Hojas de hierba & Selección de prosas

Walt Whitman · Capítulo 583 de 587

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Hojas de hierba & Selección de prosas

Carta a Ralph Waldo Emerson

Brooklyn, agosto de 1856.

Encontrará aquí, querido Amigo y Maestro, treinta y dos Poemas que le mando porque no he encontrado el modo de sentirme satisfecho con dar una respuesta acostumbrada a su carta. La primera edición, por la cual me remitió Ud. la misiva que hasta ahora no había contestado, contenía doce poemas —tiré mil ejemplares, que se agotaron deprisa—; estereotipo ahora estos treinta y dos Poemas, para tirar varios miles de ejemplares[548]. Me encanta escribir poemas. Me he asignado otros tareas: conocer a la gente y a los Estados cara a cara, y obligarlos a enfrentarse a un idioma americano todavía por desbastar. Pero el trabajo de mi vida es escribir poemas. Lo hago hasta que tengo cien, y luego varios cientos, o quizá mil. Y tengo clara la forma. Al cabo de unos años, la demanda media de mis Poemas será de diez o veinte mil ejemplares al año, o más, probablemente[549]. ¿Por qué debería correr o ponerlo en peligro? En los poemas o las conferencias, digo esas una o dos palabras que hay que decir, me adhiero al cuerpo, mezclo mis pasos con los innumerables pasos de todos, y recuerdo algo a todo hombre y mujer.

Maestro, soy un hombre poseído por una fe perfecta. Maestro, no hemos sobrevivido a siglos, castas, heroísmos y fábulas para detenernos hoy en esta tierra. Creo, más bien, que todo alto se hace para tomar un impulso diez veces superior. Como la naturaleza, inexorable, irresistible, siempre avanzando, impasible ante las amenazas y el griterío de los que discuten, así sea América. Que todo se detenga. Que todo sirva respetuosamente a la singularidad de Estos Estados: su política, sus poemas, su literatura, sus costumbres y su generosa manera de educar a su descendencia. Y ésta llega, ya madura, cierta, numerosa y capaz, con lenguas egotistas y muñecas fibrosas, haciéndose abiertamente con lo que les pertenece. Prolongan la Personalidad, mucho tiempo descuidada. Sus sombras se proyectan en las ocupaciones, en los libros, en las ciudades, en el comercio; sus pies suben las escaleras del Capitolio: generalizan un natural de los Estados más corpulento, más fuerte, más sincero, más democrático, indómito y positivo;

una nueva raza de hombres de cuerpos armoniosos, más completos, intrépidos, fluyentes, dominantes y barbados.

Deprisa, asentados en unos cimientos sin límites, los Estados Unidos están fundando también una literatura. Y lo están haciendo, en mi opinión, tan bien como es posible. Todos los elementos están aquí en condiciones.

Cada día me mezclo con la gente de la isla de Manhattan, Brooklyn y otras ciudades, y con los jóvenes, para descubrir su espíritu y para renovarme. A esto hay que atender también; a mí me atrae más que autores, editores, importaciones, reimpresiones y demás. Los aguanto sin alterarme, y los entiendo muy bien: sé que prestan un servicio indispensable, aparte de hombres como yo, que no podríamos hacer otra cosa. En los poemas, se representará a los jóvenes de los Estados, porque superan a los mejores del resto de la Tierra.

Los catálogos literarios que América ha heredado gracias al poderoso legado de la lengua inglesa —ese rico repertorio de tradiciones, poemas, relatos, metafísica, obras, clásicos y traducciones— han constituido, y siguen constituyendo, magníficos preparativos para otra literatura, significada por su llaneza: para que sea nuestra, eléctrica, nueva, vigorosa, para que exprese el cuerpo de tamaño natural, del hombre y de la mujer, para que aporte el significado actual de las cosas, para que crezca hermosa y duradera, y corresponda a América, con todas las pasiones del hogar, con las inimitables simpatías de haber sido niños y niñas juntos, y de padres que estuvieron con nuestros padres.

