Hojas de hierba & Selección de prosas
Capítulo 2
El italiano o el francés están seguros, el alemán está seguro, el español está seguro y el isleño de Cuba está seguro.
El mecánico, la tripulación de cubierta de los Grandes Lagos, o del Misisipí o del San Lorenzo o del Sacramento[279], o de la
bahía de Hudson o de Paumanok, lo reclaman como suyo.
El hidalgo con pureza de sangre reconoce la pureza de la suya; el que insulta, la prostituta, el ciego de ira, el mendigo, se ven a sí mismos en sus formas de comportarse: extrañamente los transmuta,
ya no son viles: apenas se reconocen, tanto han cambiado.
2
Las revelaciones y la correspondencia del tiempo,
la perfecta sensatez denota al maestro entre los filósofos;
el tiempo, nunca interrumpido, se revela por partes;
lo que revela siempre al poeta es la agradable compañía de una multitud de cantores, y de sus palabras;
las palabras de los cantores son las horas o los minutos de luz o de sombra, pero las palabras del hacedor de poemas son la
luz y la sombra universales;
el hacedor de poemas establece la justicia, la realidad y la inmortalidad;
su penetración y su poder envuelven las cosas y a la raza humana;
él es la gloria, y por eso extrae tanto de las cosas y de la raza humana.
Los cantores no engendran; sólo el Poeta engendra.
Los cantores son bienvenidos y comprendidos, y aparecen con
bastante frecuencia, pero raros son el día y el lugar en que haya nacido el hacedor de poemas, el que Responde
(ese día no se ha dado en un siglo, ni en cinco siglos, a pesar de sus muchos nombres).
Los cantores de las sucesivas horas de los siglos pueden tener nombres ostensibles, pero el nombre de cada uno de ellos es
el de un cantor.
El nombre de cada uno es cantor de la vista, cantor del oído, cantor de la cabeza, cantor de la dulzura, cantor de la noche, cantor de los salones, cantor del amor, cantor del misterio, o de otras cosas.
Esperad ahora y siempre las palabras de los verdaderos poemas.
Las palabras de los verdaderos poemas no sólo agradan;
los verdaderos poetas no son seguidores de la belleza, sino maestros augustos de la belleza;
la grandeza de los hijos es la exudación de la grandeza de las madres y los padres;
las palabras de los verdaderos poemas son la culminación, el aplauso final de la ciencia.
Instinto divino, amplitud de miras, la ley de la razón, salud, rudeza del cuerpo, recogimiento,
alegría, el sol que nos broncea, la dulzura del aire: he aquí algunas de las palabras de los poemas.
El marinero y el viajero subyacen en el hacedor de poemas, el que Responde;
el constructor, el geómetra, el químico, el anatomista, el frenólogo, el artista: todos ellos subyacen en el hacedor de poemas, el que Responde.
Las palabras de los verdaderos poemas os dan más que poemas:
os dan con qué crear, por vosotros mismos, poemas, religiones, política, guerra, paz, conducta, historias, ensayos, vida cotidiana y todo lo demás;
igualan rangos, colores, razas, credos y sexos;
no buscan la belleza: son buscadas;
siempre tocándolas, o muy cerca de ellas, les sigue la belleza, deseante, dispuesta, enferma de amor.
Preparan para la muerte, pero no son el final, sino más bien el principio.
No llevan a nadie, hombre o mujer, a su término, ni a darse por satisfecho o sentirse colmado.
A quien se llevan, se lo llevan para arrojarlo al espacio y que contemple el nacimiento de las estrellas, que aprenda uno de los significados,
que se lance con absoluta fe y recorra los anillos infinitos, y no vuelva a encontrar reposo.
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