Hojas de hierba & Selección de prosas

Walt Whitman · Capítulo 439 de 587

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Hojas de hierba & Selección de prosas

Capítulo 5

con su multitud de viejos conflictos, mártires, héroes, epopeyas, guerras, tú transportas a los demás continentes:

de ellos, de ellos tanto como tuyo, es el triunfal puerto de destino.

Gobierna, pues, con mano firme y ojo avizor, oh, timonel, porque llevas a grandes compañeros:

la venerable Asia sacerdotal viaja hoy contigo,

la regia Europa feudal viaja contigo.

5

Hermoso, soberbio mundo, recién nacido, que se alza ante mis ojos,

como una infinita nube de oro que cubriera el cielo de occidente,

emblema de la maternidad general elevado sobre todas las cosas,

forma sagrada de quien lleva a hijas e hijos en su seno:

de tu vientre fecundo nacen vástagos gigantescos en procesión incesante,

y acceden desde la gestación, dando y tomando,

continuamente, fuerza y vida.

Mundo de lo real, mundo de dos en uno,

mundo del alma, nacido sólo del mundo de lo real, y conducido a la identidad, al cuerpo, sólo por lo real,

pero incipiente apenas, con incalculables masas de materiales compuestos, preciosos,

arrojados por los ciclos de la historia, por todas las naciones y todos los idiomas, y enviados hasta aquí,

y preparados, reunidos aquí, para que sirvan a la construcción de un mundo más libre, más vasto, más eléctrico

(el verdadero Nuevo Mundo, el mundo de la ciencia, la moral y la literatura órbicas que han de llegar).

Tú, mundo maravilloso, pero aún indefinido, informe: no seré yo quien te defina;

¿cómo podría atravesar el impenetrable vacío del futuro?

Siento que tu ominosa grandeza contiene tanto el bien como el mal,

y te veo avanzar, absorber el presente, trascender el pasado; veo brillar tu luz, y a tu sombra proyectar sombra, a todo el globo,

pero no pretendo definirte, ni comprenderte apenas:

me limito a nombrarte, a profetizarte, como ahora,

¡a proferirte!

A ti en tu futuro;

a ti en tu única vida perdurable, en tu trayectoria, en tu inteligencia sin ataduras, en tu espíritu alígero;

a ti como a otro sol igualmente necesario, radiante, ardiente, veloz, que todo hace fructificar;

a ti, arrebatado de alegría, regocijado, sacudido por una hilaridad interminable,

que dispersas para siempre la nube que ha ensombrecido, que

ha oprimido, durante tanto tiempo, la mente del hombre,

la duda, la sospecha, el temor de la decadencia gradual, de la decadencia segura del hombre;

a ti en tu descendencia más numerosa y sensata descendencia

de varones y hembras; a ti en tus atletas morales y espirituales, el Sur, el Norte, el Oeste y el Este

(y a tus pechos inmortales, Madre de Todo, a todas tus hijas e hijos, amados por igual, eternamente iguales);

a ti en tus músicos, cantantes y artistas, no nacidos todavía, pero indudables;

a ti en tu riqueza moral y tu civilización (hasta alcanzarlas, tu más orgullosa civilización material resultará vana);

a ti en tu culto, que todo lo provee y todo lo abarca; a ti, pero no en una sola biblia, o en un único salvador,

sino en salvadores innumerables, latentes en ti, en biblias incesantes que están dentro de ti, iguales entre sí, divinas por