¿Qué más puede pasarles a los Estados, incluso a pesar suyo? Ese enorme caudal de lo inglés, tan dulce, tan innegable, ha hecho aquí un bien incalculable, y no cabe mencionarlo sino con generosa alabanza y gratitud.

Sin embargo, el precio al que los Estados han tenido que someterse no ha sido pequeño. Pagar se impone: una nación no puede apropiarse sin contrapartida de la solución a las necesidades de otras naciones. América, la mayor de las naciones por su teoría política, por sus índices de lectura, por su hospitalidad, amplitud, belleza animal, ciudades, barcos, artefactos, dinero y crédito, se derrumba con la rapidez de un rayo al oír estas firmes, admonitorias y repetidas palabras: ¿Dónde están las expresiones de tu pensamiento, más allá de las que hayas copiado o sustraído? ¿Dónde, el

tropel de poetas, literatos y oradores que habías prometido? ¿Te limitarás a seguir los pasos de otras naciones? Ellas han luchado con ahínco por una literatura propia, se han abierto camino dolorosamente, algunas con idiomas deficientes, otras gracias al trabajo de sus sacerdotes, otras, en fin, por mero empeño vital. Pero todas produjeron, en su tiempo, libros y poemas, acaso el único sólido consuelo que les quedaría después, durante sus muchos siglos de vergüenza y declive. Vosotros sois jóvenes, disfrutáis del más perfecto de los dialectos, de una prensa libre y de un gobierno libre; y el mundo está dando lo mejor de sí para acompañaros. Se os ha hecho justicia, plenamente, y desde ahora debéis haceros justicia vosotros. Estrangulad a los cantores que no os canten alto y claro. Abrid las puertas del Oeste.

Convocad a nuevos grandes maestros que comprendan las nuevas artes, las nuevas perfecciones, los nuevos deseos. Someteos al bardo más robusto, hasta que ponga remedio a vuestra esterilidad. Sólo entonces no necesitaréis adoptar a los herederos de otros: tendréis auténticos herederos, engendrados por vosotros, cuya sangre será la vuestra.

Contemplo con serenidad esta empresa, y cada día advierto respuestas más adecuadas. Las expresiones no sirven todavía, por muchas razones, pero se están preparando, más allá de cuanto la tierra haya conocido hasta este momento, para hacerse nuestras cuando se produzcan, y para que el pueblo de los Estados Unidos se identifique con ellas, que es la enseñanza que se compra, por poco dinero, a lo largo de un tiempo determinado. Dicha enseñanza la extraen Los Estados de las muchísimas reimpresiones, y de sus autores y editores actuales. A ese servicio y a esa extracción sólo se llega tras una labor ingente, audaz, libérrima, característica de Los Estados.

Aquí se alcanzarán resultados que no se han creído posibles en ninguna otra parte, y las formas de hacerlo serán igualmente grandiosas. Los instintos del pueblo americano son perfectos, y tienden a hacer héroes. Es raro que alguien entienda aquí a Los Estados.

Todo sustento actual de la literatura es válido. No sé cuántos autores y editores hay en Los Estados, pero son miles, y cada uno de ellos, hombre o mujer, constituye un peldaño en la escalera por la que subirán gigantes. De las veinticuatro modernas y mastodónticas imprentas de vapor de dos, tres o cuatro cilindros dobles que hay en el mundo, veintiuna están en Estos

