Hojas de hierba & Selección de prosas

Walt Whitman · Capítulo 389 de 587

Páginas del PDF

Hojas de hierba & Selección de prosas

Altiva música de la tormenta

1

Altiva música de la tormenta,

ráfaga que silba, libérrima, por las praderas,

recio susurrar de las copas de los árboles, viento de las montañas,

formas imprecisas, como personas; vosotras, orquestas

escondidas;

vosotras, serenatas de fantasmas con los instrumentos a punto, que mezcláis con el ritmo de la Naturaleza las lenguas de todas las naciones;

vosotros, acordes que se dirían abandonados por grandes compositores; vosotros, coros;

vosotras, danzas religiosas, informes, libres; vosotras, venidas de Oriente;

vosotros, rumor de los ríos y rugir de las cascadas;

vosotros, disparos lejanos y galopar de la caballería,

ecos de campamentos con toda suerte de toques de corneta:

¿por qué venís en tropel, e irrumpís en la solitaria habitación en la que sueño, conquistando la madrugada,

y os apoderáis de mí, y me dejáis desfalleciente?

2

Adelante, oh, alma mía, y que lo demás se desvanezca.

Escucha, no los pierdas: es a ti al que se dirigen,

hendiendo la noche, irrumpiendo en la habitación de mis sueños;

por ti cantan y bailan, oh, alma.

Un canto festivo,

el dúo del novio y la novia, una marcha nupcial,

cantada con labios de amor, con el corazón de los amantes rebosando amor,

y el rubor de las mejillas, y los perfumes, y el cortejo inquieto, lleno de rostros amigos de mayores y jóvenes,

y las notas limpias de las flautas, y el cantábile de las arpas.

Se acerca ahora el retumbar de los tambores.

¡Victoria[392]! ¿Ves, entre la humareda de la pólvora, los estandartes hechos jirones, pero aún ondeantes, la

desbandada de los vencidos?

¿Oyes los vítores del ejército vencedor?

(Ah, alma, los sollozos de las mujeres, el gemir agónico de los heridos,

el silbido y la crepitación de las llamas, las ruinas ennegrecidas, las ciudades en cenizas,

el canto fúnebre y la desolación de la humanidad).

Ahora me colman unos aires antiguos, medievales.

Veo y oigo a viejos arpistas tañer sus instrumentos en los festivales galeses;

oigo a los minnesinger[393] cantar sus trovas de amor;

oigo a los juglares, a rapsodas, los trovadores, de la Edad Media.

Suena ahora el gran órgano,

trémulo, mientras debajo (como los cimientos de la tierra,

en los que, habiendo surgido, descansan, y de los que, habiendo brotado, dependen,