He aquí nuestros pensamientos, pensamientos de navegantes, aquí no sólo aparece la tierra, la tierra firme, puede que digan entonces,
aquí se aboveda el cielo y sentimos ondular la cubierta bajo los pies,
percibimos el latido dilatado, el movimiento perpetuo del flujo y reflujo,
las melodías del misterio inescrutable, las vagas y vastas insinuaciones del mundo salobre, las sílabas fluidas como un líquido,
el perfume, el tenue crujir del cordaje, el ritmo melancólico, la perspectiva infinita y el horizonte lejano y borroso. Todo eso está aquí,
y éste es el poema del océano.
No flaquees, pues, oh, libro: cumple tu destino.
No eres sólo una reminiscencia de la tierra:
también eres otro navío solitario que hiende el éter, con rumbo desconocido, pero siempre lleno de fe.
Consorte de todo barco que navega, ¡navega tú!,
y llévales, foliado, mi amor (queridos marineros: para vosotros lo deposito aquí, en cada hoja);
¡prospera, libro mío!, despliega las velas blancas, embarcación mía, y atraviesa las olas imperiosas,
canta, navega, surca el azul ilimitado que se extiende desde mí a los siete mares
para llevar esta canción a los marineros y a todos sus barcos.
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