Estados. Hay doce mil establecimientos, grandes y pequeños, que dispensan libros y periódicos, y el mismo número de bibliotecas públicas, cada una de las cuales dispone de toda la lectura necesaria para equipar a un lector o lectora americano. Hay tres mil diarios, y el alimento que proporcionan los más imperfectos es tan útil como cualquier otro: las diversas revistas infantiles y juveniles, con sus excitantes historias, de gran circulación; los periodiquillos de uno o dos centavos; los noticiarios políticos, sean de la tendencia que sean; los semanarios rurales; las revistas deportivas o ilustradas; las mensuales, llenas de material importado; las novelas sentimentales, con sus enormes tiradas; las historietas, los libritos de aventuras, las biografías, baratos, sensacionales. Todos son proféticos; todos pasan deprisa, pero siguen creciendo, por muchas razones. Eso no me preocupa, antes bien, me complace enormemente. Veo lanzaderas en constante movimiento, y miríadas de libros, activos y efímeros, tejiendo lealmente la ropa de una generación de hombres, de una generación de mujeres, que ni advierten ni conocen. ¡Cuánto ha mejorado la lectura y la escritura entre la gente en estos cincuenta años! ¡Y cuánto habrá mejorado dentro de cincuenta años! Muy pronto, la literatura inherente a Estos Estados constituirá una parte esencial de su ser: estará tan generalizada y será tan real como la fuerza del vapor, el hierro, el maíz, la carne de buey y el pescado. Nos proporcionará americanos de primera clase. No se descartarán los perennes materiales propios para alumbrar nuevas ideas, relatos,

poemas,

música,

discursos,

religiones,

recitaciones,

entretenimientos, al igual que no se descartan nuestros campos, minas, ríos y mares. Algunas cosas ya están establecidas, y son inamovibles: justifican millones de años. Las madres y los padres de los que han surgido los siglos modernos no han existido en vano: también ellos tuvieron corazón y cerebro. Desde luego, todas las literaturas, en todas las épocas y naciones, compartirán algunos atributos singulares, del mismo modo que todos, en todas las épocas, compartimos los atributos humanos. América será siempre ruda y ancha. Lo que tenemos que hacer es apartarnos de los precedentes y dirigirnos a los hombres y mujeres, y también a la federación que componen Los Estados, porque la unión de las partes de sus cuerpos no es más necesaria para su vida que la unión de Estos Estados para la suya.

Una persona profunda puede fácilmente saber más de la gente de lo que la gente sabe de sí misma. A la espera, sin revelarse aún, las almas de los ejércitos de personas corrientes esconden cosas mejores que las que puedan manifestarse en quienes los gobiernan. Eso dicta el veredicto definitivo. En los departamentos de Estos Estados, el que viaje con la pandilla, o con personas escogidas, o con imitadores, o con descreídos, o con propietarios de esclavos, o con quien se avergüence del cuerpo del hombre, o con quien se avergüence del cuerpo de la mujer, o con quien no sea el más valiente entre los valientes y el más abierto entre los abiertos, se dirige a las laderas de la disolución. El genio de las literaturas extranjeras es corto e inhábil en comparación con el nuestro, y, en esencia, un insulto a nuestras costumbres, a los acuerdos orgánicos de Estos Estados. Viejas formas, viejos poemas, apropiados y majestuosos en sus tierras, son exiliados en la nuestra: el aire aquí es muy fuerte. Muchas cosas que aguantan bien, y a las que se ha proporcionado un espacio exiguo pero suficiente, en la pequeña escala de los reinos, imperios y cosas así europeos, viven aquí macilentas, menguadas, absurdas, sin espacio alguno. Autoridades, poemas, modelos, leyes, nombres, importados a América, sólo sirven para que la América actual los destruya, y para que pueda encaminarse, así, libre de cargas, a grandes obras, a grandes días.

