Hojas de hierba & Selección de prosas
Capítulo 3
que, jubiloso, hendiera los espacios dilatados y se perdiese en el cielo:
sea ése mi pensamiento sobre ti, América,
sea ése el recitativo que te ofrezco.
No te ofreceré las fatuidades de los poetas de otras tierras, ni los cumplidos que han sido útiles durante tanto tiempo,
ni las rimas, ni los clásicos, ni el perfume de las cortes extranjeras o las bibliotecas cerradas,
sino un aroma como el de los pinares de Maine, o el aliento de una pradera de Illinois;
compareceré con los aires de Virginia o Georgia o Tennessee, o de las serranías de Texas, o las marismas de Florida,
o la oscura corriente del Saguenay[450], o la vasta extensión azul del Hurón,
con la representación de los paisajes del Yellowstone o de Yosemite[451],
y un murmullo subyacente, que lo invade todo: el rumor del mar,
que brota sin término de los dos Grandes Mares del mundo.
Y, para tu percepción más sutil, estribillos más sutiles todavía, Madre terrible,
preludios del intelecto que concuerden contigo y con todo, fórmulas mentales adecuadas para ti, reales y cabales y amplias, como todo esto y como tú,
¡tú!, que te elevas a alturas y desciendes a profundidades mayores de lo que nos imaginábamos, ¡tú, Unión
trascendental!
Por ti se justificará el hecho, se fundirá con el pensamiento, el pensamiento del hombre justificado, fundido con Dios,
y por tu idea, mira, ¡la realidad inmortal!,
por tu realidad, mira, ¡la idea inmortal!
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