Hojas de hierba & Selección de prosas
Compendio
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La muerte de Abraham Lincoln
Conferencia dictada en Nueva York el 14 de abril de 1879; en Filadelfia, en 1880; y en Boston, en 1881.
Con cuánta frecuencia, desde aquel oscuro y lluvioso sábado, desde aquel frío día de abril, hace hoy quince años, ha abrigado mi corazón el sueño, el deseo de dedicar a la muerte de Abraham Lincoln un pensamiento y un recuerdo especiales. Y, sin embargo, ahora que se me ofrece la oportunidad tan ansiada, veo que mis notas no sirven (¿por qué, en los asuntos realmente profundos, resulta tan impreciso lo que se dice?; ¿por qué nunca damos con la frase adecuada?), y el tributo perfecto con el que he soñado se revela más falto de preparación que nunca. Ciertamente, mi charla de hoy se justifica menos por sí misma, o por nada de lo que pueda contener, que por mi deseo, ajeno a cualquier discurso, de señalar el día, el martirio. Es por este motivo, amigos míos, por el que os he convocado. Por muy a menudo que los años que pasan nos devuelvan esa hora, revivámosla, siquiera brevemente, una vez más. Por mi parte, espero y deseo, hasta el mismo día de mi muerte, reunir a un grupo de amigos cada año, cuando llegue el 14 o el 15 de abril, y conmemorar aquella tragedia; una conmemoración que no ha de ser parcial ni local, porque la tragedia afecta a estos Estados en su totalidad: no sólo al Norte, sino también al Sur, y quizá aún con más ternura y devoción al Sur, porque de él proviene el linaje de este hombre, porque suya es la impronta que recibiera. ¿Por qué debería ocultar que del Sur derivan sus rasgos más viriles, su universalidad, sus modales suaves, desembarazados, y, a la vez, la inflexible determinación y el valor de su corazón? ¿No habéis reparado nunca, amigos míos, en que Lincoln, aunque trasplantado al Oeste, es, esencialmente, en personalidad y carácter, una contribución del Sur?
Y, aunque de ningún modo me propongo resumir esta noche la Guerra de Secesión, sí me gustaría recordaros, brevemente, las condiciones que precedieron a la contienda. Durante veinte años, y especialmente durante los cuatro o cinco inmediatamente anteriores al estallido del conflicto, las cosas en los Estados Unidos, aunque sin el fogonazo de la conmoción militar, presentaban un aspecto peor que una batalla, o una campaña prolongada, o incluso que una serie de convulsiones de la Naturaleza: las pasiones desatadas del Sur, la extraña mezcla, en el Norte, de inercia, incredulidad y conciencia del poder, el comportamiento incendiario de los abolicionistas, la truhanería y el agarre de los políticos, sin igual en país ni época algunos. A estos factores no debo dejar de añadir la honradez de la mayoría de la gente en todas partes, aunque su furia y las contradicciones de su naturaleza fuesen mayores que las olas del Atlántico en el más inclemente equinoccio. ¿Qué puede haber más ominoso en política (aunque, en general, no se apreciara así entonces), o más significativo, que la Presidenciada de Fillmore y Buchanan[529]? Lo cual es prueba concluyente de que la flaqueza y la perfidia de los gobernantes elegidos puede afligirnos aquí tanto como en los países del Viejo Mundo, con sus monarquías, emperadores y aristocracias. En el Viejo Mundo se oían por todas partes ruidos sofocados, que se extinguían, para reaparecer luego, mientras que, en América, el volcán, aunque todavía cívico, no dejaba de crecer, cada vez con mayores sacudidas, cada vez más tormentoso y amenazador.