Hoy, en nuestro país o en cualquier otro, donde no hay avances revolucionarios que barran, con el apoyo de la gente, a los enjambres de representantes habituales y funcionarios con mando en plaza, a los que hacen libros, a los profesores, eclesiásticos y políticos, hoy, yo percibo que los que ocupan el poder representan razonablemente al país, y son útiles, acaso muy útiles. Para reemplazarlos, cuando así lo deseen Estos Estados, todo está dispuesto. Y yo digo que ha llegado la hora de hacerlo con mano firme. Aquí, además, las almas de los ejércitos no sólo han alcanzado a las almas de los funcionarios, sino que han seguido avanzando, y dejado atrás a las almas de los funcionarios, a muchas semanas de distancia: ya no los alcanza la vista; y las almas de los ejércitos prosiguen su avance, en masse, sin funcionarios. Aquí las fórmulas y formularios, las glosas y minucias están ahogando a los portavoces. Las cosas que más se espera escuchar, son, sin duda, las menos dichas. No hay una única Historia del Mundo. Ni una

sola de América, o de los acuerdos orgánicos de Estos Estados, o de Washington, o de Jefferson, ni del Lenguaje, ni un Diccionario de la Lengua Inglesa. No hay ningún gran autor: todos se han degradado, hasta convertirse en una mera etiqueta o una impotencia. No hay hombría ni fuerza vital en los poemas; hay, más bien, lechones y caballos castrados. La literatura se viste como un caballero distinguido al que le disgustan nuestros instintos, extraño a nuestro suelo. El cuello gira a derecha e izquierda dondequiera que vaya. Su indumentaria y sus joyas demuestran qué poco conoce a la Naturaleza. Tiene las carnes blandas; cada vez revela menos de esa cosa dura e indefinible que es la Naturaleza. ¿Dónde está todo, salvo la afeitada Naturaleza de los sínodos y las escuelas? ¿Dónde, el hombre indómito y lujuriante? ¿Dónde, el supervisor? En la vida, en los poemas, en los códigos legales, en el Congreso, en las aulas, teatros, conversaciones y debates, ni una sola cabeza se eleva con claridad, como prueba de que los domina, de que los ha subordinado a sí, de que está preparada para poner a prueba a sus superiores. Nadie cree en Estos Estados, ni se presenta, audaz, como su ejemplo. Nadie se encara con quienes lo rodean, ni rechaza, con voz terrible, negativa, todo intento de soborno de lo que vean sus ojos, o del alma que abriga, o de la amistad, o del cuerpo que ostente, o de la tierra y el mar. La vida se ofrece poco a los credos, la literatura, el arte, el ejército, la armada y el ejecutivo, pero a los enfermos y moribundos se les ofrece que curen a los enfermos y moribundos. Las Iglesias son una gigantesca mentira. La gente no cree en ellas, ni tampoco en sí misma. Los sacerdotes no dejan de decir lo que saben muy bien que no es verdad ni de ocultar lo que saben que sí lo es. El espectáculo es lamentable. No creo que pueda haber nunca, en esta alegre tierra, ocupantes de las poltronas que presiden las mesas públicas más gravemente perturbados que los que hoy se sientan en ellas en Estos Estados: esos jueces que parecen los ojos de un cadáver; ese granuja y ladrón en la Presidencia[550].

Hasta el presente, la gente, como muchos chicos ya crecidos, no tiene todavía gustos propios, ni conciencia de su grandeza, ni de su destino, ni de lo mucho que progresa; acepta con voracidad lo que le ofrecen las novelas, los relatos, los periódicos, los poemas, las escuelas y las conferencias: todo.

