Hojas de hierba & Selección de prosas

Walt Whitman · Capítulo 176 de 587

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Hojas de hierba & Selección de prosas

Capítulo 9

que el cuerpo oscilante de las gaviotas, el barco de heno a la luz del crepúsculo, la gabarra rezagada?

¿Qué dioses pueden aventajar a estos que me tienen de la mano, y que, con voces queridas, me llaman, prontas y claras, por mi nombre más íntimo, cuando me acerco?

¿Qué hay más sutil que esto que me une a una mujer o a un hombre cuando me mira a la cara?

¿Qué me funde ahora contigo, y qué derrama en ti mi significado?

Nos entendemos, ¿verdad?

Lo que te prometí, sin mencionarlo, ¿no lo has aceptado?

Lo que el estudio no podía proporcionar, lo que la prédica no podía cumplir, se ha cumplido, ¿verdad?

9

¡Sigue fluyendo, río!, ¡sube con la pleamar y baja con la bajamar!

¡Retozad, olas festoneadas, espumeantes!

¡Suntuosas nubes del ocaso, empapadme de vuestro esplendor,

y empapad a los hombres y mujeres de las generaciones que

me sucedan!

¡Cruzad de orilla a orilla, multitudes innumerables de pasajeros!

¡Erguíos, altos mástiles de Mannahatta!, ¡erguíos, hermosas colinas de Brooklyn!

¡Late, cerebro desconcertado e inquisitivo!, ¡lanza preguntas y respuestas!

¡Párate aquí y en todas partes, eterna masa flotante!

¡Escrutad, ojos amantes y sedientos, las casas, las calles, las asambleas públicas!

¡Resonad, voces de muchachos!, ¡llamadme, altas, musicales, por mi nombre más íntimo!

¡Vive, vieja vida!, ¡representa la parte que recuerda al actor o a la actriz!,

¡representa el viejo papel, el papel grandioso o insignificante, según lo hagamos!

Considera, tú que me lees, que acaso te esté mirando por algún medio desconocido.

Mantente firme, barandilla que das al río, y sostén a los que se apoyan en ti con despreocupación y, sin embargo, se dejan llevar por la corriente.

Volad, aves marinas, volad a los lados, o describid amplios círculos, allí en lo alto.

¡Acoge el cielo de verano, agua, y guárdalo celosamente hasta que todos los ojos que te miran tengan tiempo de

apropiárselo!

¡Divergid, finos haces de luz, del reflejo de mi cabeza, o de la cabeza de cualquiera, en el agua iluminada por el sol!

¡Venid, barcos de la bahía baja! ¡Pasad, arriba o abajo, goletas de velas blancas, balandras, gabarras!

¡Exhibíos, banderas de todas las naciones!, ¡sed debidamente arriadas al anochecer!

¡Que ardan, altas, las llamas de vuestras chimeneas,

fundiciones!, ¡arrojad espesas sombras al caer la noche!,

¡arrojad luces rojas y amarillas contra los tejados de las casas!

Apariencias, presentes o futuras, revelad qué sois.

Tú, película necesaria, no dejes de envolver mi alma.

Que rodeen mi cuerpo, para mí, y tu cuerpo, para ti, aromas divinos.

Floreced, ciudades: traed vuestras mercancías, traed vuestros espectáculos, ríos anchos, suficientes.

Expándete, ser: acaso no haya otro más espiritual.

Manteneos en vuestro lugar, objetos: acaso no haya otros más duraderos.

Habéis esperado, siempre esperáis, hermosos ministros mudos.

Os recibimos, por fin, con libertad de espíritu: desde hoy seremos insaciables.

Ya no podréis frustrar nuestros deseos, o sustraeros a nosotros.

Os utilizamos, y no os repudiamos; os plantamos

permanentemente en nuestro interior.

No os desentrañamos: os amamos; también hay perfección en

vosotros.

Contribuís con lo que sois a la eternidad.

Grandes o pequeños, contribuís con lo que sois al alma.

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