En la cúspide de toda esta turbación y este caos, primero en la periferia, pero después en pleno centro, y destinado a desempeñar un papel protagonista, aparece una extraña, una insólita figura. No olvidaré fácilmente la primera vez que vi a Abraham Lincoln. Debe de haber sido hacia el 18 o 19 de febrero de 1861. Era una tarde agradable en la ciudad de Nueva York. Él, llegado del Oeste, apenas iba a pasar allí unas horas, para seguir luego a Washington, donde había de tomar posesión del cargo. Lo vi en Broadway, cerca de donde ahora está la oficina de Correos. Él bajaba, creo, por la calle Canal, y se paró en la Casa Astor. Las calles, las espaciosas aceras del barrio se llenaron, y no poco trecho, de multitudes compactas: eran muchos miles de personas. Se había desviado a los ómnibus y demás vehículos, y dejado, así, aquella parte de la ciudad,
siempre ruidosa, en un inusual silencio. En aquel momento, dos o tres calesas destartaladas, tiradas por jamelgos, se abrieron paso, con dificultad, por entre el gentío. Se acercaron a la Casa Astor, y allí se detuvieron. Una figura espigada se apeó del centro de la comitiva, se quedó un momento en la acera, miró los muros de granito y la amenazante arquitectura del viejo y grandioso hotel, y luego, después de estirar bien los brazos y las piernas, se dio la vuelta para observar con calma y expresión divertida, durante más de un minuto, a la muchedumbre silenciosa. No hubo discursos, ni cumplidos, ni bienvenidas; hasta donde yo alcancé a oír, no se dijo una palabra. Pero aquel mutismo escondía mucha inquietud. Algunos tenían miedo de que se profirieran insultos o indignidades contra el presidente electo, porque no gozaba de la menor popularidad personal en Nueva York, y de muy escasa popularidad política. Pero era evidente que se había acordado tácitamente que, si los pocos partidarios políticos del Sr. Lincoln que estuvieran presentes se abstenían por completo de manifestarle su apoyo, la inmensa mayoría, que eran cualquier cosa menos partidarios suyos, también se abstendrían de expresar su oposición. El resultado de aquella componenda fue un silencio hosco, pero que no se rompió; un silencio como nunca había guardado una multitud tan enorme en Nueva York.
Casi en el mismo barrio recuerdo con claridad haber visto a Lafayette cuando visitó América en 1825. También vi y oí, varios años después, las calurosas bienvenidas que se dispensaron allí a Andrew Jackson, a Clay, a Webster, al húngaro Kossuth, al filibustero Walker, al Príncipe de Gales[530]
en la visita que nos hizo, y a otras celebridades, nacionales y extranjeras, con ese magnetismo, con ese indescriptible rugido humano, que no se parece a ningún otro sonido del universo, ¡con los gritos exultantes, jubilosos, atronadores, de innumerables gargantas sin freno! Pero, en esta ocasión, no se oyó ni una voz, ni un sonido. Encaramado a lo más alto de un ómnibus (que había llegado hasta muy cerca de allí y se había quedado bloqueado entre el bordillo y la multitud), yo disfrutaba, creedme, de una magnífica vista de todo, y especialmente del Sr. Lincoln: de su mirada y su porte, de su perfecta compostura y tranquilidad, de su insólita y desgarbada estatura, de su vestimenta, completamente negra, de su chistera un poco echada hacia atrás, de sus rasgos cetrinos, de su rostro arrugado, con
costurones, pero no desagradable, de su mata de pelo negro, de su cuello desproporcionadamente largo, y de las manos que se sujetaba por detrás, mientras observaba a la gente. Miraba con curiosidad aquel inmenso mar de caras, y el mar de caras le devolvía la mirada con parecida curiosidad. En ambos había una cierto aire de comedia, casi de farsa, como consigue Shakespeare en sus tragedias más sombrías. Lo rodeaba una muchedumbre, diría yo, de unas treinta o cuarenta mil personas, entre las que no se contaba ni un solo amigo personal suyo. En cambio, no tengo ninguna duda (tan demenciales eran los fermentos de aquella época) de que muchos cuchillos y pistolas asesinos acechaban en los bolsillos de los presentes, del pecho o de la cadera, listos para asomar en cuanto surgiera la posibilidad o estallase el desorden.