Muy pronto, por éste u otros medios, su desarrollo alumbrará la fibra que es

capaz de sí misma, y asumirá unos gustos determinados. Los jóvenes sabrán lo que quieren, y lo tendrán. No seguirán sino a aquél cuyo espíritu los lleve a poseer un espíritu que se le asemeje. Ese hombre será bienvenido como las flores de mayo. A otros se les despachará sin ceremonia. ¿Qué pueden encontrar, no obstante, los jóvenes de Estos Estados en este sinfín de caballeros inútiles, que no saben pelear, trabajar, disparar, montar, correr ni mandar, algunos devotos, otros bastante chiflados, otros castrados, todos de segunda mano, o de tercera, cuarta o quinta mano, a los que atienden los camareros, que nunca ponen esta tierra, sino otras, en primer lugar, que hablan de arte y hacen las cosas más ridículas por miedo a que los llamen ridículos, que siempre sonríen afectadamente y se marchan deprisa, que siempre están quitándose el sombrero, y que nunca se comportan, visten, escriben, hablan o aman a su propio gusto, masculino y natural, sino que observan con cuidado cómo se comportan, visten, escriben, hablan o aman los demás, que aplastan la nariz, y la del país, contra libros muertos, sin aprobar a ningún poeta, filósofo o literato de aquí, sino pegados como perros a los talones de los poetas, filósofos y literatos de las naciones enemigas, y que promueven unas expresiones del pensamiento, unos modelos de caballerosidad y feminidad, unos hábitos sociales en Estos Estados, que desafían, subrepticiamente, los sustratos populares de Los Estados? Desde luego, ellos, y cuantos son como ellos, nunca podrán justificar los grandes poemas de América. Desde luego, ningún alimento que produzcan será apto ni bienvenido para muscular jamás los cuerpos masculino y femenino de la isla de Manhattan, Brooklyn, Boston, Worcester, Hartford, Portland, Montreal, Detroit, Búfalo, Cleveland, Milwaukee, San Luis, Indianápolis, Chicago, Cincinnati, la ciudad de Iowa, Filadelfia, Baltimore, Raleigh, Savannah, Charles ton, Mobile, Nueva Orleans, Galveston, Brownsville, San Francisco, La Habana y otras mil ciudades iguales, presentes y futuras. Desde luego, aquello para lo que se les ha utilizado, a ellos y a cuantos son como ellos, se acerca a su final, tras lo cual se les echará, y nunca más se volverá a saber de ninguno.

América ha concebido y alumbra vástagos propios que producirán el arte deseado. Para la libertad, para la fuerza, para los poemas, para la grandeza personal, nunca está permitido descansar, ni a una generación, ni a

parte de una generación. Haber madurado, sin posibilidad ya de crecimiento, es prepararse para morir. Los arquitectos de Estos Estados pusieron sus cimientos, y pasaron a esferas ulteriores. Lo que construyeron es trabajo ya hecho, pero queda todavía mucho por hacer. Ahora se necesitan otros arquitectos, cuyo deber no es menos difícil, sino, quizá, más difícil todavía. Todas las épocas necesitan siempre arquitectos. América no se ha acabado de construir, y quizá nunca termine de hacerlo: América es ahora un auténtico bosquejo divino. Hay treinta y dos Estados abocetados, y una población de treinta millones. Dentro de algunos años, habrá Cincuenta Estados, y, al cabo de algunos más, Cien; y la población será de cientos de millones, los más jóvenes y libres de los hombres. Por supuesto, estos hombres no esperan menos que la más joven y libre de las expresiones.

Los poetas de aquí, los literatos de aquí, se apoyarán en bases orgánicas diferentes de las de otros países; no serán una clase aparte, que se mire sistemáticamente el ombligo, modesta y linda, y se esfuerce con desespero por pergeñar rimas, gente demudada, blanca como el papel, aislada, conocedora de las viejas imágenes y tradiciones de la raza, pero ignorante de la raza que ahora los rodea, cuyos miembros no se reproducen entre sí, hasta acabar todos escrofulosos. ¡Tierra de la fraternidad, bardos de la fraternidad! Liberándose de las viejas tradiciones, como ha hecho nuestra política, los poetas y literatos americanos no reconocerán en el pasado nada superior a su presente; reconocerán con alegría las enérgicas formas de vida de los hombres y mujeres de Estos Estados, la divinidad del sexo, la perfecta compatibilidad de hembras y varones, a todos Los Estados, la libertad y la igualdad, los artículos de verdad, los diferentes oficios, los artesanos, los mozos de la isla de Manhattan, las costumbres, los instintos, las jergas, Wisconsin, Georgia, el noble corazón sureño, la sangre caliente, el espíritu que nunca será sino dueño y señor, el espíritu filibustero, el hombre del Oeste, las percepciones innatas, el ojo para las formas, la perfección modélica de las cosas hechas, el agreste sabor de la libertad, California, el dinero, los telégrafos eléctricos, el libre comercio, el hierro y las minas de hierro; reconocerán sin reparo los espléndidos e irresistibles poemas negros, los barcos de vapor y los estados costeros, y esos otros

espléndidos e irresistibles poemas, las locomotoras, tras las cuales pasan, en los estados del interior, filas y filas de vagones.

