Hojas de hierba & Selección de prosas
Capítulo 2
a las que me tienes encadenado algún tiempo, y de las que te niegas a soltarme,
aunque me das para que me harte, para enriquecerme el alma:
me das eternamente caras
(oh, ya veo lo que quería evitar: se me enfrenta, subvierte mis gritos;
veo a mi alma pisotear lo que pedía).
2
Guarda tu sol, silencioso y espléndido;
guarda tus bosques, oh, Naturaleza, y los apacibles parajes que los rodean;
guarda tus campos de trébol y alfalfa, tus maizales y huertos; guarda tus campos de alforfón en flor, en los que zumban las abejas del Noveno mes;
dame caras y calles, ¡dame esos fantasmas incesantes, interminables, que andan por las trottoirs[358]!;
dame ojos sin fin, dame mujeres, ¡dame camaradas y amantes a millares!:
que cada día vea nuevos, y que cada día les dé la mano;
dame espectáculos así, ¡dame las calles de Manhattan!;
dame Broadway, y desfiles de soldados, ¡dame el sonido de trompetas y tambores!
(compañías o regimientos de soldados: algunos bisoños, exaltados y temerarios;
otros, cumplido ya el plazo, vuelven en filas diezmadas, jóvenes pero muy envejecidos, exhaustos, y marchan sin reparar en nada);
¡dame las costas y los muelles espesamente orlados por la oscuridad de los barcos!
¡Oh, que sea para mí! ¡Oh, una vida intensa, llena hasta reventar, y variada!
¡La vida del teatro, de la taberna, del gran hotel, para mí!
¡La cantina del barco de vapor! ¡La excursión multitudinaria!
¡El desfile a la luz de las antorchas!
Las prietas filas de la brigada que marcha a la guerra, seguida por los carros del ejército, cargados hasta los topes;
gente, interminable, que pasa dando grandes voces, pasiones, festivales,
las calles de Manhattan con su latir poderoso, con redoble de tambores, como ahora,
el coro bullicioso e interminable, el entrechocar de los mosquetes (incluso el espectáculo de los heridos),
¡las multitudes de Manhattan, con su turbulento coro musical!, los ojos y las caras de Manhattan, para mí, siempre.
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