Hojas de hierba & Selección de prosas
Capítulo 2
No son sus semblantes los que miran, sino los de quienes están con ellas,
los semblantes de las mujeres o los niños, o los semblantes masculinos,
los francos semblantes de los animales o los seres inanimados, el paisaje o las aguas o la exquisita aparición del cielo,
nuestros semblantes, el mío y el tuyo, cuya imagen devuelven fielmente.
Cada día, sin falta, aparecen en público, pero nunca dos veces con el mismo acompañante.
Abrazando al hombre, abrazándolo todo, proceden los
trescientos sesenta y cinco, irresistiblemente, alrededor del sol;
abrazándolo todo, con su alivio, con su sostén, les siguen, muy de cerca, trescientos sesenta y cinco descendientes de los primeros, tan seguros y necesarios como ellos.
Dando tumbos, pero avanzando con firmeza, sin miedo a nada,
soportando, atravesando, transportando eternamente la luz del sol, la tormenta, el frío y el calor,
heredando la comprensión y la determinación del alma,
penetrando y dividiendo el fluido vacío que lo rodea y hacia el que se dirige,
sin que lo retrase impedimento alguno, sin anclar ningún ancla, sin estrellarse contra arrecife alguno,
veloz, alegre, satisfecho, sin privación ni pérdida,
capaz de todo y listo para rendir cuentas en cualquier momento,
el divino barco surca el mar divino.
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¡Quienquiera que seas! El movimiento y la reflexión te están destinados.