Aún queda algo por decir, sobre algo siempre presente, aunque todavía no se permita a la literatura reconocerlo, descartarlo o silenciarlo, y a la vista están los resultados. A la falta de un desarrollo franco, autorizado, que no sienta vergüenza, del sexo (la única salvación posible), y al hecho de que los que hablan y escriben asuman fraudulentamente como siempre muerto lo que todo el mundo sabe que está siempre vivo, debe atribuirse la notable impersonalidad y anodinia de la producción moderna de libros, arte y lenguaje; también que, si examinamos la vida de hombres y mujeres, la mayoría parezcan haber pertenecido, durante mucho tiempo, al género neutro; y también el hecho sorprendente de que, si en nuestra ortodoxa sociedad actual se intercambiaran los vestidos, los hombres pasarían fácilmente por mujeres, y las mujeres, por hombres.

La falta de fe lo usurpa casi todo con una cara fétida pero educada; entre otras cosas, la falta de fe en el sexo. Por silencio u obediencia, las plumas de los sabios, poetas, historiadores, biógrafos y demás han convenido en la detestable ley, y los libros se han sometido a ella, de que lo que hace hombre a un hombre, de que el sexo, la feminidad, la maternidad, los deseos, los impulsos lascivos, los órganos y actos, no se podían mencionar, que eran algo de lo que avergonzarse, algo que mantener oculto en la literatura, junto con todo lo que tuviese que ver con ellos. Hay que derogar esta ley detestable: es un obstáculo para las grandes reformas. Tanto a las mujeres como a los hombres les interesa que el sexo no se exprese sin fe, sino con fe perfecta. Ya falta poco para que las mujeres de Estos Estados disfruten de una igualdad orgánica con los hombres, sin la cual, me parece, los hombres no pueden disfrutar de una igualdad orgánica entre ellos.

Entonces se llenará el plato vacío de la galantería. Esta agua tibia, este amor deferente y diluido que se expresa en canciones, ficciones, etc., hace vomitar al hombre. En cuanto a la amistad entre varones, que se observa por todas partes en Los Estados, ni remotamente se observa en lo impreso. Yo digo que el cuerpo de un hombre o una mujer, que es lo principal, no se expresa hoy en poesía, pero que debe expresarse, igual que el sexo. Los bardos de Estos Estados, si nos planteamos la cuestión, han de decidir si

quieren celebrar en sus poemas la eterna decencia de la amatividad de la Naturaleza, la madre de todo, o si prefieren ser los bardos de ese engaño de buen tono que consiste en considerar al sexo como algo intrínsecamente repugnante, y de la endeble y quejumbrosa modestia de la privación. Esto es importante en poesía, porque las demás expresiones de la nación no hacen sino complementar sus grandes poemas. En lo sucesivo consideraré que los elementos vitales de toda teoría, sobre cualquier cosa, se estancan y se pudren, cobardemente, si no es capaz de aceptar públicamente, y nombrar públicamente, con palabras concretas, aquellas realidades de las que depende toda existencia, toda alma, toda comprensión, toda decencia, toda salud, todo aquello por lo que vale la pena estar aquí, toda mujer y todo hombre, toda belleza, toda pureza, toda dulzura, toda amistad, toda fuerza, toda vida y toda inmortalidad. El alma valerosa, durante los próximos uno o dos años, se demostrará por su fe en el sexo, y por no avenirse a concesiones.