Pero la posibilidad no surgió, ni estalló desorden alguno. Aquella figura alta volvió a estirar, una o dos veces, los brazos y las piernas, y después, con paso tranquilo, y acompañado por unos pocos desconocidos, subió la escalinata de la Casa Astor, desapareció por su amplia entrada, y ahí acabó la pantomima.
Vi a menudo a Abraham Lincoln los cuatro años siguientes. Cambió mucho y muy deprisa durante su Presidencia, pero esta escena, y él en ella, están grabadas indeleblemente en mi memoria. Sentado en el techo del ómnibus, y viéndolo muy bien, se me ocurrió, de manera imprecisa, rudimentaria, entonces, pero con paulatina claridad después, que harían falta cuatro clases de genios, cuatro pares de manos primigenias y poderosas, para completar el retrato futuro de este hombre: los ojos, el cerebro y el tacto de Plutarco, Esquilo y Miguel Ángel, con la ayuda de Rabelais.
Y ahora (el Sr. Lincoln ha abandonado esta escena para trasladarse a Washington, donde ha tomado posesión del cargo, rodeado por jinetes armados y francotiradores en todas las esquinas, el primer ejemplo de algo así —y espero que también el último— en nuestra historia), ahora ya ha tenido lugar una rápida sucesión de acontecimientos sobradamente conocidos (demasiado bien conocidos: hoy, creo, detestamos oírlos mencionar): la bandera nacional, acribillada en Sumter[531]; el levantamiento del Norte, en un paroxismo de estupor e ira; el caos de los
ayuntamientos; la llamada a filas; el primer Bull Run; el sorprendente hundimiento y la consternación del Norte; y, en fin, la Guerra de Secesión que ha seguido. Cuatro años de feroz, sanguinaria, tenebrosa, espeluznante guerra. ¿Quién podrá pintar sus escenas?: los enfrentamientos encarnizados; las derrotas, planes y fracasos; las horas y días oscuros, cuando nuestra Nacionalidad parecía embargada por la duda, a un paso de la muerte; la sonrisa mefistofélica de las naciones extranjeras y de sus agregados diplomáticos; el temido Escila de la intervención europea y el Caribdis de los estratos latentes, y tremendamente peligrosos, de simpatizantes de la secesión en los Estados libres (mucho más numerosos de lo que se supone); las largas marchas en verano; el calor, el sudor y, a menudo, la insolación, como camino de Gettysburgh en i863[532]; las batallas nocturnas en los bosques, como la sostenida por Hooker en Chancellorsville[533]; los campamentos en invierno; las prisiones militares; los hospitales (¡ay!, ¡ay!,
¡los hospitales!).
¿La Guerra de Secesión? No: permitidme que la llame la Guerra de la Unión. Aunque, la llamemos como la llamemos, todavía la tenemos demasiado cerca: es demasiado grande, y la sombra que proyecta nos eclipsa; sus ramas, aún no bien formadas (pero seguras), se pierden en el futuro, y las más significativas y vigorosas no han crecido todavía. Saldrá una gran literatura de esta época, de estos cuatro años y estas escenas; una época que comprende siglos de pasión nativa, pinturas excelentes, tempestades de vida y muerte: una mina inagotable para quienes, en el futuro, quieran escribir relatos, dramas, romances e incluso filosofía. Será, de hecho, la columna vertebral de la poesía y el arte (y también del carácter personal) de la futura América, mucho más grandiosa, en mi opinión, para las manos que sean capaces de trabajarla, de lo que fue el asedio homérico de Troya o las guerras de Francia para Shakespeare.
Pero debo dejar las especulaciones y volver al tema que me he asignado, y al que quiero ceñirme. Aunque mucho se ha escrito sobre el asesinato del presidente Lincoln, probablemente los hechos sigan resultando borrosos para muchos. Leo de mis notas, escritas en aquel momento, y revisadas muchas veces hasta hoy.
