Hojas de hierba & Selección de prosas
Plegaria de Colón
Plegaria de Colón[437]
Soy un viejo maltrecho, derruido,
arrojado a esta playa inhóspita, lejos, muy lejos del hogar, acorralado por el mar y por rostros oscuros, insumisos, durante doce meses terribles,
rígido, entumecido por los muchos trabajos, enfermo, a un paso de la muerte.
Recorro la costa de la isla
para desahogar mi apesadumbrado corazón.
¡Me anega la congoja!
Quizá no viva ni un día más.
No hallo descanso, oh, Dios, no puedo comer, ni beber, ni dormir,
hasta que elevo mi ser y mi plegaria, una vez más, a Ti,
hasta que te respiro y me baño, una vez más, en Ti, y hablo contigo,
y me comunico, una vez más, contigo.
Tú conoces mis años, mi vida entera,
mi larga vida de trabajos constantes, y no solamente de adoración;
Tú sabes de las oraciones y vigilias de mi juventud;
sabes de las solemnes y visionarias meditaciones de mi madurez;
sabes que, antes de comenzar, todo lo consagré para llegar a Ti; sabes que, con los años, he ratificado esos votos y los he observado estrictamente;
sabes que ni una sola vez he perdido la fe en Ti, ni ante Ti he dejado de extasiarme;
encadenado, encarcelado, caído en desgracia, no me he quejado:
todo lo he aceptado de Ti, porque todo proviene de Ti.
Tú has llenado todas mis empresas;
pensando en Ti he alumbrado y ejecutado todas mis
especulaciones, todos mis planes;
por Ti he surcado aguas profundas y recorrido la Tierra;
las intenciones, los propósitos, las aspiraciones eran míos, pero los resultados te los he dejado a Ti.
Oh, estoy seguro de que provenían de Ti.
El ímpetu, el ardor, la voluntad indomable,
el potente mandato que percibía en mi interior, y que no puede expresarse en palabras,
un mensaje que el Cielo me susurraba, incluso en sueños:
todo eso me ha impulsado.
Por mí y por todo eso, he cumplido el trabajo;
por mí, los antiguos países de la Tierra, empalagados, constreñidos, se han desceñido y liberado;
por mí, se han rodeado y unido los hemisferios, y también lo desconocido a lo conocido.
No conozco el final: está todo en Ti.
Grande o pequeño, lo ignoro. Quizá vastas heredades o tierras; o quizá la maleza humana que conozco, inmensa y bestial,
trasplantada allí, gane estatura y un conocimiento que sean dignos de Ti;
o quizá las espadas que conozco se conviertan en útiles de labranza;
o quizá la cruz inerte que conozco, la cruz muerta de Europa, retoñe y florezca.
Un esfuerzo más, con esta desolada arena por altar:
Tú, Dios, has iluminado mi vida
con el rayo de luz constante, inefable, que me has otorgado, una rara luz, indecible, que ilumina a la luz misma,
más allá de todas los signos, descripciones e idiomas.
Por eso, oh, Dios, que éstas sean mis últimas palabras: aquí, de hinojos,
viejo, pobre e inválido, Te doy las gracias.
Mi fin está próximo.
Las nubes ya se ciernen sobre mí.
Con el viaje frustrado y el rumbo, objeto de disputa, extraviado,
a Ti rindo mis barcos.
La laxitud se apodera de mis manos, de mis miembros;
mi cerebro, atormentado, aturdido.
Que se deshaga el viejo maderamen; yo no me desharé:
me aferraré a Ti, oh, Dios, aunque las olas me zarandeen;
a Ti, a Ti al menos te conozco.
¿Habla el profeta por mi boca, o desvarío?
¿Qué sé de la vida? ¿Y qué de mí mismo?
Ni siquiera conozco mi propia obra, pasada o presente.
Ante mí se despliegan vagas conjeturas, siempre cambiantes,
de mundos nuevos y mejores, y de su formidable
alumbramiento,
que se burlan de mí, que me dejan perplejo.
Y estas cosas que veo de pronto, ¿qué significan?
Como si algún milagro o una mano divina apartara el velo de
mis ojos,
vastas formas sombrías me sonríen en el aire y el cielo,
y barcos innumerables surcan las olas lejanas,
y oigo himnos, en lenguas desconocidas, que me saludan.
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