Para los poetas y literatos, para los hombres y mujeres, de hoy o de cualquier época, las condiciones del presente, sus necesidades, peligros, prejuicios y demás, son las condiciones perfectas que justifican nuestra presencia aquí, y las condiciones necesarias para expresar el futuro con palabras que no puedan ser silenciadas. Estos Estados, que han recibido el nervio de épocas y tierras pasadas, empiezan a perfilar la devolución de mil veces lo recibido. Buscan a los grandes maestros americanos, a los que han esperado los mundos del pasado y el nuevo mundo, y que aceptan tanto el bien como el mal, la ignorancia y la erudición, lo blanco y lo negro, las cosas que han surgido aquí y las que han surgido en el extranjero, que no rechazan nada, ponen las discrepancias al alcance, las rodean a todas, las concentran en periodos y lugares actuales, y enseñan su utilidad a todos y cada uno de los cuerpos y almas, así como el uso adecuado de los precedentes. América siempre será inquieta y turbulenta. Este día se está gestando ya, no para menguar, sino para crecer, tormentosamente, caprichosamente, basado en principios autóctonos, ¡con partes tan proporcionadas! En cuanto a mí, me gusta gritar y pelearme; me encantan los días de calor abrasador.

Desde luego, tendremos un carácter nacional, una identidad. Como debe ser, y tan pronto como deba ser, será. Eso, como muchas otras cosas, se dará por su cuenta: es un resultado, y causa de resultados aún mejores. Con Ohio, Illinois, Misuri, Oregón, con los estados que bordean el mar de México, con los siempre bienvenidos inmigrantes de Europa, Asia y África, con Connecticut, Vermont, New Hampshire, Rhode Island, con múltiples intereses, hechos, creencias, partidos y génesis, se forjará un determinado carácter, con el que los hombres y mujeres libres de Los Estados, que ya lo sean o que aún hayan de serlo, sin excepción alguna, podrán conseguir cualquier cosa. Todos libres, sí, todos singulares, como conviene a estados y hombres vivos, pero todos adheridos también a una forma general, que los abarque por entero, de hacer política, a unos modales, a una forma de hablar y a un estilo comunes, igual que las diversas modalidades de la raza se adhieren a una sola forma física. Ese carácter será el cerebro y la espina dorsal de todo, incluyendo a la literatura, incluyendo a la poesía. Ese carácter, fuerte, flexible, justo, franco, de sangre americana, lleno de orgullo, lleno de naturalidad, de apasionada cordialidad, permanecerá firme, sobre la amplia base de la supremacía de la Individualidad, ese nuevo continente moral americano sin el cual, se me antoja, el continente físico estaría incompleto, sería quizá un cadáver, algo tumefacto, esa nueva América que responderá, cara a cara, con Los Estados, con mares y costas siempre satisfactorios, pero siempre imposibles de cartografiar.

Esas costas ha descubierto usted. Yo digo que usted ha conducido a Los Estados hasta ellas, me ha conducido a Mí hasta ellas. Digo que nadie ha hecho nunca más, ni podría hacer más, por Los Estados que usted. Otros acaso tracen líneas, edifiquen ciudades, perforen minas, parcelen granjas, pero sólo usted ha sido el verdadero y original Capitán que se ha hecho a la mar, intuitivo, positivo, y ha entregado el primer informe, del que hablarán durante muchos años, después de que se haya ido, no tanto otros informes como los marineros de mil bahías, en cada viraje de su arribada o su partida.

Reciba de mí, querido Maestro, estas palabras y estas seguridades, en nombre de todos los jóvenes, con un fervor que no hemos conocido antes de usted, y que es el mayor tras usted; solicitamos llevar su nombre en nuestro

ánimo, afirmamos haber entendido lo que usted ha indicado, y lo encontramos indicado en nosotros, y nos atendremos a ello, y nos engrandeceremos gracias a ello, a lo largo de Estos Estados.

WALT WHITMAN

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