Hojas de hierba & Selección de prosas
Capítulo 42
como una revelación.
Los mozos encaramados a los carros de incendio o a las escalas de cuerda no valen menos, a mis ojos, que los dioses de las
guerras de antaño.
Oigo resonar sus voces en el estruendo de la destrucción.
Sus brazos poderosos pasan indemnes por sobre listones carbonizados; sus frentes blancas emergen, ilesas, de las llamas.
Junto a la mujer del artesano, con el bebé aferrado al pezón, que intercede por todos los nacidos,
silban, durante la cosecha, las tres guadañas en fila de tres fornidos ángeles a los que la camisa se les ha salido del pantalón.
El mozo de cuadra pelirrojo, de dientes desiguales, expía sus pecados pasados y futuros
vendiendo cuanto posee, viajando a pie para pagar a los abogados de su hermano, y sentándose a su lado mientras se
le juzga por estafa.
Lo que se ha esparcido tan generosamente yace en la vara cuadrada que me circunda, pero no alcanza a colmarla.
Nunca se ha rendido suficiente adoración al toro y al escarabajo[198],
ni se ha imaginado cuán admirables son el estiércol y la mugre.
Lo sobrenatural carece de importancia: yo mismo espero la hora en que me convierta en ser supremo.
Ya se acerca el día en que haga tanto bien como los mejores, y sea tan prodigioso como ellos.
¡Por mis cojones! Ya soy un creador,
y aquí y ahora penetro en el seno emboscado de las sombras.
42
Clamo entre la multitud.
Mi propia voz, rotunda, arrolladora, definitiva.
Venid, hijos míos.
Venid, niños y niñas, mujeres, parientes y amigos íntimos.
Ahora el intérprete muestra su destreza; ya ha ejecutado el preludio de flauta.
Acordes fáciles para dedos ágiles: siento el resonar de vuestro clímax y de vuestro final.
La cabeza me da vueltas.
Rueda la música, pero no proviene del órgano.
Me rodea la gente, pero no son nada mío.
Siempre la tierra dura y compacta;
siempre los que comen y los que beben, siempre el sol naciente y el sol poniente, siempre el aire y las mareas incesantes;
siempre yo y mis vecinos, alentadores, perversos, reales;
siempre la antigua e inexplicable pregunta, siempre esa espina en el pulgar, ese aliento de escozor y sed;
siempre la chanza hiriente, hasta que descubrimos el escondrijo del que se burla y lo obligamos a salir;
siempre el amor, siempre el sollozante humor de la vida;
siempre la venda que sujeta la mandíbula, siempre los caballetes de la muerte.
Y los que caminan, por todas partes, con céntimos en los ojos[199]
y se estrujan el cerebro para aplacar la avidez de sus vientres: compran billetes, cobran, venden, pero nunca acuden a la fiesta.
Muchos sudan, aran y trillan, pero sólo reciben desechos en pago;
unos pocos poseen sin esfuerzo, y no dejan de reclamar el trigo.
Ésta es la ciudad y yo soy uno de los ciudadanos.
Lo que interesa a los demás, me interesa a mí: la política, las guerras, los mercados, los periódicos, las escuelas,
el alcalde y los concejos, los bancos, los aranceles, los barcos de vapor, las fábricas, las acciones, los comercios, los bienes muebles e inmuebles.
Pululan innumerables homúnculos, enfundados en levitas y cuellos de almidón.
Sé quiénes son (y puedo asegurar que no son gusanos ni pulgas).
Reconozco a mis dobles: el más endeble y superficial es inmortal, como yo.
Lo que yo haga y diga, les espera a ellos también.
Los pensamientos que se debaten en mí, se debaten también en ellos.
Conozco perfectamente mi egoísmo.
Sé que mis versos son omnívoros, pero he de seguir
escribiéndolos.
Quienquiera que seas, te llevaré a mi altura.
Este canto mío no es fruto de la rutina,
sino una abrupta interrogación que se aleja, a grandes saltos, para acercar las cosas.
He aquí el libro impreso y encuadernado, pero ¿y el impresor y su aprendiz?
He aquí las fotografías bien tomadas, pero ¿y tu mujer o tu amigo, estrechados entre tus brazos?
He aquí el acorazado negro y los poderosos cañones de sus torretas, pero ¿y el valor del capitán y los fogoneros?
He aquí, en las casas, las vajillas, las viandas y el mobiliario, pero ¿y los anfitriones, y la mirada de sus ojos?
He ahí el cielo, pero ¿y aquí, o en la puerta de al lado, o al cruzar la calle?
He aquí los santos y sabios de la historia, pero ¿y tú?