El día, el 14 de abril de 1865, parece que fue agradable en todo el país, como el ambiente moral. La larga tormenta, oscura y fratricida, llena de sangre y tiniebla y vacilación, había terminado con el amanecer de la absoluta victoria Nacional y el ocaso definitivo del Secesionismo. ¡Apenas nos lo podíamos creer! Lee había capitulado a la sombra del manzano de Appomattox[534].18 Los demás ejércitos, los flancos de la revuelta, no tardaron en seguir su ejemplo. ¿Podía ser, pues? ¿De verdad? De todos los asuntos de un mundo presidido por la confrontación y el fracaso y el desorden, ¿había llegado, se había confirmado aquella inequívoca señal de un plan, como una flecha de la purísima luz de Dios y de su legítimo reinado? El día era, como digo, propicio. Había empezado a crecer la hierba, a florecer las flores. (Recuerdo que, donde yo me encontraba en aquel momento, bien entrada ya la primavera, abundaban las lilas. Por uno de esos caprichos del azar, que dan color a los acontecimientos sin formar parte de ellos, ver y oler esas flores me recuerda siempre la gran tragedia que tuvo lugar aquel día. Nunca falla).
Pero no quiero entretenerme en los detalles. Urgen los hechos. El popular periódico vespertino de Washington, el pequeño Evening Star, había llenado su tercera página, sensacionalista, con el anuncio, mil veces repetido, entre muchos otros, de que El presidente y su esposa irán al teatro esta noche… (A Lincoln le gustaba el teatro. Yo mismo lo había visto varias veces asistir a representaciones. Recuerdo haber pensado lo raro que era que él, en algunos aspectos el protagonista del más tormentoso drama que hubiera conocido el escenario real de la historia en muchos siglos, estuviera allí sentado, tan sumamente interesado, y hasta absorto, en los estúpidos mohines, el espíritu foráneo y el texto flatulento de aquellos espantapájaros).
En aquella ocasión, el teatro estaba abarrotado. Menudeaban las damas con sus mejores galas, los oficiales de uniforme, los ciudadanos conocidos, los jóvenes y las acostumbradas luces de gas: todo el magnetismo de un gentío tan numeroso y animado, de los perfumes, la música de los violines y las flautas (y, sobre todo, saturándolo todo, la vasta y vaga maravilla de la Victoria, la victoria de la nación, el triunfo de la Unión, que colmaba el aire,
el pensamiento, los sentidos, de una euforia superior a la que suscitaban la música y los perfumes).
El presidente llegó temprano y, con su mujer, vio la obra desde dos grandes palcos del segundo piso, muy cercanos al escenario, habilitados como uno, y profusamente decorados con la bandera nacional. Las escenas de la pieza —una de esas composiciones ( Nuestro primo americano[535]),
singularmente escritas, que tienen al menos la virtud de proporcionar un completo descanso a un público cuya actividad mental es constante, agobiado a diario por las exigencias y sobresaltos de los negocios, puesto que no plantea el menor problema de carácter moral, emocional, estético o espiritual, y en la que, entre otros personajes, por llamarlos de algún modo, un yanqui como nunca se ha visto, o como apenas se ha visto jamás, en Norteamérica, llega a Inglaterra y se enzarza en una cháchara insustancial, y en las truculencias, paisajes y fantasmagorías que requiere la composición de un drama popular moderno— ya habían alcanzado el tercer acto[536],
cuando, en medio de la comedia, o de la no-comedia, o como quiera llamársela, y para contrapesarla, o para redondearla, como si fuera una burla de la Naturaleza o de la Musa para con aquellos pobres mimos, se intercaló aquella escena que resulta, en verdad, imposible de describir, o de describir con exactitud (puesto que, en los muchos cientos de personas que estaban allí, parece haber dejado sólo una impresión borrosa y pasajera, un rastro onírico, una mancha), pero que me propongo esbozar aquí, siquiera parcialmente. En la obra hay una escena, que transcurre en un moderno salón, en la que ese yanqui imposible