Hojas de hierba & Selección de prosas

Walt Whitman · Capítulo 577 de 587

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Hojas de hierba & Selección de prosas

Abraham Lincoln

Veo al presidente casi todos los días, puesto que vivo por donde él pasa, cuando va o viene de su residencia, en las afueras de la ciudad. Nunca se queda a dormir en la Casa Blanca cuando aprieta el calor, sino que lo hace en unas dependencias menos malsanas a unas tres millas al norte de la ciudad, en el Hogar del Soldado, unas instalaciones militares de los Estados Unidos. Lo he visto esta mañana, hacia las ocho y media, en la avenida Vermont, cerca de la calle L, cuando se dirigía, a caballo, a su despacho.

Siempre lo escoltan veinticinco o treinta jinetes, con los sables desenvainados al hombro. Dicen que esta guardia lo acompaña contra sus deseos, pero ha dejado que sus asesores impusieran su criterio. Ni los uniformes ni los caballos de la escuadra llaman demasiado la atención. El Sr. Lincoln suele montar un caballo gris de buen tamaño y fácil manejo, y viste enteramente de negro. Remata la ropa, algo raída y polvorienta, un sombrero de copa también negro. Parece, por su indumentaria, y en todo, el más corriente de los hombres. Un teniente, con galones dorados, monta a su izquierda, y les siguen los jinetes, en columna de a dos, con casacas de franjas amarillas. Suelen ir despacio, al trote, puesto que ése es el paso que les marca quien los precede. Suenan los sables y los arreos, pero el cortege, tan escasamente ornamental, que trota hacia la plaza Lafayette, apenas despierta interés, y sólo algún forastero curioso se para a mirarlo. Veo con claridad el rostro moreno de abraham Lincoln, y sus líneas pronunciadas, y sus ojos, que tienen siempre, a mi parecer, una expresión de profunda tristeza. Hemos llegado incluso a intercambiar saludos, y muy cordiales. A veces, el Presidente va y viene en una calesa descubierta, acompañado siempre por la caballería, con los sables desenvainados. He observado a menudo que, cuando sale por la noche —y a veces también por la mañana, si vuelve temprano—, se desvía y se para en la magnífica residencia del Secretario de la Guerra, en la calle K, para conferenciar con él. Si va en

calesa, veo desde la ventana que no se apea, sino que sigue sentado, y que el Sr. Stanton sale a atenderle. A veces, uno de sus hijos, de diez o doce años, lo acompaña, montado en un pony, a su derecha. A principios del verano, también he visto en alguna ocasión al Presidente y a su esposa en la calesa, ya bien entrada la tarde, paseando por la ciudad. La Sra. Lincoln vestía completamente de negro, con un velo largo de crespón. El carruaje era de lo más corriente, sin nada extraordinario, y de sólo dos caballos. Una vez pasaron muy cerca de mí; iban despacio, y vi al Presidente de frente. Su mirada, aunque abstraída, se dirigía a mí. Me saludó y sonrió, pero, tras esa sonrisa, advertí con nitidez aquella expresión a la que me he referido.

Ningún artista, ningún retrato, ha captado la profunda, aunque sutil e indirecta, expresión del rostro de este hombre. Hay en ella algo más. Nos hace falta uno de los grandes retratistas de hace dos o tres siglos.

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