informa a dos damas inglesas, asimismo sin precedentes, de que no es un aventurero ni, por lo tanto, un indeseable para sus propósitos matrimoniales, después de lo cual, y habiendo concluido la conversación, el trío dramático hace mutis y el escenario se queda vacío un momento. En ese momento se produjo el asesinato de Abraham Lincoln[537]. Por grandes y múltiples que sean sus consecuencias, y por mucho que condicionen y se prolonguen, durante siglos, en el futuro —en la política, la historia, el arte, etc., del Nuevo Mundo—, lo cierto es que lo principal, el asesinato real, tuvo lugar con la placidez y la simplicidad de un suceso cualquiera: como el reventar de un capullo o una vaina en una planta que crece, por ejemplo. Al murmullo
general que siguió al mutis de los actores, al ruido que hizo el público al removerse en los asientos, se sumó la detonación amortiguada de un pistoletazo, que ni una centésima parte del público alcanzó a oír, pero que luego, tras un momento de silencio, suscitó un vago estremecimiento de espanto. Entonces, en el palco del presidente, engalanado con las banderas con las barras y estrellas, se alza de repente una figura, que se encarama, ayudándose con las manos y los pies, a la barandilla, y salta al escenario (a una distancia de, quizá, catorce o quince pies), aunque el tacón de una bota se le enreda en las abundantes colgaduras (una bandera americana) y cae mal, sobre una rodilla[538]. Pero se recobra de inmediato, se levanta como si nada hubiera sucedido (en realidad, se ha torcido el tobillo, pero todavía no se ha dado cuenta) y la figura, Booth, el asesino, vestido de velarte negro, sin sombrero, con una melena negra y brillante, como un cuervo, y los ojos de un animal enloquecido, fulgurantes y resueltos, con una serenidad que no deja de ser extraña, alza un cuchillo enorme, que blande en una mano, se aleja algunos pasos de las candilejas, vuelve por completo al público un rostro de belleza estatuaria, iluminado por aquellos ojos de basilisco, que irradian desesperación, acaso locura, profiere, en voz alta, con firmeza, las palabras Sic semper tyrannise[539] cruza en diagonal el escenario, con paso ni lento ni muy rápido, y desaparece entre bambalinas. (¿Había ensayado Booth con antelación esta escena, esta terrible escena, en blanco, reduciendo al ridículo a los imitadores?)
Un momento de silencio, un alarido y el grito de asesinato. La Sra.
Lincoln se asoma desde el palco, demudada, lívida, y, señalando a la figura que se aleja, exclama: Ha matado al presidente. Hay entonces un instante de extraño, de incrédulo suspense, ¡y luego el diluvio!, con una mezcla de horror, estrépito e incertidumbre. (Se oye, al fondo, en alguna parte, el repicar de los cascos de un caballo que se aleja a toda velocidad[540]). La gente se abalanza por entre sillas y barandas, y las rompe. Hay un terror y una confusión inextricables. Las mujeres se desmayan. Los más débiles se van al suelo, y los demás los pisotean. Se oyen muchos gritos de dolor. De repente, el amplio escenario se ha llenado, hasta la asfixia, de una abigarrada multitud, como un horrible carnaval. El público corre por él, al menos los hombres más fuertes; los actores y actrices siguen allí,
maquillados y vestidos para sus papeles, aunque sus coloretes traslucen un susto mortal. Los gritos, las llamadas, las palabras alborotadas, se duplican, se triplican. Dos o tres consiguen hacer llegar agua desde el escenario al palco presidencial; otros intentan trepar; etc., etc.
En medio de todo esto, los soldados de la guardia presidencial, junto con otros, rápidamente llegados a la escena, irrumpen en el lugar (unos doscientos, en total), ocupan la platea y recorren los palcos, especialmente los superiores, encolerizados, y literalmente encañonan al público, con las bayonetas caladas, al grito de: ¡Desalojad, desalojad, hijos de…! Tal era la pavorosa escena, o más bien un esbozo de la escena, que se vivió en el teatro aquella noche.
Fuera, asimismo, en un ambiente de locura y estupor, multitud de personas, henchidas de furia, y dispuestas a darle salida como fuese, estuvieron varias veces a punto de asesinar a personas inocentes. Un caso resultó especialmente sobrecogedor. Por algún azar, la muchedumbre, enfurecida, la había tomado con un hombre, quizá por algo que había dicho, o sin motivo alguno, y se disponía a lincharlo, sin más, en una farola cercana. Sin embargo, al hombre lo rescataron unos heroicos policías, que formaron un cordón a su alrededor y consiguieron abrirse paso, despacio y con gran peligro, hasta la comisaría. Aquel episodio reflejaba muy bien lo que estaba pasando: la muchedumbre feroz, precipitándose como la marea; la noche, los gritos, las caras demudadas, mucha gente asustada intentando, en vano, escapar de allí; el hombre atacado, apenas rescatado de las fauces de la muerte, con aspecto de cadáver; la media docena de policías callados, decididos, sin otras armas que las porras, y, pese a ello, firmes ante aquel enjambre enloquecido: sí, una escena adecuada para secundar la grandiosa tragedia del asesinato. Los policías llegaron a la comisaría con el hombre al que protegían, le hicieron pasar allí la noche, por seguridad, y lo dejaron ir a la mañana siguiente.
Y, en medio de este pandemonio, de los soldados rabiosos, el público y las multitudes, el escenario, los actores y actrices, los tarros de pintura, las lentejuelas y las luces de gas, la sangre se escapa poco a poco de las mejores y más dulces venas del país, y la espuma de la muerte empieza a burbujear en sus labios.
Éstos fueron los incidentes y las circunstancias que rodearon el asesinato de Abraham Lincoln, tal como ocurrieron. Así acabó el intento de secesión de estos Estados; así, una guerra de cuatro años. Pero lo más importante llegó, sutil e inadvertidamente, después, acaso mucho después, y no fue ni militar, ni político, ni histórico (por importante que fuese este aspecto). Digo que algunas consecuencias, secundarias e indirectas, de esta trágica muerte son, en mi opinión, más relevantes. No el hecho del asesinato en sí; ni que el Sr. Lincoln hilvane los principales aspectos y personajes de este periodo, como cuentas, en el hilo único de su carrera; ni que su idiosincrasia, de tan súbita aparición y desaparición, deje una impronta en esta República más poderosa y duradera que la de cualquier otro (más, incluso, que Washington). Junto con todo lo anterior, el significado y el valor inestimable de esta tragedia radica, en mi opinión, en sentidos por los que este país siente devoción (y que son enteramente nuestros): imaginativos y artísticos, literarios y dramáticos. Y no en la dimensión más baja u ordinaria de dichos términos, sino en la más preciada por la raza, y por cualquier época. Una larga y heterogénea serie de acontecimientos contradictorios alcanza por fin su más alto desenlace poético, pictórico, singular, central. Todo el desconcertante y multiforme torbellino del periodo de secesión desemboca en esta crisis, se concentra en este relámpago instantáneo e iluminador: en este único hecho, simple y atroz. La tajante culminación, y, en cierto modo, la solución, de tantos sangrientos y enconados problemas ilustra estos momentos de clímax en el escenario del Tiempo universal, donde la Musa de la historia, en una entrada, y la Musa de la tragedia, en la otra, bajan de repente el telón y ponen fin, así, a un acto inmenso del larguísimo drama del pensamiento creativo, dándole una irradiación, una viveza, más extraña que la ficción.
¡Óptima irradiación, óptimo final! ¡Cuánto le gustan a la imaginación, y a los estudiantes, estas cosas! También América ha de contar con ellas.
Porque ninguna muerte gloriosa, antigua o moderna —ni la de César en el senado romano; ni la de Napoleón con aquella terrible tormenta en Santa Elena[541]; ni la de los Paleólogos, tras una lucha desesperada, abatidos sobre docenas de cadáveres griegos[542]; ni la del viejo Sócrates, bebiéndose, con serenidad, la cicuta—, supera, en la vida de un hombre,
este final de la Guerra de Secesión, aquí, con nosotros alrededor, en nuestra propia época, este sello de la emancipación de tres millones de esclavos, ese parto de nuestra República por fin realmente libre, renacida para iniciar su proyecto de Unión genuinamente homogénea, compacta, coherente consigo misma.
Como tampoco encontrarán nunca una moraleja mejor, de esta lección, los futuros Patriotas y Unionistas americanos, dondequiera que estén, en el Norte o en el Sur. El mayor provecho que cabe extraer de los mejores hombres de una Nación no tiene que ver, en último término, con su comportamiento en vida, ni con la relación que hayan mantenido con la época o el país que los ha acogido. El mayor provecho de una vida eminente y heroica —y especialmente de una muerte eminente y heroica—
es su infiltración indirecta en esa nación y en esa raza, y en proporcionar, a menudo desde la distancia, pero inequívocamente, época tras época, nervio y color a la personalidad de la juventud y a la madurez de cada época, y de la humanidad. Constituye una cimiento para todo el mundo más sutil, más fundamental, que lo que esté escrito en la constitución, o que los tribunales o los ejércitos, a saber, el cimiento de una muerte que se identifica plenamente con ese pueblo, y que se ha dado cuando lo encabezaba, y por su causa. Es extraño, ¿no?, que las batallas, los mártires, el sufrimiento, la sangre, incluso el asesinato, condensen de este modo —y que sólo así sea esa condensación genuina y duradera— una Nacionalidad.
Repito: las grandes muertes de la raza, las muertes dramáticas de todas las nacionalidades, son su herencia más importante y valiosa; en algunos aspectos, más, incluso, que su literatura y su arte (igual que el héroe excede a su mejor retrato, y la batalla, a su más sobresaliente epopeya o canto).
¿No es esto lo que subyace, realmente, en las tragedias, en las famosas obras de los maestros griegos, y de cualquier maestro? Por supuesto, si los antiguos griegos hubiesen tenido a un hombre como éste, ¿qué trilogías dramáticas, qué epopeyas, no habrían compuesto con él? ¡Cómo lo habrían recitado los rapsodas! ¡Qué deprisa habría ingresado esa alta y singular figura en la región en que los hombres infunden vida a los dioses, y los dioses divinizan a los hombres! Pero Lincoln, su tiempo, su muerte, tan sublimes como los de cualquier otra época, pertenecen a la nuestra: son
autóctonos. (A veces pienso que nuestros días americanos, nuestro propio escenario, los actores que conocemos, a los que hemos dado la mano, o con los que hemos hablado, más funestos que cuanto aparece en Esquilo, más heroicos que los sitiadores de Troya, interpretan a reyes de hombres para nuestra Democracia más orgullosos que Agamenón, modelos de carácter fuerte y hermoso como Ulises, muertes más lastimosas que la de Príamo).
Cuando, en los siglos venideros (puesto que, a mi parecer, han de pasar muchos todavía hasta que la vida de estos Estados, o de la Democracia, pueda ser puesta realmente por escrito e ilustrada), los historiadores y dramaturgos más reputados busquen algún personaje, o algún acontecimiento especial, lo suficientemente incisivo como para dejar una huella profunda y memorable de este turbulento siglo Diecinueve nuestro (y no sólo en estos Estados, sino en todo el mundo político y social), algo, quizá, que ponga fin al espléndido desfile del feudalismo europeo, con toda su pompa y sus prejuicios de casta (de cuya larga estela en América somos los indisociables herederos), algo que identifique, con identificación terrible, lo que ha sido, con creces, el paso más revolucionario de la historia de los Estados Unidos (quizá el mayor del mundo, en nuestro siglo), la extirpación, la definitiva eliminación de la esclavitud en estos Estados, esos historiadores buscarán en vano otro suceso que sirva mejor a sus propósitos que la muerte de Abraham Lincoln.
Grato a la Musa, tres veces grato a la Nacionalidad, a toda la raza humana, precioso para la Unión, precioso para la Democracia, indecible y eternamente precioso, su primer Líder Mártir.
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